Contrastes

 Por:

Marisol De Macedo V.

 

Amanece despacio entre brumas y el azul lento se asoma por las rendijas de un edificio de cristales en el Este. Los conductores  en la autopista se atascan en el tráfico al extraviarse en los matices de una ciudad casi olvidada y demasiado transitada.

 

En un microbús, el chofer centra su presente en el camino cardinal que le presentan el sur, el oeste, nunca el norte. Un niño vestido de uniforme duerme apaciblemente, recostado del hombro cálido de su madre. ¡Esa que lo mira con ternura y orgullo, pensando solamente en futuro!

 

El joven con audífonos ignora con desparpajo, los bocinazos que estallan en la calle cuando el semáforo, aparentemente daltónico, se resiste entre el rojo y el verde.  En el asiento trasero, junto a la ventana, una chica escondida tras los lentes oscuros enjuga silenciosamente lágrimas persistentes de ausencia. Ayer su amante decidió abandonarla y duele respirar, caminar, sonreír... ¡Ciertamente le asalta la extrañeza de continuar viviendo en mitad de ese duelo!

 

Durante quince minutos, un anciano espera tras la línea amarilla del subterráneo, mirando pasar con desdén vagones cargados de sueños y colores.  La estación Norte y una húmeda corriente de universitarios rescatan la andanza de una casa que vence las sombras, mientras un ejecutivo consulta los números ganadores de la lotería en el tarantín donde el azar le pone precio a la realización.

 

Una mujer embarazada y con treinta años, atraviesa un callejón donde hay eco... Le cuenta a su bebé del color ocre de la pared, de las hierbas que crecen en el jardín de la casa de sus abuelos. Le dice del azul y de las flores, mientras tararea una canción de cuna heredada de su madre, muerta un año atrás, víctima del miedo.

 

Los preescolares en fila esperan la anuencia de la maestra, esa mujer perfecta de cabellos suaves, para en los columpios, ¡aprender a volar!

 

En la avenida principal, la comida anuncia la llegada del mediodía. Gente que va y viene apresuradamente, sin detenerse. Y en la esquina de un banco importante, un indígena de mirada triste extiende la mano, inevitablemente se siente perdido, mientras piensa en el árbol de la vida, en su churuata, en la verdadera libertad.

 

En la próxima esquina, un adolescente acecha a su próxima víctima. La ve pasar y corre hacia ella, le arranca una cadena, la cartera, lo que puede y corre, se diluye en la muchedumbre que atraviesa la calle, sin embargo, utiliza el paso peatonal.  Al final de la línea blanca, un hombre canta ebrio de amores bajo los efectos del alcohol, pero termina gritando aparentemente sin razón.

 

El hospital recibe una ambulancia con victimas de una colisión múltiple. El médico de guardia que ya se marchaba, regresa para encontrar la muerte cara a cara, en la sala de urgencias reconoce un rostro, ¡quien agoniza es su primer amor! Se queda sin aliento, le toma la mano y guarda silencio, ¡no sabe que decir!

 

La madre amamanta a su hijo sentada en el banco de madera del parque, le regala la vida, le cuenta de su infancia con dulzura, recordando con los ojos cerrados y la memoria abierta de par en par. Las ardillas citadinas satisfacen a un visitante extranjero que las retrata repetidamente, mientras el reloj de la catedral anuncia sin errores y en campanas, ¡ya es media tarde!

 

Un taxista conversa sobre economía, mirando el carmín en los labios de su pasajera. En silencio se pregunta ¿por qué no está cerrada esta calle? Eso prolongaría la estadía de esa boca que sonríe e imagina dulce en el asiento trasero de la unidad que no para de darle la bienvenida.

 

La plaza de los Museos se viste de fiesta, de atardecer, de bicicletas... En el café, alguien escribe una carta de renuncia de espaldas a la Mezquita. A un hombre de casi cincuenta años le sudan las manos, revive la ansiedad de la adolescencia, espera a su novia de veinticinco. Sobre la mesa descansan impecables, unas rosas. No deja de mirar la plaza, ¡hay niños que le recuerdan a sus hijos!

 

La luz se hace escasa. Un par de amigas conversan largamente acerca de sus mutuos amores, de la alegría de vivir. Disfrutan la cuarta infusión de hierbas del día y entre vapores, se dibuja la silueta verde del Ávila y la energía que de ella emana.

 

A dos mesas de distancia, una pareja de homosexuales, finiquita los haberes de una relación que murió de hastío, reparten en dosis iguales el sabor agridulce del fracaso, mientras comparten por última vez un bocadillo vegetariano.

 

En la reja de salida, unos enamorados se besan apasionadamente. Diez minutos más tarde, hombre y mujer se desprenden del mundo, se hacen el amor quedamente a la vista de todos. Treinta minutos y presenciamos en primera fila, un orgasmo y sus temblores. ¡El aire huele distinto!.

 

Un poeta que los ha espiado minuciosamente, encuentra el titulo de su siguiente poema, pero la soledad de pronto lo golpea, se entristece y decide marcharse.

 

En el centro de la plaza, vestido de noche y estrellas, un mimo con su cuerda imaginaria atrapa a un transeúnte, lo lleva con esfuerzo hasta él y lo abraza. Es un hombre entrado en carnes, sonrisa suave y mirada amable. Corresponde el abrazo, le da las gracias, le da una moneda ¡le ofrece un trabajo!

 

A dos cuadras en la funeraria, un hombre maduro llora indignado la muerte de su único hijo, se culpa y piensa: ¿por qué le regalé esa moto?.. En el negocio contiguo, hay música en vivo, en la puerta del bar, un caballero abraza a su secretaria que canta escandalosamente, le han hecho una propuesta, el portero sonríe y los mira de soslayo.

 

En el barrio,  el conductor de la ruta troncal estaciona su vehículo, sujeta dos bolsas, la leche, el pan y ha cometido un exceso... Le lleva flores a su esposa que ve la telenovela, ¡hoy es día de aniversario!

 

Escaleras arriba, camino a su casa, encuentra varios muchachos con gorras que improvisan un “rap”. Afina el oído y se sorprende, la letra de esa canción habla de Dios, de fe viva. Ahora siente, sabe que todavía queda esperanza.

 

Diez de la noche, las luces en las casas se apagan, el pesebre desaparece despacio, la Luna ilumina la calle, la ciudad inicia el reposo, aún se intuye la silueta densa de la montaña como fondo.