En el altar.

Por:

Hebe Leopardi

hebelourdes@yahoo.com

 

           

Día tras día te observo arrodillarte, carente de expresión, en aquellos bancos duros y angostos, en los que muchas rodillas se han reclinado, te miro apoyar los codos y bajar la cara con lentitud, te veo asumir esa aura que te sienta tan bien, ese dulce aspecto de muñeca de cera.

 

Miro en la distancia los bordes de la mantilla caer, escondiendo un poco tu rostro tras las ondas oscuras de los encajes, resaltando la línea fina y curva de tu nuca, el brillo velado de los cabellos oscuros, lisos, los hombros algo curvados y algo altaneros, la espalda recta y firme que te sostiene, el disimulo con el que ocultas tu frente a mi observar silente.

 

Día a día te miro, a veces mueves delicadamente los labios y tu voz, casi en silencio, parece plañir un llanto ausente, como lejano; otras sólo te limitas a juntar las manos bajo la barbilla, cierras los ojos y con una languidez inexplicable te dejas caer. Las velas siempre te iluminan el lado izquierdo del rostro, siempre las mismas pavesas, siempre el mismo rincón oculto, siempre el mismo banco, siempre sola, siempre como bajo el peso de algo más grande que la iglesia misma.

 

Siempre estás allí mas nunca te he visto llegar, nunca he visto tu mirada porque jamás levantas el rostro, ni siquiera he logrado distinguir muy bien el color de tu piel, pero soy capaz de recrear tu expresión que de tanto mirar no conozco.

 

Es curioso, en el rincón en que te ocultas nadie coloca flores, ha de ser por la penumbra reinante en esa ala del templo. Las velas dan un hermoso matiz ocre a la piel del Cristo que te puede ver de frente. Me resulta irónico que él sólo sea una polvorienta figura de cera, tal vez de cerámica, que no puede hacer nada para dejar de colgar de esa cruz tan vieja, que no puede alzar sus ojos y arrancarte de las sombras, mostrarte a la vista de todos los demás, terminar por fin con esta farsa.

 

En algunas ocasiones me pregunto tu edad, me resulta imposible de adivinar; como tú, es un misterio recóndito. Por momentos pienso que eres una figura más, pero veo el movimiento pausado de tu cuerpo al respirar, sus breves estremecimientos y vuelvo a entender que eres real. Sola, nunca he percibido cerca de ti niños u hombres, tampoco he atinado a verte caminar por la calle o en la ventana de una casa. A veces parecieras un icono más de la iglesia.

 

En las noches, cuando ya se van a cerrar las puertas desapareces sin ser vista, parecieras una ilusión de mi soledad, virginal y pura, nadie te ve. Ni siquiera yo termino de creer en la verdad de tu carne. Hoy, las orquídeas encarnadas mezcladas con cayenas purpúreas que han puesto en  el altar y en algunos nichos, despiden un olor denso que impregna todo, que se mete entre la piel como una enfermedad, un olor ajeno a la muerte de todas las figuras que aquí habitan.

 

Las viejitas casi no se ven a través de esta rejilla amable que me protege de sus alientos, de esas miradas repugnantes, hambrientas de un sexo que nadie desea darles ya. Llenas de rencor. Esos ojos semanalmente purificados y beatificados revelan algo que no entiendo. Soy un hombre y, qué más da, también tengo derecho a temer de aquello que desconozco.

 

Escucho sin oír, no necesito saber de sus deseos ocultos, de los movimientos circulares de sus dedos al buscar el placer. Algunas incluso se atreven a pagar por un cuerpo que las alimente y entonces volteo y te miro allí, diáfana, a través de la rejilla, limpia de estas confesiones, respetando tu derecho a guardar secretos.

 

A veces vienen niños, cuentan cosas estúpidas que revelan un alma turbia que luego será violenta, golpearán a sus amantes, humillarán a sus iguales, quizá robarán o matarán, es la sal del mundo, supongo; cuando me aburro de oír las mismas palabras repetidas una y otra vez te miro.

 

Me pregunto cómo son tus ojos, si serán un laberinto de espejos, velados por unas pestañas largas, curvadas; me pregunto si tendrás un mirar húmedo, selvático, como la penumbra que te envuelve, si el aire que te rodea es tan espeso como la atmósfera de hoy, si la curva de tu barbilla será una línea sinuosa, algo redondeada, si tu cuello será frágil como los de estas vírgenes que nos rodean.

 

Atisbo, tras esta rejilla, tu espalda, recta, suave, tan delgada al llegar a la gloria. Miro con detenimiento tus pantalones, siempre negros, siempre ajustados, miro la mantilla que cae disimulando la curva redonda de tus nalgas, decorando con las ondas de los encajes el comienzo de tus piernas y el espacio que atrae mi vista invariablemente.

 

Es curioso, no sé cuántas absoluciones he dado hoy; bajo la sotana, mi cuerpo me dice que aún soy un hombre, este olor se pega en mi sangre, no puedo hacer más que verte mientras las señoras denuncian sus pecados y tú allí, sin que siquiera te importe.

 

Han puesto lirios blancos, calas de color marfil y margaritas. Son flores extrañas para celebrar una exequia. El cadáver está allí, solo, en medio del pasillo principal, tan cerca del altar, iluminado por esta luz mortecina, allí. Nadie ha llegado aún, parece que es más importante preparar los actos de costumbre. Sólo tú sigues ahí, ni siquiera has mirado al muerto o a mí, pero un resplandor especial dora la mejilla que iluminan las pavesas, toda tú exudas un brillo especial, hoy que la iglesia está desierta y hay un cadáver aquí.

 

Ese cuerpo despide un aroma a viejo, a cosa guardada, como el olor de las ropas que se guardan en el fondo del clóset o los libros que nadie lee, como las sábanas que nadie usa. Qué limpio todo aquí, y después en el cementerio, todo tan limpio, al parecer nadie se ensucia demasiado con los muertos, ni siquiera los miran por última vez, tantas veces se quedan así, como esperando un último beso, una última mirada de comprensión que jamás llega. Luego viene el cuarto reducido, la lápida impenetrable o la tierra que se vuelve fructífera, arriba, sobre los restos que se pudren invariablemente.

 

Sé que tú no me acompañarás al cementerio, sé que te quedarás aquí y, como el cadáver, nada puedo pedirte, nada puedo esperar de ti, aunque estés allí, aunque excites mis sentidos, así, en medio del olor de estas flores, de la penumbra artificial de este espacio.

 

Me pregunto qué es lo que te hace brillar tanto, siento que te agrada su presencia tan cerca, casi pareciera que vas a sonreír con placer porque él está allí. Te observo respirar, aquí estoy, en el púlpito, y tú allí, tan cerca del cadáver y de mí.

 

No importa si te das cuenta, no puedo dejar de mirarte. Por primera vez puedo percibir la línea pequeña y dura de tu nariz, algo respingada, la curva flexible de tus labios un poco fruncidos, contraídos en ese rictus obsceno del placer, tus ojos del color de la madera, pequeños, casi ladinos, ocultos tras las pestañas dulcísimas, tan curvas y largas, el arco leve de tus cejas, la planicie de tu frente.

 

Sólo estamos aquí el muerto, tú y yo. No me interesa nada más, quién podría saber lo que ocurre, excepto nosotros. Al fin puedo mirar tu cuello grácil, el curvarse de tu pecho pequeño al respirar, la cintura estrecha, tu sexo dentro del pantalón, eres tú, allí, pegada a la tabla, indefensa.