El Texto Clásico:                                                                                                                            Algunas Condiciones de la Reproducción del Discurso Psicológico(Primera parte del Trabajo Especial de Grado presentado ante la Universidad Central de Venezuela para optar al título Licenciado en Psicología en diciembre de 2003)

Por:

Alexander Méndez

alem1877@hotmail.com

 

Introducción

 Si puede atribuirse alguna intención general al texto que constituye la presente tesis, sería la de conocer algunos determinantes de los discursos psicológicos. Dichos determinantes no son puramente cognoscitivos, pero permiten ser descritos por una hipótesis  como la mayoría de los problemas a los que se enfrenta la ciencia, y pueden ser llamados también, por razones que serán expuestas de inmediato: Sistemas de censura.

 

Los elementos que pueden llevar el nombre de censura dentro de las teorías científicas son el complejo aparato de citas, alusiones al nombre de autor  y la preeminencia que tienen ciertos textos en la transmisión del conocimiento psicológico. El nombre de un autor puede ser una especie de elemento de síntesis, que resume para un hablante enormes cadenas de distinciones, características positivas o negativas asociadas a las ideas que esos autores proponen, o simplemente la pertenencia de los investigadores a un grupo científico. Todas estas cosas pueden estar contenidas para un hablante en el nombre de autor, pero al precio de simplificar las ideas o contenidos que se asocian con tales autores, e incluso, esta función del nombre de autor puede afectar la manera como un hablante concibe una variedad de teorías.

 

Una pregunta que se aproxima a la psicología social y puede organizar algunas discusiones en torno al poder y la censura debe plantearse de la siguiente manera: ¿En qué se ha convertido la autoridad para la ciencia y en especial para la psicología? En este caso la autoridad de la que se hablará es aquella que surge como consecuencia de la ilustración, es decir, aquella que no es la presencia de un magistrado, que obliga a otro para que actúe. Lo que permanece como inquietud de esta tesis es aquella autoridad que Kant ubica en la Razón. Razón en el sentido que se expresará en esta tesis podrá leerse más bien como “lenguaje” porque lo que solemos llamar de esa manera tiene una función organizadora y adicionalmente  de censura. No se dirá con ello que todo enunciado es sospechoso de censura, por el contrario, la pregunta está dirigida a esclarecer cuando y como se ejerce la represión sobre los lenguajes científicos.

 

Otra manera de expresar estas ideas sería como premisa e hipótesis, pretendiendo que estas pueden sistematizar un amplio conjunto de reflexiones:

1. Que los lenguajes científicos pueden coexistir con términos o usos pertenecientes a fines no científicos.

2. Que uno de los dialectos o maneras de hablar que influyen sobre la comprensión del texto científico es el conjunto de oraciones utilizadas para sugerir pertenencia a un grupo o clase académica, donde se incluyen el respeto por los textos y en especial el nombre de autor.

 

Para encontrar dichos determinantes se harán breves incursiones en la historia de las Universidades, de sus relaciones con entes exteriores a ella o de su organización interna. Lo que se hará evidente es que la historia de las universidades y de las disciplinas que agrupan ha estado signada por un intento de separar al “conocimiento” de ciertos obstáculos propuestos por las complejas sociedades donde han surgido.

 

La referencia al  “conflicto de las facultades” (Kant, 1984, versión) que se encontrará en el primer capítulo resume la relación entre el conocimiento producido en las Universidades y las disposiciones de un poder político exterior, y mostrará el siguiente aspecto: por un lado, a la Universidad no le interesaría el dominio de la gran masa del pueblo, eso es asunto del poder político (que en los tiempos de Kant eran la Iglesia y El Rey) y para que no quede duda de que la universidad no compite con el poder político, hará que sus discusiones sean codificadas en lenguajes técnicos, solo accesibles para los doctores de la Universidad.

 

El conocimiento dentro de las universidades debe ser protegido del exterior, y como consecuencia inevitable de esta protección se le asignará fines independientes: comprender la religión desde el punto de vista de la Razón moderna no significará practicar la religión ni tampoco enseñar a otro los fundamentos de la fe.

 

Pese a que los descubrimientos de la Razón son propuestos como evidentes para todos los seres humanos capaces de pensar por sí mismos, la emancipación que este principio propone no será instrumentada por las universidades, ni mucho menos por la filosofía que proponía Kant bajo el nombre de “facultades inferiores”. Las consecuencias que serán extraídas del “Conflicto de las facultades” le competen más a como el conocimiento es convertido en una herencia codificada y resguardada, para ser transmitida a futuros doctores de la academia, pero todo dentro de sus límites. Dichos límites de las universidades son desde su origen histórico límites de lenguaje, recursos para hacer legibles para unos pocos la información disponible.

 

Es claro que la codificación de los lenguajes científicos no ha de proteger siempre a las disciplinas de otros discursos centrados en relaciones políticas. La presente investigación es sólo posible en la misma medida que los discursos de la ciencia y en especial, las teorías científicas, son permeables en ciertos momentos a los léxicos utilizados para expresar filiación o pertenencia a grupos distintos. 

 

Si se dice que las teorías científicas son permeables en ciertos momentos y no en todo momento a los lenguajes políticos, es para reconocer una independencia relativa de la ciencia moderna. También es cierto que las instituciones científicas pueden ser entendidas en sí mismas como “clases”, en el sentido de grupos de individuos que poseen intereses específicos, pero se intenta plantear que tales clases se organizan gracias a la existencia de discursos diferentes. El camino trazado va desde la teoría científica a la formación de grupos y no a la inversa.

 

Todo este preámbulo lleva a  definir en que consiste la censura  y si existe una sola forma de concebirla. Por los momentos es conveniente decir que es a partir de una repatriación del concepto psicoanalítico de censura como se logrará atribuir a las teorías científicas la posibilidad de ser herramientas represivas.

 

Cuando se habla de una repatriación del concepto de censura o represión se piensa en la operación realizada por Freud para incluirla en el estudio de la vida individual. Este primer movimiento de Freud nos hace concebir a la censura como la acción que una autoridad política ejerce sobre la circulación de una idea. También Kant llamó a la censura “opinión dotada de la fuerza”, (1793,c.p. Derrida, 1995), lo que significa que la autoridad puede pronunciarse sobre lo que las personas dicen públicamente, pero su pronunciamiento está acompañado de la posibilidad de hacer daño de alguna forma a quien pronuncia un discurso diferente al suyo.

 

Si la censura no se ve acompañada de la fuerza, desde el punto de vista político, entonces su opinión no tendría efecto, así como no es imaginable el puro uso de la fuerza sobre la opinión de otros. Algo muy parecido encontramos en la primera aproximación de Freud a la censura, pero después de mucha elaboración, veremos que la censura es pensada según otros aspectos. La instancia censurante (la conciencia) en el psicoanálisis tendrá una posición secundaria, y lo importante desde el punto de vista de la censura ahora es como nuevos materiales o ideas de los individuos pueden ser coartadas por su similitud con otras ideas penosas.

 

Es justamente esta segunda característica de la censura, la que se devolverá a los discursos públicos, según la cual lo importante es que el material de la vida inconsciente puede “... perdurar en lo inconsciente, continuar organizándose, crear ramificaciones y establecer relaciones” (Freud, trad. 1913, p. 1046).

 

Habrá dos maneras de estudiar el concepto de censura en la ciencia. El primer camino es pensar que las teorías científicas, en tanto discursos públicos, han sido construidas con el fin de describir o explicar un grupo de hechos específicos (Vygotski, trad. 1991), es decir, responde a un ideal monosemantico, donde se espera un solo sentido por cada término científico. Una teoría científica podrá participar de la censura en la medida que se dedique a explicar un grupo de fenómenos diferente a los que explicaba originalmente.

 

Cuando una teoría científica excede sus límites explicativos participa de la censura porque el nuevo conjunto de fenómenos que  pasa a describir casi nunca está libres de una teoría propia. El avance censurante de una teoría científica se hace sobre el espacio de otras teorías y no sobre un grupo de hechos puros.

 

Cuando no se cumple dicho ideal monosemántico, porque se explican una serie de hechos con una teoría que no les era destinada, o cuando se modifica el significado de dichos conceptos, hablaremos propiamente de censura. Esto es así, porque se considera que cada lenguaje puede operar sobre los dominios de otro.

 

La censura es también evidente cuando el dominio establecido sobre los términos científicos se hace por medio de elementos de filiación, como los “nombres” asignados a diferentes tradiciones e incluso, cuando se utiliza el “nombre de autor” y de las funciones asociadas a él.   

 

I De la Estructura Política de las Universidades

 

Un hombre escribió en una época conservadora, con la posible reprimenda de las autoridades religiosas, un libro titulado “La Religión en los límites de la Razón”. Eran los tiempos en los que se prohibía pensar de una manera distinta asuntos que debían ser asumidos como dogmas, ante los que los hombres de ciencia debían doblegarse.

 

El mayor conflicto de la Iglesia con este pensador no giraba en torno a sus ideas, este hombre no era en el fondo un hereje. El problema principal consistía en que nadie, además de la iglesia, tenía autoridad para pronunciarse con respecto a los asuntos religiosos y lo que estaba en disputa era la enseñanza de la fe al pueblo. Nadie podía hacer culto al pueblo en cuestiones religiosas.

 

El nombre del pensador, se adivina rápidamente, era Inmanuel Kant. Un hombre que no se opuso tercamente a la amonestación de la autoridad, sino que preparó su defensa con un argumento que aún pesa sobre las estructuras de las universidades, aunque no pueda operar hoy día contra el mismo contexto histórico: Pese a que se pretendiese que Kant enseñaba religión al pueblo, esto no podía ser probado porque ningún hombre del pueblo podía comprender el libro que escribió. Kant decía que “La Religión en los Límites de la Razón” es un libro escrito en un lenguaje técnico y que sólo los doctores comprenderían lo que quería decir (Kant, trad. 1994).

 

Existía un libro: “La Religión en los Límites de la Razón”. Este libro tenía la firma de Kant, el mismo que firmara el documento titulado “El conflicto de las Facultades”. Es en el prólogo a este último texto donde arma su defensa, procurando usar un lenguaje respetuoso para dirigirse a sus acusadores. El nombre de Kant, además de ser una firma, podía aparecer en cartas de censura, o ser solicitado por una carta de captura no por los contenidos de sus escritos, sino por los destinatarios de los mismos. El alma de Kant se podía perder sin gasto para las autoridades religiosas, pero la pérdida de la obediencia del pueblo no era un precio a pagar. Aquí es conveniente presentar la carta enviada a Kant por un funcionario de Federico Guillermo, para situar la clase de dirección ejercida por el gobierno en esa época (1793). El escrito fue conservado por Kant de una forma intencional y aparece en la misma introducción al “Conflicto de las Facultades” (Kant, 1994, versión):

 

Federico Guillermo, por la gracia de Dios, rey de Prusia, etc., etc.

Ante todo nuestro respetuoso saludo. Digno y muy sabio, querido súbdito: Nuestra persona suprema ha advertido desde hace ya mucho tiempo con desagrado, como abusáis de vuestra filosofía para desfigurar y envilecer los diversos dogmas capitales y fundamentales de la Sagrada Escritura y del Cristianismo; como lo habéis hecho sobre todo en vuestro libro “La Religión en los Límites de la Razón”, e igualmente en otros tratados breves. Esperábamos otra cosa de vos, ya que vos mismo debéis conocer la responsabilidad con la que obráis en contra de vuestro deber como maestro de la juventud y contra nuestras intenciones soberanas, que bien conocéis. Exigimos cuanto antes vuestra justificación concienzuda y esperamos que, para evitar nuestra desgracia suprema, no volváis en adelante a cometer errores semejantes, sino más bien, conforme a vuestro deber, empleéis vuestra consideración y talento para realizar cada vez mejor nuestra intención suprema, en caso contrario, y si persistís en vuestra actitud, tendréis que contar infaliblemente con disposiciones desagradables.

Os tenemos en gracia

Berlín,1º de octubre de 1794

         A la orden especial muy graciosa de su majestad Real

Woellner. (Kant, trad. 1994, p. 16)

 

Es en este punto donde se cruzan los asuntos relativos a la autoría y el alcance de los lenguajes técnicos con la vida política. Hoy, el nombre de Kant sigue colocándose en las reproducciones de “La Religión en los límites de la razón”, pero las consecuencias políticas de ese libro, si bien no han desaparecido, se han transformado. Esto ocurre por la transformación de los contextos históricos y no por la muerte de los autores. Hay una historia que se teje alrededor de las publicaciones y que no es independiente de la manera como tales textos son producidos por las casas editoriales. Mundo y publicaciones son inseparables.

 

No se puede perder de vista el hecho de que la persecución política, aunque no ha desaparecido del todo en nuestras sociedades contemporáneas, no se hace presente por las mismas razones de pasado. Existe relación entre las publicaciones académicas y la dinámica de la política de un estado, de un grupo hegemónico, o de una institución. Un caso más reciente que el de Kant lo constituye la incursión de Heidegger en la política alemana durante la segunda guerra mundial. Si la crítica que luego le dirigió el mundo libre se hubiese conformado con la sanción moral el caso no tendría ninguna importancia, pero no es así.

 

La acusación política extendió a sus libros una suerte de virulencia para el espíritu, aún sobre aquellos con menos relevancia política. Los lectores de Heidegger corren una suerte similar, siendo lugar común el hecho de que se eludan discusiones importantes por la descalificación ideológica de la fuente. Sin ánimos de declarar una neutralidad política de todo tipo de texto, sería conveniente subrayar el parecido que tiene esta devaluación de las publicaciones, con un proceso inquisitorial, en el que se busca el alma pecaminosa del texto, es decir, su autor. En este sentido, es común ver que se acuse de antisemita a escritores que citan a Heidegger en sus trabajos. Derrida (1998c) ha recibido ese calificativo siendo de origen judío:

 

...Felizmente, estamos lejos de la confusión analógica que se entretiene a sí misma con: (1) reducir la deconstrucción gramatológica a heideggearismo prefabricado, sin usar otro argumento, lo cual es un completo malentendido, (2) alegar que no hay nada más en Heidegger que la ideología alemana de entreguerras;  (3) insinuar que Heidegger tiene reservas al respecto del psicoanálisis simplemente porque es ‘judío’ (lo que debería inclinarlo a uno a creer, por un contagio atmosférico- un elemento de análisis como cualquier otro- que cualquiera que simpatice con una lectura tentativa de Heidegger levantará sospecha de dicha evaluación... (Derrida, 1998c, p. 55)

 

 ...separémonos, si quieres, de los doctores de una genealogía científica o de afiliación ideológica. Los estudiantes aprenderán entonces que para Heidegger la dialéctica tiene una esencia judía(Pág. 189), o que Platón es heredero de los estoicos y de los epicúreos (es decir, de la ciencia de las letras, de los elementos simples, o de la grammatike techne descubierta por los estoicos y los epicúreos, asumida por Platón, teorizada por Aristóteles. (Derrida, 1998c, p. 56)

 

¿Cómo se ha producido esa transformación de la amenaza política de las publicaciones?, ¿Qué papel han de jugar los intelectuales en la sociedad actual? Y finalmente, ¿Qué papel juegan los procedimientos de publicación contemporáneos? El rango de un análisis que responda esas preguntas sería muy extenso, y necesitaría varios volúmenes para satisfacer un mínimo de rigor. Pero estas preguntas se proponen para dar a entender que los libros no existen por sí mismos, que se enlazan con sistemas de escritura más amplios y que incluyen, algunas veces, los esfuerzos de los gobiernos por dirigir programas de escolarización o la dinámica de los sistemas económicos.

 

Por otro lado, tenemos la estructura de la universidad, los programas de investigación y la organización de las bibliotecas. El libro de Kant citado anteriormente se encuentra accesible para quienes solicitan los servicios de la biblioteca de la Universidad por medio del archivo electrónico construido para tal  fin. Al recordar la historia de este libro parece finalmente que el viejo Kant se salió con la suya, aunque la autoridad suprema de su majestad Federico Guillermo, Rey de Prusia, le reprochase obrar contra su función como maestro de la juventud.

 

Tal proceso de clasificación, sin embargo, no solo coloca en los estantes las obras conocidas, sino que significa otorgarle privilegios a ciertas acciones humanas, que son rescatadas, en contraste con muchas otras que son calificadas de menos importantes. Esta área temática es de interés porque el “archivo” soporta la actividad científica de los sociólogos, de los antropólogos, de los historiadores y de los psicólogos, entre otros.

 

Permanece de esta manera como una característica fundamental de los procesos de transmisión histórica la siguiente: aquellos textos que no son rechazados por razones políticas o de otra índole son preservados por la biblioteca por razones relativas a la organización técnica de las disciplinas. Pero, aún así, no son preservadas todas las opiniones o todas las visiones sobre un determinado asunto científico. Colocado ante una gran cantidad de textos, el funcionario del sistema de catalogación o el historiador de una disciplina está obligado a excluir pero sobre la base de un criterio, que indique cuales textos dejar en su sistema y cuales no.

 

En estas estructuras de las instituciones universitarias se revelan los fines de las investigaciones, es decir, de la organización técnica de las disciplinas. Kant decía en su obra “El Conflicto de las facultades” que la división del saber en departamentos, que alojan cada uno doctores expertos en las diferentes disciplinas, ha sido una idea afortunada. Esta división del saber es lo que permite decir que la investigación científica es corporativa. ¿Qué entendía Kant cuando llamaba corporativa a la estructura de la Universidad? El cuerpo de un organismo tiene partes diferenciadas, que tienen funciones también diferentes entre sí. Y las partes de la Universidad que Kant procuró describir estaban dispuestas por intereses propios de la forma de gobierno imperante en su época. Las funciones de los órganos o Facultades de la universidad compiten, lo que le permitió a Kant decir que estaban en conflicto.

 

El conflicto de las facultades no se discute sobre la base de argumentos que se refieran a los objetos de estudio de cada facultad, así, si el derecho y la medicina se dedican a estudiar cosas distintas, no por eso despertarían en cada parcela la idea de que la otra se encuentra extraviada. De igual forma, el conflicto de las facultades es ajeno a lo que hoy conocemos como disputa en torno al método. Ninguna facultad prescribe a las demás los procedimientos con los que se aproxima a los objetos, porque tales métodos son concebidos por hombres que se asemejan entre sí sólo por la costumbre de leer libros, pero separados por el interés en objetos distintos. Cada grupo invertiría tiempo en los asuntos que les mueven, sin que se plantee la necesidad de unificar los criterios con los que se estudian objetos diversos, pues necesitaría una ciencia adicional.

 

El conflicto de las facultades que Kant sitúa como punto de origen de la dinámica universitaria, descansa completamente en una falta de acuerdo en torno a los destinatarios del saber, y plantea las siguientes preguntas: ¿Quién puede enseñar al pueblo?, Y en una forma más precisa: ¿Quién puede dominar al pueblo gracias al saber? Estas preguntas responden a una necesidad inicial de relacionar conocimiento y poder, y no podría ser de otra manera, si la estructura universitaria respondía a los intereses del gobierno. El gobierno determinó que se llamaran superiores a las facultades de Teología y Derecho, porque le importaba en primer lugar que los hombres se sintiesen parte de un proyecto divino, que no se disgregaran por causa de disputas de convivencia y que cuidasen de su salud para prolongar la vida (Kant, 1994, versión).

Dispuso el gobierno prusiano del siglo XVIII que se llamasen “inferiores” a las facultades que no dirigen las costumbres esenciales de la vida, y que responden al mero interés de los eruditos que se dedican a cultivarlas. La propia filosofía tenía el estatus de facultad inferior, y Kant decía que tal vez jugaba el papel de criada de la Teología, aunque con la duda de que le siguiera llevándole la cola del vestido o le sostenga la antorcha delante de ella.

 

Vemos que la necesidad de preservar el poder pudo ser una de las causas que dio origen a la estructura de la Universidad, y con todo el peligro que implicaba la intervención del gobierno, Kant no criticó demasiado tal organización. Imagina, sin embargo, que la facultad inferior tiene en su modestia la mayor de las ventajas. Al derecho debe dictarle el gobierno las normas fundamentales para que pueda conservar su poder, la religión dicta a la facultad de Teología los dogmas que deben ser estudiados para su transmisión al pueblo. Pero a las facultades inferiores el gobierno no debe dictarles nada, porque sus análisis son dictados por la Razón misma, cosa que hace su labor más exigente, pues su objeto no puede ser limitado por poder humano contingente.

 

El objeto de las facultades inferiores (la filosofía) es la competencia de las otras facultades y las verdades que descubra en ese ámbito deben ser expuestas públicamente, sin exigir que el gobierno las acepte como tales, porque las verdades descubiertas por la razón, dice Kant, han de ser conocidas por las conciencias individuales desde su propia participación en la razón universal, pero nunca como una imposición de saber.

 

La autoridad (bien sea interna a la academia o externa a ella) no se ejerce sobre las ideas de los individuos como si estás pertenecieran a la interioridad de sus conciencias. Las ideas son cuestionadas sobre soportes materiales, como lo son los libros y las publicaciones periódicas y el poder público se cuida de ellos porque dan la ilusión de permanecer en el tiempo más que los discursos que se hagan de forma oral. Kant hablaba de “normas permanentes” cuando se refería a la dimensión de lo escrito, asimilando la permanencia en el tiempo de la escritura a las exigencias jurídicas. Nótese que Kant pensaba que era muy difícil imaginar una forma diferente de organización para las universidades en la siguiente cita del “Conflicto de las Facultades” (Kant, 1994, versión):

 

Las tres facultades superiores fundan la enseñanza que les ha confiado el gobierno sobre lo Escrito, y no puede ser de otro modo, en un pueblo guiado por la ciencia, pues sin ello no habría para él ninguna norma permanente y accesible a todos por la cual podría regirse.... se sobreentiende que tal escrito (o libro) tiene que contener estatutos, es decir, teorías que proceden del arbitrio de una persona superior (y en sí no emanadas de la razón).(Kant, trad. 1994, p. 27)

 

               La segunda de las citas hace aparecer la figura del magistrado o del hombre de ley ordenando lo que debe ser considerado conocimiento, porque se sabe que los textos no instauran por sí solos la “permanencia” que se les atribuye. Esta permanencia es un efecto de que existan lectores para los mismos, y tales lectores no deberían ser del pueblo en aquellos casos donde las teorías defendidas por el texto eran contrarias a la obediencia al gobierno. Es indudable que los encargados de resguardar los textos en las bibliotecas del siglo XVIII y los cuidadores de las bibliotecas contemporáneas construyen sus estatutos en problemas similares a los planteados por Kant en el “Conflicto de las Facultades”, aunque queda como trabajo adicional delimitar cuál es la forma que toman para las universidades actuales la división entre las competencias de las facultades.

 

Adicionalmente, ya que las ciencias contemporáneas (y entre ellas la Psicología) han heredado de las facultades inferiores la característica de no encontrarse mediada por la autoridad de los funcionarios de un gobierno particular, al menos en lo que se refiere a sus contenidos, es conveniente saber cuales son las características que las definen como dominios de investigación, diferentes a la filosofía que les ha preparado el camino.

 

Un domino de investigación es una parcela diferenciada de estudio que resulta de la transformación más reciente del saber (Heidegger, 1998a). Según Martín Heidegger su existencia no pudo evidenciarse en la edad media porque no había una relación particular con “un sector de lo abierto”. Lo que esta frase enigmática quiere decir, es que para que exista ciencia, los hombres deben considerar que la descripción de un determinado fenómeno tiene un “rasgo fundamental” y, además, el rasgo que ha sido proyectado como fundamental debe tener inicialmente la posibilidad de mostrarse como verdadero y falso, conforme se lo estudie (Heidegger, 1998a). Esto último parece obvio para quienes estamos familiarizados con las ciencias, pero no es así para quienes estaban acostumbrados a tratar como dogmas a los principios religiosos de la edad media. Tales principios constituían verdades por revelación, aquellas que aunque una persona normal las considerase falsas, no perdían vigencia.

 

Las verdades inspiradas por Dios sólo las experimentaban hombres y mujeres considerados como especiales, y constituyen una pieza inmutable de conocimiento para sus defensores. Las verdades de la ciencia se encuentran arrojadas previamente en la cultura, consideradas como conocimiento transitorio; aquellas opiniones y prejuicios que al ser estudiados con detenimiento se pueden transformar rápidamente en opiniones contrarias.

 

Estas dos características: 1) La proyección de un rasgo fundamental sobre los fenómenos naturales o sobre los fenómenos históricos y 2) la posibilidad cultural de que tal rasgo comparta los valores de verdadero y falso, sin que se lo condene a uno de ellos permanentemente, evidencian lo que Heidegger denomina “proceder anticipador” de la investigación y que no se reduce a la opinión difundida de que la ciencia se define por su método.

 

Esta definición del rasgo fundamental del proceder anticipador la expresa bien Collinwood cuando decía que “... toda ciencia empieza con el conocimiento de nuestra propia ignorancia, no de nuestra ignorancia acerca de todo, sino acerca de una cosa precisa” (Collinwood, 1986, p. 19). La precisión de esa cosa que la ciencia comienza por ignorar es claramente un sector del mundo (un sector de lo abierto) que la disciplina se ha dispuesto estudiar. La carencia de conocimiento elaborado sobre tales cosas ignoradas no significa que sean un agujero negro del que nada sabemos, sino que eso que sabemos resulta insuficiente. Es suficiente sólo para que se lo elija como asunto de interés, contrastando con otras cosas del mundo.

 

La ciencia técnica contemporánea, como se señaló, goza de relativa independencia política que fue pensada para las facultades inferiores, pero a diferencia de la filosofía, cada una carece de la capacidad de juzgar la competencia del resto de las facultades, y además, la independencia que tienen no es absoluta, sino que se ha convertido en el sutil control de la asignación presupuestaria.

 

Según Derrida (1997), las universidades europeas reciben presupuesto para el mantenimiento de aquellos campos de saber relacionados con los sistemas de defensa de esos países, así que las facultades menos relacionadas con tal empresa, caen en desgracia cada vez que se pide una reducción de presupuesto. De igual forma, las disciplinas que no han conseguido integrarse al negocio de la guerra, cumplen una función indirecta pero vital para los políticos, porque ocupan la vida de los librepensadores con programas de estudios preestablecidos, neutralizando cualquier jugada novedosa contra el sistema capitalista.

 

En nuestras universidades la fuerza del control presupuestario se revela aún más compleja, pero exhibe una prosperidad aparente de las ciencias con alta demanda económica, en contraposición a las humanidades. El conflicto de las facultades contemporáneas demanda una atención especial en la época que está caracterizada por una difusión del discurso en torno al “pueblo”, cuyo dominio por medio del saber pide su actualización. Esta actualización no puede comenzar con la identificación de un solo poder que origina y dirige la estructura de la universidad, pues como bien lo señala Derrida, el asunto es más complejo:

 

En la Universidad misma, los poderes aparentemente extra-universitarios (editoriales. Fundaciones, medios de comunicación) intervienen de forma cada vez más decisiva. Las editoriales universitarias juegan un papel mediador con gravísimas responsabilidades dado que los criterios científicos, en principio respetables por los medios de la corporación universitaria, deben compaginarse con muchas otras finalidades. (Derrida, 1997, p. 130).

 

La independencia que ha tenido la universidad de las pretensiones ideológicas no indica una universidad construida a espaldas de la sociedad. Existe una madeja que aparenta ser un esquema lineal organizado de la siguiente manera: Presupuesto del gobierno→ Disciplinas→ Casas editoriales → Sistemas de conservación de las publicaciones (bibliotecas).

 

Cada uno de los elementos que contempla el esquema trae consigo múltiples variables a considerar. Su alcance es el de la sociedad en que vivimos, pero algunas variables son más cercanas que otras a la dinámica de la universidad, entre ellas los sistemas de resguardo y recuperación. Es una característica de estos que recurran a algún tipo de clasificación o catalogación de textos, un archivo.

 

Los archivos no son el registro de unos objetos almacenados en un depósito, su característica fundamental es que siempre son el archivo de alguien. En el archivo resalta el archivero más que lo archivado, y se puede hablar de archivo personal por una redundancia, cuando nos referimos a un diario o al sitio virtual que guarda los documentos que sólo una persona utiliza (Derrida, 1997). También existe el archivo de una institución que agrupa aquello que los asociados disponen recordar. En este archivo descansa la memoria de los hombres de la institución y el desempeño de cada uno.

 

La biblioteca organiza un archivo muy amplio, de diferentes disciplinas, con una evolución igualmente amplia. Permite que los nuevos estudiantes ingresen al campo del saber que les ha sido enviado desde el pasado, por lo que su valor como memoria de la institución se encuentra justificado por un culto a los descubrimientos del pasado. Y este conocimiento que descansa en las bibliotecas se hace efectivo cada vez que un lector novel elabora preguntas como: ¿Qué quiso decir éste autor cuando escribió esta frase? Porque el lector carece de todas las interpretaciones oficiales del texto que se encuentra leyendo. Para comprender debe recurrir a la tutoría de unos pocos hombres autorizados para revelar el significado oficial del texto.

 

Aquí es bueno señalar cual concepto de comprensión se aceptará en el curso de esta tesis, ya que este es fundamental para explicar de qué manera estas personas son guardianes del sentido que reposa en los documentos de un archivo. En este sentido, se hará uso de la descripción que brinda Martín Heidegger de la comprensión en su obra “Ser y Tiempo” (1998b). Se asumirá que la comprensión significa entendérselas- con las cosas del mundo, o más explícitamente, tener que hacer algo con las cosas del mundo. Es justo por eso que la palabra comprensión y entendimiento se encuentran emparentadas y casi no se puede dar una definición independiente de cada una.

 

La comprensión, según Martín Heidegger (1998b), forma parte de algo llamado estructura ontológica del Dasein. El Dasein, que se traduce del alemán como “el existente” nombra a los seres humanos en cada caso, el Dasein somos nosotros. Este autor enumeró una serie de aspectos que se encuentran contemplados por la “estructura de la precomprensión” y que de alguna manera ya se hacen evidentes en la definición de comprensión como vérselas con las cosas del mundo. Este concepto no es independiente de la definición de los sistemas de archivo, pero sólo podrá verse cuando queden enumerados los aspectos que contempla la estructura de la precomprensión. La estructura de la precomprensión puede ser desglosada en algunos indicadores que no terminan de exponerla, pero que pueden ayudar para posicionarse ante la necesidad de decir que hacemos cuando comprendemos algo (Heidegger, 1998a):

 

El haber previo: Se entiende por éste una totalidad o grupo de cosas (entes). Tales cosas pueden ser materiales como las herramientas o los árboles, pero también pueden ser cosas abstractas, porque el hombre se enfrenta a este tipo de cosas en su vida. Tenemos como ejemplo de cosa abstracta “la felicidad”  o el destino luego de la muerte, más el rasgo fundamental del haber previo es poder incluir las cosas de existencia diversa. El haber previo es la herencia cultural en su más amplio sentido, aquel que coincide con el conocimiento del nombre de las cosas.

 

Una manera previa de ver: Si se entiende que todos nosotros coexistimos con un todo de cosas, es conveniente acotar que las agrupaciones de cosas pueden tener fines particulares, es decir, un para qué general que incluye la intervención de los hombres en relación con estas cosas agrupadas. Decimos que un auditorio, con sus asientos para los oyentes, su lugar para el orador y su altoparlante sirven para exponer ideas. Pero en esta descripción no deben considerarse como más importantes los objetos físicos, sino que debe recordarse que una cosa tan abstracta como una convocatoria forma parte de la congregación en el auditorio. Tanto es así, que es más común preguntar para qué hemos sido convocados en un evento que preguntar que por qué nos sentamos todos juntos. El acto de sentarse tiene un lugar secundario con respecto al de esperar que se declare una idea o concepto y es esa variación en lo que se ha de pensar lo que espera el público, que está bien enterado de las acciones o conductas que debe desplegar en el espacio físico.

 

Un entender previo: indica el trato que le damos a las cosas por medio del lenguaje. Esta noción es problemática porque el lenguaje no es una cosa más allá del mundo, si no un grupo de entes también extenso. Pero desde el entender previo se pueden hacer preguntas sobre qué son las cosas dando definiciones del haber previo, así como las posibilidades que tenemos para hacer algo con las cosas, ya estén establecidas esas posibilidades o no. El entender previo hace comunicables y discutibles a los entes aunque esta publicidad no es su única característica.

 

Cada uno de estos aspectos de la comprensión se implican entre sí, de una forma estrecha, y no forman parte de un procedimiento para comprender. Suponen, además, que para que exista comprensión debe existir un registro de la lengua al respecto de aquello a ser comprendido, como si comprender significa estar incluido dentro del acervo lingüístico. La pertenencia a un código es lo que une directamente la estructura de la precomprensión con la discusión sobre los rasgos que definen los archivos.

 

En el curso de este análisis, las condiciones del haber previo han de ser encontradas en la totalidad de cosas que forman parte de los sistemas de conservación y recuperación de las publicaciones (las bibliotecas), y el desarrollo de la compresión está garantizado por la delimitación de sus funciones, a partir del entender previo constituido por las discusiones iniciadas por Kant en “El Conflicto de las Facultades”.

 

Cuando se analiza la estructura de la biblioteca desde su definición previa como archivo, es necesario incluir algunas aclaratorias que hace Derrida en una de sus obras (1998b) al respecto de los “ordenes” que comprende la definición.

 

El archivo indica el sitio donde se guardan los documentos, y en su relación con la palabra griega Arkhé, también indica la residencia de los magistrados, es decir, de los que cuidan el saber y que en nuestra sociedad no pueden ser otros que los doctores y profesores de las academias. El archivo tendría la extensión de lo que conocemos como campus universitario (Derrida, 1998b).

 

El archivo también tiene un componente nomológico. Es la orden que pide organizar la memoria de la institución, que decide cuales documentos deben ser preservados y cuales no. Este componente nomológico se extiende hasta las competencias para interpretar los documentos que forman parte del “haber” del archivo; competencia que recae sobre el profesorado como conocedor de las interpretaciones más aceptadas de la academia.

 

El pensar la estructura del archivo significa desmarcarse de la proposición de Kant al respecto de que las facultades inferiores no debían estar sometidas a la autoridad superior. Este reconocimiento es de particular importancia porque lo que sustenta la independencia de estas facultades de la autoridad empírica es la existencia de la Razón, que podía convencer al individuo porque la posee como el resto de la humanidad.

 

Derrida advertirá la relación estrecha que se ha establecido entre la universidad y el principio de razón, diciendo que según su conocimiento, nunca se ha pensado una universidad contraria a la razón (Derrida, 1997). Este autor juega con los sentidos de la palabra razón, y establece que en el ámbito de las universidades, preguntarse por la razón es interrogarse por tres cosas distintas: A) Sobre el origen de la organización universitaria (¿Por qué razón hay Universidad? ¿Cuál ha sido su inicio?) B) Sobre los fines de la Universidad (¿Para qué fue construida la universidad? ¿Qué deseamos hacer con ella?) C) A quién debe obedecer la universidad, es decir, a quien debe rendir razones.

 

 
II Sobre la estructura universitaria en la actualidad

Las universidades del siglo XXI se parecen en muchos aspectos a las universidades  del siglo XV. El parecido de ambas puede referirse a que el conocimiento procurado permite a sus integrantes adquirir beneficios de estatus, de posición social, aunque tampoco se puede perder de vista que tal posición generalmente está acompañada de una retribución económica.

 

Pero existen muchas diferencias que se tendrían que analizar, entre las que se cuenta la relevancia que para las universidades de los siglos XV y XVI tenía la religión, tanto como tutora de la ciencia así como un contenido impartido por la Universidad. Las Universidades del siglo XXI estarán mas orientadas por los intereses de una sociedad moderna, es decir, intereses que oscilan entre la solución de problemas prácticos hasta la producción de objetos con valor de cambio.

 

Especialmente en Latinoamérica, la herencia de la religión sobre la estructura de la universidad contemporánea es evidente. Muchos términos que se refieren a la estructura de poder de la universidad actual pertenecen a ese pasado lejano, aunque dan a entender cosas distintas.

 

En éste apartado se dirá como la Universidad es un espacio que ha estado acompañado por la censura y que la transformación de los fines de dicha censura da cuenta de la transformación de los fines de la universidad en sí. Al concebir esta historia desde el punto de vista de la censura, se debe responder a una pregunta puntual, que tuvo su camino de preparación: ¿Se puede llamar censura todavía a las selecciones de textos para publicación en nuestro siglo? Esta pregunta no es más que la traducción de otra semejante: ¿Si la censura cambia sus fines todavía puede llevar ese nombre?. También por la transformación de los fines de la censura se podrá diferenciar a las primeras universidades de aquellas que se erigen en el siglo XXI, aunque pueda parecer apresurado.

 

La censura a la que se alude debe mucho a las opiniones de Freud sobre dicho fenómeno en la vida individual, y que han sido traídas de contrabando al espacio abierto de lo público, es decir, de la explicación de los fenómenos políticos dentro de la universidad. Sabemos que en dicha concepción de la censura un sistema de ideas que son particularmente penosas para el individuo, logran desde el inconsciente sumar a la represión nuevas ideas que sólo se parecen en algunos aspectos a las que causan dolor al individuo. En este movimiento de la represión, los fines de un sistema funcional se ven coartados de manera similar a como fueron coartados los fines de un sistema diferente. En otras palabras, lo propio de la represión sería afectar el desempeño de comportamientos que no le pertenecían, como pretendemos argumentar acá con las selecciones de textos en las universidades contemporáneas. 

 

Será necesaria una breve reseña de la historia de las universidades medievales y del período de la reforma para tener un punto de comparación, análisis que dispondrá de la hipótesis de trabajo brindada por algunos historiadores, según la cual se debe estudiar a la universidad desde el punto de vista de la evolución de los poderes internos que la rigen (Peset, 1983). 

 

Como estudiante, es muy difícil imaginar lo que se plantea cuando se revisa la historia  de la universidad como institución, principalmente porque su aparición ocurre gracias a la participación de los actores que tienen un papel de subordinación en la actualidad, es decir, los estudiantes en sí, aún no titulares. Se nos dice que la universidad aparece en la edad media imitando la manera como los artesanos se agrupaban para defender su profesión y para aprender más de lo que se podía hacer en cada arte. Su relación con la iglesia es un pacto posterior, surgido porque las autoridades eclesiásticas supieron ver en estas asociaciones una institución que podría desplazarla (Peset, 1983).

 

Estos antecedentes hay que situarlos en el siglo XI, con la fundación de la Universidad Salamantina Medieval, en el 1254 (Peset, 1983). Las características de ésta universidad española se pueden enumerar de la siguiente manera:

1.                        Su gobierno mantenía cierta independencia con respecto a los poderes de la época, es decir, la Iglesia y el Rey.

2.                        Su estado inicial de gobierno recaía sobre la figura del Rector, quien era en realidad un estudiante, electo por mayoría y que no podía graduarse de licenciado o doctor durante el tiempo de su mandato (su elección es anual y gozaba de muchas funciones, erigiéndose como entidad centralizada).

3.                        La intervención de Benedicto XIII hace que su gobierno interno considere una instancia de poder que representara al profesorado, de manera tal que se vivía en un verdadero equilibrio de poder en dicha universidad.

4.                        La Iglesia termina por invadir la estructura universitaria cuando coloca la figura del Maestreescuela de la Catedral, quien finalmente tiene entre sus funciones asignar grados entre los doctores de la universidad (Peset, 1983).

 

Aunque este modelo de universidad española cedió sus derechos a la Iglesia y a los doctores que en ella enseñaban, nos permite pensar que la universidad surge como una articulación entre una asociación de protección de un arte, de acumulación de nuevas técnicas y de  los poderes políticos de la época. Son estos poderes los que protegerán a partir del mismo siglo XI las artes o ciencias que pertenecen a la universidad, aunque se entiende que ya cuando arribe al siglo XV serán estos poderes los que se defiendan de los doctores de la universidad, quienes se podrían levantar como peligrosos librepensadores.

 

Esta estructura de la universidad de tipo salamantino perfila una evolución de los poderes de las academias, y no sólo responde a la pregunta sobre quien detenta la autoridad en la Universidad, también nos dice por qué tales poderes se constituyeron. En las universidades el poder perseguía originalmente fines económicos y el desarrollo de las artes que permitían alcanzarlos. Si tal estructura sufrió una rápida evolución, se debe fundamentalmente a que más allá de los límites de la universidad ya existían otros poderes constituidos (el Pontífice, el Rey), cuyas reglas de gobierno van más allá de los aspectos económicos de la asociación de artesanos.

 

La tutela de la iglesia tenía entre sus intereses evitar el pensamiento verdaderamente independiente en términos religiosos, esa es una afirmación que coloca en manos del poder exterior toda la responsabilidad de la censura, de la dirección ejercida sobre lo que puede ser leído. Pero el movimiento que describe la aparición de la autoridad en las universidades es complejo, tanto así, que se puede decir también que la censura surge en la universidad desde adentro de ella. Así, es posible situar uno de los primeros registros de censura en Alemania, alrededor del siglo XV, donde la imprenta era dominada por la iglesia, donde fue la Universidad la que toma la iniciativa de condenar una obra titulada Disputatio sive Dialogus inter clericum et militem super potestate ecclesiastica  (De los Reyes, 2000). Esta obra fue sancionada por cuestionar el poder, y se determinó que se debía actuar incluso contra el impresor.

 

La historia de la censura no se separa de la universidad, y en 1479 la Iglesia toma una medida de respaldo para la represión que ya se había originado en las casas de estudio. Se dispone a partir de ese momento de una lista de libros aprobados. Tales disposiciones nos permiten conocer algunas características de la censura en el siglo XV (De los Reyes, 2000).:

 

1.                       Las autoridades quisieron que la lista no fuese exhaustiva, esto quiere decir que no se recomendaron a todas las obras que habían sido publicadas hasta el momento.

2.                       Se esperaba, en consecuencia, que la lista podía ser modificada por medio de procesos judiciales posteriores, lo que indicaba que la censura no era “previa” y los libros podían estar por un tiempo en la lista pero luego ser condenados.

3.                       En  la mayoría de los casos la lista estaba relacionada con el prestigio de los textos. La censura parece un fenómeno relativo a intereses momentáneos, que responderá al modelo absoluto cuando la inquisición aparezca en escena.

 

El concepto de censura más conocido es el que implica la persecución de un hereje, quien debe ser condenado en la hoguera. Este concepto es la expresión negativa del antes descrito. Tal modelo inquisitorial, dirigido por una institución con plenos poderes, tenía como blanco a la totalidad de la obra de un escritor, y partía de la idea de que tales escritos eran coherentes entre sí. Esta coherencia será el origen de nuestro concepto contemporáneo de autor, como aquel hombre que debe responder por todo lo que dice o escribe: “Será en el siglo XVII cuando la inquisición realice una censura preventiva ‘sui generis’: La calificación de autores de ‘primera clase’, es decir, aquellos cuyas obras, pasadas o futuras eran prohibidas en su totalidad” (De los Reyes, 2000, p. 134).

 

Encontramos dos tipos de censura, una que surge por decisión de autoridades de la universidad, apoyada luego por el exterior, y, por otro lado, tenemos la censura centralizada, aquella que no persigue una parte de la obra del autor, sino a toda la obra, porque lo que perseguía era al autor.

 

Pero la censura se transformará dentro de la universidad. La universidad tiene otros fines, le interesa, por ejemplo, que una obra sea precisa históricamente. Esto nos lo dice De los reyes, con una breve nota, pero relacionando el fenómeno de transformación de los fines de la censura con la expansión de las funciones del poder civil:

 

La Dieta Imperial de Worns de 1495, pretendía que la censura pasase al ámbito civil: el Emperador y los príncipes del Imperio. En estos años clave se mantuvo la censura eclesiástica en virtud de la Bula de Inocencio VIII, pero en algunos lugares las universidades también reclamaron su derecho (a censurar). Así, en 1495 aparece la obra de Francisco de los Santos, Expositio missae, con el examen y aprobación de dos profesores por orden del rector, y en 1498 la Universidad  de París censuró otra obra por una inexactitud en la información (De los Reyes, 2000, p. 83).

 

La censura no permite que la localicen en un solo sitio: Aquella que proviene de la Iglesia necesitaba apoyarse en las autoridades civiles, y, por otro lado, las universidades responden a este orden  establecido.

 

En este movimiento de la censura pueden notarse las diferencias con respecto a las concepciones imperantes a finales del siglo XIX y XX. En el caso de Venezuela la universidad parece una institución que debe ser pensada con conceptos de administración (Álvarez, 1979). La estructura de poder se puede separar con facilidad del estado, como sistemas distintos: Estado ↔Administración Universitaria ↔El cuerpo de profesores↔ La dirigencia estudiantil↔ Y los empleados y técnicos (Álvarez, 1979).

 

Se puede afirmar que las universidades latinoamericanas no son instituciones con una estructura arcaica, como podría pensarse al recordar que surgen de la mano del poder religioso también. Esta característica no las hace más arcaicas que las universidades conocidas en Europa. La universidad latinoamericana integra (algunas en los 60, otras tardíamente) una forma de gobierno en el que el estudiantado tiene participación. Las convulsiones ideológicas deberían explicar el desarrollo de las universidades en América Latina, pero la lucha de una universidad es un movimiento ilustrado, consciente de la época que le ha tocado transformar.

 

Un dato curioso de este componente ideológico lo constituye la Universidad de la República de Uruguay, donde la represión política a mediados de la 70 persiguió y dirigió la vida académica. Se nos dice que una década más tarde, con la restauración de la democracia, la universidad comienza a sentir por primera vez otro fenómeno político de Latinoamérica: la asignación de bajo presupuesto a la educación superior (Serena, 2000).

 

Adicionalmente, por lo menos en lo que se refiere a la universidad mencionada, se presenta una preocupación por el modelo de enseñanza que debe imperar. Una búsqueda de un modelo de enseñanza como ésta no puede descartar aquellas características que diferenciaran el entorno económico de la universidad del siglo XX de aquellas que se han descrito en la edad media y en el período de la reforma:

1.                        Los profesionales de la universidad deben dedicarse a la investigación de problemas con una aplicación al mercado entendido en un sentido amplio.

2.                        Tales profesionales no deben formar grupos de privilegios del tipo precapitalista: la clase de investigadores debe poseer beneficios proporcionales a su aporte a los sistemas de producción.

3.                        Los títulos que se otorgan en las universidades responden a una concepción curricular jerárquica y progresista: todo título es una credencial insuficiente que debe complementarse con una nueva formación.

 

El problema de la aparición de la universidad incluye dos intereses diferentes en Latinoamérica, porque por un lado las dictaduras de nuestros países cerraron la educación superior a una población de estratos bajo en crecimiento, que reclamaría un lugar en el mismo momento que esas dictaduras cayeron (Álvarez, 1979). El otro principio de las universidades de Latinoamérica ha sido impulsar el desarrollo de los mismos estratos de excluidos y de la sociedad en general.

 

La sustitución de la universidad tradicional para responder a estas exigencias puede ser concebida en términos de progreso de las instituciones. Uno de los cambios asociados con progreso consiste en pensar que el profesor no debe tener pocas horas de trabajo, ni es conveniente que atienda a muchos alumnos en el viejo modelo de la clase magistral (Álvarez, 1979). El progreso de la universidad estaría concebido como la sustitución de una “aristocracia educativa”, que imperaba en un modelo institucional llamado francés(Álvarez, 1979). En este sentido, la Universidad de Uruguay representa el diseño de una concepción de la enseñanza guiada por criterios extra académicos.

 

Concebir la oposición entre las nuevas profesiones y la estructura de las universidades tradicionales permite que los límites de las universidades sean claramente demarcados con relación a un espacio exterior, pero en tal demarcación la universidad carece de aquello que la había guiado hasta el momento: una razón de ser propia, la disposición de algún criterio para la censura similar al de las universidades del siglo XVII, es decir, la preocupación por la exactitud en ciencia o la expresión de la verdadera forma de ser de los fenómenos en estudio.

 

Si en Uruguay se pensó que la universidad debía derogar los privilegios establecidos por las instituciones tradicionales, la discusión en el seno de otras universidades de Latinoamérica se centraron en otros aspectos. En Venezuela el progreso fue concebido según las características económicas de un país petrolero, que debía brindar ayuda a los excluidos del régimen dictatorial y cuya mayor preocupación era la de tener todos los recursos para atender a esta población (Ávila y cols. , 1984).

 

La situación es descrita como si las autoridades de las universidades debían elegir entre abrir las puertas a esta población o seguir con la anterior forma de selección guiada por intereses de clase (Ávila y cols. , 1984).En términos de la estructura interna de nuestras universidades, cabe decir que aquellas transformaciones que en Uruguay son vistas como una consecuencia política, aquí, en Venezuela, son explicadas como una consecuencia de la complejidad de las ciencias contemporáneas. Las facultades otorgarán títulos bajo una concepción curricular que considera que los estudiantes no pueden conocer todos los adelantos en la disciplina, el problema no consiste en si tales graduandos deben ser doctores o deben llevar un título más modesto, si no pensando que todo saber contemporáneo de be ser inacabado, móvil y perfectible (Fuenmayor, 1973).

 

Con respecto a la concepción del saber y de cómo la autoridad universitaria le otorga legitimidad, cabe señalar que existe una segunda conversión del principio de censura: Mientras que en las universidades del renacimiento se comienza a pensar la ciencia en términos de su precisión o exactitud con respecto a lo ya conocido, en la universidad del siglo XX  el saber es tomando en cuenta por su cantidad. El doctor sabrá más que el licenciado, y, sin embargo, no existe un límite para la acumulación del saber (Fuenmayor, 1973).

 

En Venezuela, como en otros países de América, estas transformaciones de la universidad también estaban acompañadas por una crítica ideológica, que la hacían responder como una institución revolucionaria, pieza de transformación de la economía en general. Estos términos eran los que daban fuerza a la crítica entre los años 60 y 70 y no deben ser confundidos con ninguna analogía contemporánea.

 

Los destinatarios de la universidad, en este caso los estudiantes, son integrados a partir de ese momento como herramientas de la lucha ideológica, aunque de una forma muy diferente a como los ideales de la modernidad lo perfilaba. En Latinoamérica la crítica estaría acompañada de la lucha armada, de revueltas con el fin de hacer un frente permanente al poder (Fuenmayor, 1973).

 

Los autores discutían si la universidad podía sobrevivir a tales presiones, porque existía conciencia de que una transformación económica total no puede tolerar que la universidad genere profesionales privilegiados dentro de la universidad o fuera de ella. También existía la idea de que la universidad no puede desempeñar sus funciones en constantes estados de convulsión,  de manera muy similar a como las autoridades eclesiásticas opinaban en la edad media que los estudiantes no podían desarrollar las artes si se preocupaban por las asignaciones de trabajo propias de las primeras asociaciones de artesanos (Peset, 1983). La concepción de universidad conservadora, que se contraponía a estos movimientos de transformación gozaba con esto de un elemento persuasivo (Fuenmayor, 1973).

 

La discrepancia no era en los fines revolucionarios, si no en como la universidad podía  llegar a ser revolucionaria. Existía el temor que la universidad olvidase que en el pasado, la censura de las ideas tanto desde adentro de la universidad como desde los gobiernos, representó el mayor obstáculo a vencer para que la transformación de la sociedad se hiciera posible. Así, por lo menos la universidad venezolana, y su sociedad en general, fue llevada por un camino inicial de pacificación, que debía garantizar la tranquilidad a los profesionales como antes se hacía con los artesanos. Esta tranquilidad relativa estaba acompañada de descripciones meramente administrativas, sin que ningún elemento haga pensar en contradicciones internas. A manera de conclusión previa se puede enumerar una lista de fines que reflejarán estos ideales de serenidad de la universidad de los años 70, aunque su utilidad depende de que se le mire con actitud crítica (Álvarez, 1979):

1.                        Sus objetivos tendrán un carácter externo, lo que quiere decir que estará preocupada por metas ideales: buscar la verdad, elevar la cultura de la población, contribuir al desarrollo económico del país.

2.                        Los recursos no provienen de su actividad en los mercados de bienes y servicios si no del Estado.

3.                        Los beneficios que podrían obtenerse de la actividad organizacional son percibidos por la universidad y ningún particular debería beneficiarse de ellos.

4.                        Gran parte de los recursos humanos de la universidad responderán a una acción voluntaria.

 

Si estos fines que nos expone Álvarez respondiesen a la realidad de las universidades, entonces tales instituciones habrían desaparecido. Los recursos humanos de la universidad, son por definición elementos interesados en el sistema educativo, porque su posibilidad de aportar algo al mercado de bienes y servicios está condicionado al aprendizaje de destrezas y conocimiento en la universidad. Esta breve historia nos muestra una Universidad profundamente interesada, profundamente económica, y que sólo responde a una concepción desligada de fines económicos por un movimiento más de la censura, que no deja de provenir desde el centro de la Universidad. 

 

III De la Actividad Científica como Problema de la Psicología Social

Todo estudiante de psicología ha tenido alguna vez que cuestionar su disciplina a partir de los conocidos problemas de “objeto”, “método” o desde preocupaciones de corte epistemológico. Estos aspectos son en ocasiones considerados porque la psicología parecía tener algo importante que decir en relación con el acto de conocer en sí.

 

En el caso de la psicología social en Latinoamérica, sin embargo, los estudiantes hemos tenido que aprender otros problemas relacionados con el ejercicio científico. Junto a la pregunta sobre el objeto y la concepción de la ciencia, aparecen frases que nos hacen preguntarnos si hemos traspasado los límites de la disciplina, o del conocimiento científico en su más amplio sentido.

 

Una de esas propuestas  se enuncia de la siguiente manera: “Toda actividad humana es política. Inclusive la ciencia, principalmente, las ciencias humanas” (Maurer y Sawaia, 1991, p. 59). Al lado de dichas frases, los nombres de los autores, como garantía de que no estamos en riesgo, que todo pensamiento científico marcha por su recto camino.

 

La historia de nuestra disciplina, si la seguimos a partir de afirmaciones como la anterior nos hace pensar en una actividad profundamente comprometida, donde sus investigadores son capaces de encontrar una naturaleza que otras disciplinas no pueden ver, porque no tienen el privilegio de estudiar “sujetos”. Cuando los “sujetos” término del privilegio y de la responsabilidad de la psicología,  sufren por alguna razón, - y su  diversidad no deja nunca de asombrarnos- el psicólogo, en especial los psicólogos sociales, pasamos de la constatación del malestar a la instrumentación de estrategias para afrontar el problema. En ocasiones, aunque no son la mayoría, el tránsito entre la constatación del malestar y el proponer soluciones es un abismo difícil de esquivar.

 

Estamos enterados de que parte de nuestra disciplina se ha desarrollado por ensayo y error. En otra ocasión, alguna psicología social ha despreciado también el carácter científico de la disciplina y los efectos de autoridad que son de interés para este mismo trabajo (Maurer y Sawaia, 1991). Retrospectivamente, las ideas difundidas por el marxismo han jugado el papel de “razones” o justificaciones para delinear una posición ante los problemas.

 

Nada hemos escuchado sobre el “alcance teórico” de estas justificaciones que acompañan, por ejemplo, a la “investigación participante”. El marxismo, por su parte, se ha considerado como un espacio científico propio, aunque con mucha influencia sobre el resto de las ciencias.

 

En este capítulo se tratará dicha pertinencia, en el que se intentará sugerir a la psicología social que dirija su interés hacia los procesos involucrados en la producción y transmisión del conocimiento científico. Las hipótesis que aquí se presentarán no deben ser entendidas en el sentido de prescribir el ámbito de estudio de la psicología social. Se intentará mostrar simplemente que la psicología social tiene algo importante que decir con relación a la estructura de las ciencias (siempre en plural).

 

Antes de llegar a ese punto, se debe recordar la breve evolución que se trazó de la estructura universitaria. En  nuestro relato, la “ciencia” fue definida como un nuevo espacio de censura en el que las producciones académicas son permitidas o rechazadas de acuerdo con principios de exactitud, de verdad histórica o técnica. A ese mismo movimiento de transformación de la censura, que preludia la importancia que tendrá la ciencia técnica para los tiempos que corren, pertenecieron diferentes ataques contra la literatura en España del siglo XVIII.

 

En ese caso, se evidencia una evolución cultural para la que un texto puede ser permitido si tiene alguna utilidad para el bien común. Se nota, de hecho, que la cultura, por lo menos en la España del XVIII, espera el arribo de una moral pragmática, y por tal no se quiere decir que sustituya a la religión, sino que comience a privilegiar la  preservación de elementos culturales signados por la utilidad, para un sistema de vida, o para una estructura económica.

 

Nace con estos fenómenos la idea de un público consumidor de los libros, aficionado a las artes y a la filosofía, que en los tiempos de Kant, constituían la masa inculta del pueblo, es decir, aquellos que no pueden entender las cosas que los doctores discuten. Como existe ese público, desde el siglo XVIII, hay que asegurarse de dirigir lo que pueden leer, y en este caso no son sus almas las que necesitan ser protegidas, si no su inclinación por actividades útiles para la mayoría, en realidad, útiles al trabajo, a la contención de delitos o también, útiles para sacar a los hombres del ocio.

 

Es cierto que las ciencias contemporáneas vendrían a transformar lo que es útil o inútil, así que la literatura constituirá en el presente una fuente inagotable de trabajo para algunos investigadores, pero para que las mismas ciencias aparezcan en el escenario tal y como las conocemos,  era necesario que se hiciera explícito que los fines del conocimiento debían contener beneficios. La evolución de la censura no está planteada en términos de una aparición repentina de la utilidad del conocimiento, si no de la conciencia de dicha utilidad.

 

Ese público, hombres que no hay mas remedio que dirigir, porque no deben tener criterios propios, tienen un estatus parecido al de los “sujetos” de la psicología social. Es el mismo público (teóricamente hablando), que la Ilustración invitará a pensar por sí mismo, pero primero, deberá conocer lo que le conviene de manos de la tutela de la autoridad:

¿Qué le importa al público seis cartas seguidas de Quevedo a Don Francisco de Oviedo para pedirle coche? ¿A qué pueden servir las cartas confidenciales al Duque de Medinaceli en que le pide un empleo en su casa para un recomendado, o le avisa de unas salchichas, o le da las pascuas? (Domergue, 1996, c. p. De los Reyes, 2000, p. 649)

 

Esta historia parece casi natural, como si las disciplinas científicas, aunque traten del hombre, deben, finalmente, buscar descripciones del mundo que respalden las costumbres establecidas, o que “sirvan para algo” en el sentido económico. Para que la ciencia pueda cumplir con estas nuevas metas, necesita proponer teorías, diseñar métodos, que puedan ser desarrollados con algún grado de libertad. Ya conocemos que esta libertad relativa de los espacios científicos la heredan las universidades de las asociaciones de artesanos, quienes no podían elegir los trabajos que se les asignaban si no que tal competencia recaía en una autoridad de la universidad. La ciencia necesita libertad de acción, tal y como lo aprendimos del “El Conflicto de las Facultades”, y en esto no hemos avanzado un paso más allá de lo que se ha dicho al respecto.

 

 Algunos autores sugieren una falta inicial de crítica de la psicología social sobre su propia labor (Maurer y Sawaia, 1991). Tal estado de la psicología social, especialmente en su vertiente comunitaria, sería muy breve, porque la psicología tiene la tendencia a entrar en crisis sucesivas, una de las cuales intentaba ajustarse a la avanzada ideológica que ya tenía mucho vigor en los años 70. En palabras de Maurer y Sawaia, esta crisis intentaba romper con la hegemonía de los centros de producción de conocimiento (Norteamérica, Europa), que eran vistos como escuelas para la dominación:

 

La crisis de las ciencias sociales representó una crítica a la que se acordó llamar Teoría de la dependencia. Bajo la política imperialista, las áreas de Sociología, Antropología, Historia, Servicio Social, Psicología y Economía, florecieron en el Tercer Mundo  y la Universidad se convirtió en un lugar privilegiado para controlar la dirección del cambio. Pero en ese proceso ella terminó por crear, en su seno su propia negación. En los centros donde se formaban científicos sociales, comenzaron a cuestionar los supuestos de su ciencia colonizada, procurando crear un proceso colectivo de producción de conocimiento, en el cual investigador e investigado fueran, ambos, sujetos del saber producido y por el clima político (Maurer y Sawaia, 1991, p. 66).

 

Este párrafo tiene una alusión directa a la estructura de la universidad y a su participación en fines distintos a los de acumulación de saber. La Universidad, escrita con mayúscula, entendida como un ente independiente, es considerada como “un lugar privilegiado para controlar la dirección del cambio”. “Ella”, la Universidad, tendría una semilla envenenada, una vocación crítica que parece sólo posible en los espacios de las humanidades, citadas como una familia, como una secuencia genealógica. La semilla que lleva consigo la Universidad es un elemento de su propia negación, y no podemos aventurarnos a decir de su “aniquilación”, porque se entiende que este movimiento político creía en la superación de las diferencias y conflictos expresados en el sistema.

 

Importa muy poco si esta cita refleja la realidad del pasado de la Psicología  social en su vertiente comunitaria. Interesa más los efectos que pueden causar en un lector que no tuvo el privilegio de observar los cambios de las ciencias sociales cuando estos se producían. El academicismo se consideró aliado de los valores más negativos de la sociedad, se buscaba evitarlo, como se evita “quedarse sentado”, “cruzarse los brazos” y “hacer nada”. Como un primer intento de  situar algunos elementos de nuestra propia concepción de la estructura de las academias, se puede decir que nuestra literatura psicológica está signada por una búsqueda de la reivindicación del sufrimiento del “sujeto”.

 

Serán necesarias otras citas, con la intención de explicar el problema de cómo es concebida la represión interna de las academias. En este caso Maurer y Sawaia intentan definir cuales han sido los movimientos que han dado origen a la psicología comunitaria, donde resaltan los elementos de lucha, metáforas en las que el sujeto de la oración se encuentra en tensión con otros. Se nos dice, además, que el Marxismo ha funcionado como una teoría de influencia, aunque no como fundamento de la disciplina. Los temas epistemológicos, son dejados a un lado, o terminan transformados en ideología.  A continuación, se presentan fragmentos del relato de los movimientos  que sustentaron parte de la psicología social latinoamericana:

 

Estamos de acuerdo con Laura de Veiga y Marlene Goldstein cuando afirman que la investigación participante es producto de la convergencia de tres vertientes analíticas. La vertiente educativa, originada en la crítica al papel de la Educación, tanto del orden estructural como de orden revolucionario, configurándose en la búsquedas de alternativas de educación popular comprometida con una perspectiva de transformación social (...)     La vertiente social militante, que está relacionada con la emergencia de los diversos movimientos de la sociedad civil en los países pobres de América latina, especialmente donde el pueblo bajo un régimen autoritario busca, por un lado, aumentar su peso frente a un Estado autoritario y a un orden económico excluyente, y por otro, preservar su autonomía(...) La vertiente epistemológica, que se refiere a la lucha emprendida por  los investigadores que rompieron con la tradición positivista de la investigación social...  (Maurer y Sawaia, 1991, p. 67). (Negritas son agregadas al texto original).

 

El fin de este apartado, como se dijo antes, es el de sugerir a la psicología social que tome en consideración la manera como una serie de ideas o de prácticas es transmitida a las siguientes generaciones de científicos. En esta propuesta no vale decir solamente que las universidades tienen mecanismos represivos internos, que condicionan la enseñanza, si no que también sería necesario dotar a dichos procesos de un marco más amplio. En dicho marco la producción científica puede ser concebida como herramientas provistas por una cultura.

 

Cuando se habla de herramientas se debe comprender esta frase en un sentido amplio, que no tiene mucha relación con la primera imagen que nos aporta la experiencia. Las herramientas de las que se hablan son una serie de signos, componentes de lenguajes científicos o de textos que poseen características específicas (Cole, 2003). Según esta perspectiva, las citas que se hicieron antes, sobre los antecedentes de la psicología comunitaria, son herencia de los investigadores precedentes para lograr que las generaciones actuales conciban a la psicología de una sola manera. Esto es posible porque las características de las herramientas científicas así lo permiten.

 

Una herramienta, como los lenguajes, posee fines limitados, o en todo caso, no puede servir para expresar todo tipo de operaciones. Esta característica es una interpretación hecha por Cole (2003) del concepto de instrumento, extraído de la obra de Vygotski. Según parece, la herramienta no sólo tiene fines específicos, sino que también limita la acción de quien la usa.  Según Cole, todos tenemos presentes los límites de nuestras maneras de hablar, y esto es evidente cuando recordamos frases de la cultura como aquella que sugiere que una persona “puede quedarse sin palabras” ante un acontecimiento (Cole, 2003)

Toda la crítica de la censura en el interior de la estructura universitaria podría ser analizada desde esta definición de herramienta o instrumento científico. Una limitación de lenguaje, en este sentido, no es solamente una falla cognoscitiva, sino la supresión de concepciones alternativas creada por la configuración de una cultura científica. Citando a Vygotski, la principal característica de los instrumentos científicos es la “elección” que permiten realizar en un universo de hechos o de los aspectos infinitos que tales hechos pueden mostrar (Vygotski, 1932). El reto que se le presenta a la psicología social es que se plantee analizar la actividad científica sin negar su carácter político, pero reconociendo que los fines políticos pueden ser sólo un aspecto a considerar en una pluralidad de objetivos de la ciencia, y este llamado se puede hacer con propiedad porque la pretensión de abarcar todo ámbito de fenómenos desde una parcela de saber es contraria a lo que los lenguajes de todo tipo pueden hacer, incluyendo las teorías psicológicas.

 

La frase con la que se comenzó el apartado: “Toda actividad humana es política. Inclusive la ciencia, principalmente, las ciencias humanas” (Maurer y Sawaia, 1991, p. 59). Es un buen ejemplo de la interceptación que intentamos establecer entre las limitaciones instrumentales de una teoría, o lenguaje científico y el concepto de censura dentro de las instituciones académicas.

 

Por un lado “censura” ha significado cosas distintas en los diferentes capítulos, por lo que se puede puntualizar cual de ellos permanecerá como principio explicativo y cuales definiciones quedarán excluidas momentáneamente. La presencia de este concepto tiene la propiedad de unificar los dos ámbitos de interés de ésta tesis pero evitando la simplificación de ambos.

 

Tal y como se estableció en el capítulo sobre la estructura universitaria, se ha intentado extrapolar del psicoanálisis una noción que su fundador tomó de los hechos pertenecientes a lo público, a la experiencia de la humanidad con respecto a la persecución de herejes o de opositores a un gobierno. Sabemos que Freud toma prestado este modelo, pero sólo  para transformarlo dentro de una teoría de sistemas psíquicos.

 

Para uno de dichos sistemas un hecho, generalmente de naturaleza sexual resulta inadmisible, no codificado y tal hecho tiene la posibilidad de ser mal representado, o para ser más enfático, tal hecho no es representado por el sistema llamado “conciencia”, sino que se le permite presentarse en ella de manera furtiva. Tal disfraz de lo reprimido no es el elemento que se quiere tomar acá del psicoanálisis,  y aunque plantea interesantes hipótesis en la práctica clínica, sólo podría encontrar equivalencia en la concepción de ideología como falso discurso, cuyo uso y abuso está necesitado de una revisión crítica adicional. 

 

Las explicaciones de Freud tienden a ser muy valiosas porque incluyen aspectos muy diferentes de los fenómenos individuales que sometía a estudio. Así, por represión o censura también se puede entender no sólo que lo reprimido aparece bajo algún disfraz o forma que no le es exacto, sino que lo reprimido tiene la capacidad de incluir nuevos materiales de la vida de los sujetos en la “condena” que sufren los elementos originales, de manera tal que las ideas reprimidas pueden: “...perdurar en lo inconsciente, continuar organizándose, crear ramificaciones y establecer relaciones” (Freud, 1913, p. 1046). Según algunas opiniones, este fenómeno de la represión, llamado “la represión propiamente dicha” tiene en la obra de Freud un carácter metapsicológico a partir de 1926 (Le Guen, 1993).

 

En este sentido, la represión no es sólo una actividad privativa, pues parece necesitar que nuevas ideas sean sumadas a su acción. La organización que le caracteriza, su tendencia a la ramificación y su posibilidad de establecer relaciones la hacen todo menos un sistema irracional que guía la acción del sujeto desde lo primitivo. De hecho estas cualidades de organización y ramificación son propias de todo uso simbólico, y de toda manipulación por medio de herramientas.

 

El niño que aprende una palabra nueva, por ejemplo “papá”, tendrá innumerables usos a lo largo de toda su vida con dicha palabra y esta tendrá algunos significados que  serán más o menos invariables, pero en el proceso de aprendizaje, vemos en algunos niños que tal palabra es aplicable a toda figura con algunos rasgos parecidos a su padre, como el cabello corto o el uso de bigote. La palabra, en tanto herramienta para relacionarse o manipular el entorno, puede presentar momentos de expansión, de inclusión de nuevos referentes en su dominio.

 

Los fundamentos de una disciplina, las teorías científicas y la metodología también son herramientas como el trivial ejemplo del niño y sus primeras palabras. Son herramientas con fines totalmente distintos. Una de sus características parece ser el “monosemantismo”, es decir, la asignación de un solo significado a los elementos que componen dichos lenguajes (Vygotski, 1932).

 

Sin embargo, las teorías psicológicas rara vez cumplen con la condición de tener un solo significado por cada término que las compone. Esta situación no parece ser muy grave para los psicólogos, que se encuentran además divididos en una multiplicidad de perspectivas sobre los aspectos que estudian. Tanto la polisemia de los términos psicológicos como la existencia de diferentes tipos de psicología son fenómenos presentes desde antes de la década de 1930, y ha recibido reiteradamente el nombre de “crisis de la psicología”. Quizás la psicología comunitaria seguía una vieja tradición cuando en los años 70 declara su propio estado de crisis.

 

La hipótesis que se quiere plantear sugiere que se pueden conocer las razones que determinan esa pluralidad de sentidos en los términos psicológicos. Se sugiere que estudiar dichas razones puede ser tema de la psicología social, de manera muy similar a como Vygotski en los años 30 estableció una descripción de la psicología hecha hasta ese momento.

 

En este contexto, será de mucha importancia que la psicología social no se considere ya dotada de términos claros y precisos, sino que más bien se plantee que los términos con los que describir la actividad científica todavía están por acuñarse. De ese proceso en marcha, el análisis de la censura en el ámbito académico y el papel del carácter de clásico de los documentos científicos son una fracción muy pequeña.

 

Se nos ha enseñado en las aulas de la escuela de psicología una cierto estado de relajación de la disciplina, en el que los planteamientos ontológicos y metodológicos han sido superados por las tendencias más actuales, llamadas de forma genérica “metodología cualitativa”. Se puede afirmar que si un psicólogo de los nuevos tiempos lee en un ensayo que si se introducen nuevos términos a una teoría, dichos usos deben contener cierta necesidad objetiva (Vygotski, 1932 ). Entonces desarrollará algún tipo de alergia grave.

 

Es cierto que ya nadie pretende que su conexión con los fenómenos que estudia sea más íntima que la investigación que otro realiza, pero es posible que la necesidad objetiva no signifique necesariamente un conocimiento privilegiado sobre los fenómenos, si no más bien lo que intenta decirnos Vygotski al respecto de que la ciencia se contenta con saber sobre el funcionamiento de algunas cosas y no de todas las cosas. La necesidad objetiva es la obligación que exige la propia ciencia a sus usuarios para que conozcan al menos el alcance explicativo de sus teorías.

 

Por esa razón la necesidad objetiva es una exigencia que aparece cuando se introduce nueva terminología. Esta propuesta es menos ambiciosa de lo que parece, pues no significa que la psicología debe buscar la verdadera forma de ser de los procesos que estudia, significa, por el contrario, que los psicólogos pueden plantearse estudiar los aparatos que usan para tratar problemas diversos de la realidad. Estos aparatos no son medios traslúcidos o instrumentos de óptica,  sino que son tramas de conceptos.

 

Estudiar estos conceptos no hará menos humana la psicología. Si la subjetividad es una cualidad especial e irreductible, entonces no habrá por que temer a una rama de psicología que se dedique a los conceptos que la estudian, porque estos tienen por su parte la característica de herramienta. Tal temor sólo sería comparable con la ansiedad de un religioso ante la posibilidad de que exista una sociología de la religión que le enseñe que Dios no es más que un invento cultural.

 

A diferencia de la sociología de la religión, una psicología social que estudie los determinantes de las teorías científicas puede elegir no decir mucho sobre la verdad íntima que comparten los demás científicos sobre los conceptos que manejan. A lo sumo, tal disciplina se contentará con dejar muy claro cuales elementos conceptuales usan para explicar a la ciencia, porque su mayor preocupación es la delimitación del alcance de las teorías y las razones que permiten modificarlo.

 

Esta psicología podría plantearse como meta la siguiente declaración, sin prestar demasiada atención a la metáfora que emplea: “...seguir la dinámica de la reacción espontánea y ciega del cuerpo científico ante un objeto extraño, importado; seguir las formas de esa inflamación científica en función del tipo de infección... establecer las actividades y funciones normales de las diferentes partes integrantes: de los órganos de la ciencia (Vygotski, 1932, p.323 )

 

Podremos asumir que “las formas” a las que se refiere el texto son el tramado de conceptos de la disciplina. Es interesante acotar que para esta perspectiva los conceptos y las restricciones que impone la ciencia para su uso son ya metodología (Vygotski, 1932).  Esto ocurre así aunque la disciplina estudiada sea una ciencia natural, y aunque estudie sus fenómenos por medio de lenguajes matemáticos. Una perspectiva de este tipo no es más cualitativa por hablar de conceptos y del significado de los mismos, y tampoco puede afirmar, como algunos autores que la explicación causal o predicción en ciencia sean actos ajenos a la comprensión (Baró, 1991).

 

Se ha dicho en efecto que es posible explicar cuales fenómenos son determinantes de la confección de los conceptos científicos. Sería posible llegar a saber por qué en la primera línea de un artículo científico se introduce una máxima o declaración de principio que intenta abarcar toda acción humana, en el ámbito de cada una de las psicologías conocidas.  Es posible llamar a tal análisis estudio del desarrollo de la psicología, como pretendía Vygotski, para quien los conceptos en psicología podían ser descritos en la mayoría de los casos según la siguiente secuencia:

 

1.                        Se hace un “descubrimiento” importante que modifica la idea habitual sobre algunos fenómenos.

2.                        Tales ideas (porque son un sistema de ellas) prolongan su alcance a dominios colindantes, lo que obliga a modificar la idea inicial, porque no estaba diseñada para abarcar ciertas diferencias del nuevo contexto. En tal proceso la idea se hace más abstracta y debilita su conexión con los hechos estudiados originalmente (la psicología clínica conductual y la metodología de análisis de la conducta serían buen ejemplo de tal extrapolación).

3.                        Luego el concepto comienza a modificar algo más que la explicación de nuevos hechos, porque pretende modular la actividad completa de otras disciplinas o de otras formas de psicología.

4.                        Cuando el concepto o los conceptos logran modular la actividad de diferentes disciplinas ocurre como si anexara a las ideas el fin de conquistar ámbitos de estudio. En este punto debe confrontar a las demás teorías. (Vygotski, 1932).

5.                        El siguiente destino del concepto es ser aislado por las teorías que le compiten en los otros dominios, y estas logran reconquistar los espacios cedidos, de manera tal que la idea deja de ser una idea revolucionaria.

Frases como “Toda actividad humana es política. Inclusive la ciencia, principalmente, las ciencias humanas” (Maurer y Sawaia, 1991, p. 59) tienen la apariencia de responder al cuarto y quinto punto de esta secuencia, e incluso, se puede decir que aspira algo más que los fines señalados en este esquema, porque es esgrimida como principio de toda acción. Esta secuencia que describen los conceptos psicológicos parece ser tolerable por la mayoría de los psicólogos, aunque es intuida cuando de lo que se habla es de la metodología:

 

Toda cuantificación supone la reducción de los fenómenos a una sola dimensión y, por más que se explique, es indudable que esta reducción significa perder una gran cantidad de información sobre la realidad, pérdida que con frecuencia desfigura la naturaleza misma del fenómeno que se pretende reflejar (Baró, 1991, versión, p. 43).

 

Lo que Baró señala, se puede argumentar para toda metodología, pero parece que el concepto de alcance es usado sólo cuando se necesita criticar una disciplina ya establecida. Y la crítica constante entre diferentes formas de psicología que los estudiantes aprendemos en los manuales también es una intuición de los procesos que describen los puntos 4 y 5 de la secuencia. Estamos acostumbrados a concebir la psicología como la oposición de bandos distintos: conductismo contra cognoscitivismo y estos contra la psicología dinámica, en otras palabras, los estudiantes somos iniciados en la actividad científica del mismo modo que un lector que sigue la historia de una novela, adhiriéndose a bandos, intentando identificar el héroe o la heroína de la ciencia.

 

Cuando un concepto adquiere como fin el dominio o explicación de cualquier contexto de fenómenos, nos dice Vygotski, todo ocurre como si los hechos que dicho concepto explica  se convirtiesen en “hechos de la vida social”. Primero se creía que describían cosas reales, ahora justo en el sexto punto de su evolución las otras teorías le tratan como mera construcción social, o como se decía antes, como ideología. Este fenómeno no debe engañarnos por su aparente simplicidad, porque siempre el concepto tuvo un origen social, aun si describía hechos de la naturaleza, y su evolución sólo puede tener la apariencia de un “retorno” (Vygotski, 1932).

 

Se podría entender que los conceptos científicos son seleccionados originalmente, para describir los fenómenos, porque una clase social así le conviene, para  las interacciones que le interesa proteger en la esfera pública, así como a Baró se le ocurrió que la psicología establecida en Latinoamérica ayudaba al mantenimiento de la clase burguesa, idea que es expresada como un reproche, algo a ser corregido: “Una creciente insatisfacción con el papel desempeñado por la psicología al interior del ordenamiento social de los países latinoamericanos, identificados como un papel de servicio predominante a los intereses de las clases en el poder” (Baró, 1991, p. 39). Pero nada de esto es así.

 

Esto respondía a una interceptación de problemas históricamente situados en Latinoamérica con el desarrollo de la psicología. Cuando se habla de un origen social de un concepto o teoría, se dice, por el contrario, que las distinciones (no los objetos) que nos permiten separar a un fenómeno de otro no existen originalmente fuera del lenguaje que usamos para describir tales hechos (Vygotski, 1932).

 

Reconocer el origen social de la ciencia significa concebir a las teorías que usamos como herramientas, y que la modificación de tales herramientas responde más a un proceso de elaboración de las mismas que a un descubrimiento en lo real. Tampoco esta proposición debe levantar la sospecha de idealismo, o como se le llama hoy día: que el conocimiento sea una construcción, de manera tal que se pueda estudiar todo lo que un grupo social convenga que existe.

 

Se puede argumentar mejor este punto recordando como Pavlov intentó generar una nueva teoría de investigación sobre el comportamiento del sistema nervioso. Este investigador prohibía a sus asistentes el uso de términos que describiesen el comportamiento de los animales en el laboratorio. Tal comportamiento deja ver que los investigadores tenían un repertorio lingüístico amplio con el que describir los fenómenos que se enfrentaban, es decir, tales fenómenos ya estaban situados como hechos de teorías determinadas, ya sea por el desarrollo de la psicología idealista o por los términos del lenguaje cotidiano (Vygotski, 1932).

 

Estos asistentes se descubrirían a sí mismos dotados de todas estas herramientas que en el nuevo contexto no podían usar, y es seguro que no necesitaron llegar a acuerdos para tener tales repertorios anteriores, porque todos habrán sido producto de la instrucción, intentaban abordar los hechos que les eran próximos conceptualmente.

 

Tal asimilación por lo ya conocido no sólo es una actividad que se permita un asistente de investigación, pues a lo largo de este capítulo se ha dicho que es una actividad muy común en la expansión de teorías científicas. Por todos es conocido como los descubrimientos de Pavlov pasaron a formar parte de la psicología desarrollada posteriormente en América, y como fue traducida a los problemas del aprendizaje en seres humanos, y se puede estar seguro que en este caso la transferencia del concepto no contó con la vigilancia de la manera como debía emplearse, en otras palabras,  los conceptos de condicionamiento clásico alcanzaron un destino diferente a su origen.

 

En este sentido, cuando se intenta caracterizar a la censura en la ciencia, no es posible mantener la idea ingenua que tal fenómeno describe una prohibición de pensar, sino al contrario, como la generalización de conceptos es la actividad más corriente del mundo, la censura responderá a los mecanismos implicados en estos procesos de expansión. De hecho, como vimos en el ejemplo del laboratorio de Pavlov, la prohibición explícita de un sistema de concepto permite que un nuevo sistema, todavía sin afianzarse totalmente, tenga oportunidad de operar en un espacio restringido.

 

Los conceptos científicos, por otro lado, son parte de la censura cuando dos o más teorías se disputan la explicación o descripción de un dominio, donde no hay dialogo que valga, sino la reducción de un concepto al otro. Un ejemplo claro de este problema lo constituyó los intentos de reducir al psicoanálisis a los principios del materialismo histórico (Vygotski, 1932). En este caso, los promotores de tal unificación argumentaban que como el psicoanálisis es “un sistema de psicología monista” entonces debía coincidir con la visión marxista del mundo.

 

Este ejemplo es de mucha importancia porque permite comprender mejor de que se habla cuando se dice que estos procesos responden a censura dentro de las estructuras académicas. Una parte de este proceso está relacionada con la generación de “asociaciones científicas”, especies de comunidades que prescinden de la presencia física para establecerse. No será exagerado decir que cuando Luria intentaba hacer la fusión entre psicoanálisis y marxismo, entonces permitía que Freud ingresase a una novela, en donde podía descansar al lado de Marx, Darwin, Pavlov o Einstein. Los nombres de autor se revelan como elementos de importancia y parecen impulsar al científico para reunirlos en un mismo movimiento.

 

IV Producción y Reproducción Científica

 

Toda investigación puede fijar límites a los temas que le pertenecen, pero la actividad  de demarcación también es  como ya se dijo en el capítulo anterior, un tema particular a ser investigado. La pregunta que así se inaugura es la de cómo saber si un término es usado para contribuir al dominio específico de una disciplina o si persigue un fin diferente. Nótese que la pregunta no intenta adscribir a los términos una finalidad correcta y tampoco condena en sí mismos los usos no científicos de un concepto, sino que la pregunta sólo reconoce que los usos compiten entre sí.

 

Una fantasía difundida comúnmente sobre este problema se puede describir de la siguiente manera: Las concepciones científicas responden a un claro interés económico, por lo tanto, debemos sospechar de la ciencia y sobre todo de los científicos. En esta fantasía muchos científicos esperan la oportunidad de contribuir con la opresión de la gente menos favorecida, con los pobres y desposeídos del mundo.

 

Si se desea continuar con la fantasía, es posible postular enemigos declarados de esta ciencia del mal. Estos nuevos actores buscarían todo párrafo, oración o término que sea válido como confesión de culpa, algo que demuestre que el autor de un texto pertenece a una clase política además de pertenecer a una clase académica.

 

De una manera similar a como Freud buscaba una segunda intención en el discurso de sus pacientes, estos inquisidores creerán que los científicos dicen sin querer que son parte de la expansión del capitalismo mundial, del cual están orgullosos porque les otorga muchos beneficios. Este “tipo psicológico” no sólo cree en dobles discursos, sino también en un solo concepto de política y de la censura que la acompaña. A continuación se presenta una cita que expresa muy bien el concepto de censura que los enemigos de la “ciencia malvada” tienen en su diccionario:

 

Esta censura estructural se ejerce a través de las sanciones de dicho campo funcionando como un mercado donde se constituyen los precios de las diferentes modalidades de expresión; así, se impone a cualquier productor de bienes simbólicos, incluido el portavoz autorizado cuya palabra de autoridad, más que ninguna otra, está sometida a las normas del decoro oficial, y condena a los ocupantes de las posiciones dominadas a la alternativa del silencio o del hablar llano escandaloso”(Bourdieu, 1999, p. 110)

 

Aunque en el ejemplo citado el autor comparte la idea de que los factores económicos determinan la actividad intelectual, no se puede pasar por alto que la relación que establece es la de una analogía o de una comparación: la censura estructural del conocimiento se produce por medio de sanciones que operan como un mercado. Lo que se llama precio de las modalidades de expresión es otra manera de decir que en la ciencia  las producciones reciben un determinado “valor”, que es de tipo simbólico, pero que es capaz de separar un discurso aceptable de otro que no lo es.

 

Parece que la estructura académica respondiese a una concepción de la autoridad bastante severa, aunque se ha tenido la oportunidad de ver que toda la experiencia de la ilustración ha hecho más que problemático hablar de la autoridad en ciencia (Gadamer, 1991). El destino de las producciones científicas alternativas no puede ser otro entonces que el silencio o la condena como material escandaloso.

 

Esta concepción del poder en la ciencia está siempre atenta para exponer cuando un discurso está dominado por otro, pero su estrategia está sustentada en una indeterminación de lo que se ha de considerar un interés de clase dentro del ámbito académico. Los discursos circulan dentro de una economía, pero las características de dicha economía apenas se intuyen.

 

En este punto se debe reconocer algo a favor de la postura del “buscador de la ciencia malvada”: en ocasiones la actividad de censura puede ser inconsciente para quien la sufre, pues muchos científicos en la manera como argumentan sus temas de interés responden a estrategias ya establecidas por el uso (Bourdieu, 1999). También tendría razón Bourdieu cuando sugiere que los discursos que se presentan a sí mismos como transformadores pueden ser portadores de las mayores estrategias de censura, y se podrían buscar muchos ejemplos de esta contradicción.

 

Por los momentos es conveniente separar la concepción de censura que se ha venido manejando en la presente tesis de estas paradojas de la crítica ideológica. En primer lugar, lo que se ha intentado postular hasta ahora es que la naturaleza del acto político en la ciencia puede ser comprendido si se piensa primero en las limitaciones instrumentales de los lenguajes o teorías científicas. Según este concepto, la censura no sólo responde a un interés económico o simbólico (aunque no se le excluye totalmente), sino que también depende de la expansión que sufren constantemente los conceptos científicos en contra del  propio ideal de la ciencia que intenta congelar tales significados.

 

La censura es la actividad ejercida desde un lenguaje sobre dominios de hechos ya descritos por otros lenguajes, y su existencia depende más de la insuficiencia de tales herramientas que de los intereses egoístas del usuario de los lenguajes. De hecho, la consecuencia que se deriva de este concepto  consiste en que las clases políticas y académicas sólo pueden operar cuando se les otorgan  posturas excluyentes, es decir, teorías con alcances distintos.

 

El otro aspecto en el que difieren las dos concepciones de censura descritas consiste en el momento de la actividad científica que se intenta conocer: mientras el concepto de censura política se interesa en el momento de producción científica, y de cómo los intereses exteriores a la ciencia la determinan, el estudio de la censura como efecto asociado a las limitaciones instrumentales de los lenguajes encuentra un mejor territorio en la transmisión o reproducción del conocimiento.

 

Desde el concepto de censura política se hacen importantes preguntas como ¿la obra de Heidegger es meramente filosófica o responde a los intereses del partido nacional socialista?, ¿Si Heidegger hubiese nacido en Inglaterra, el ambiente filosófico lo habría impulsado a redactar tesis distintas? (Bourdieu, 1999).

 

Quien maneja estos problemas sabe que si otro niega la participación del entorno político o de una especie de “ambiente cultural” en la producción del conocimiento, entonces se ve obligado a defender una tesis tan absurda como la de que el conocimiento científico es totalmente independiente. Por eso el abandono de esta postura sólo puede ser realizado a medias  y por la remisión del concepto de censura a un espacio diferente.

 

La otra concepción de la censura prefiere seccionar las obras y discursos de los autores o de cualquier vocero de una disciplina para encontrar donde compiten entre sí los usos de naturaleza técnica y aquellos que responden a otros fines, bien sea los de constituir una clase política o académica o cualquier otra finalidad no contemplada en los usos científicos.

 

 

 

V El conflicto de las Facultades desde el Concepto de Censura

 

Se han relacionado demasiados argumentos en la comprensión de lo que es la estructura universitaria como institución que resguarda el saber. En este apartado se quiere considerar nuevamente los asuntos relativos al conflicto de las facultades, tal y como éste se introduce en el texto de Kant pero retomando las hipótesis que se han propuesto hasta ahora:

 

En algunos casos existe el poder de un gobierno contrapuesto al de una autoridad académica, y lo que se disputan (aunque para Kant tal cosa no tiene oportunidad de ocurrir) es el derecho a enseñar al pueblo un contenido. En este punto la organización en facultades y la producción de lenguajes técnicos forman parte de un mismo problema.

 

En otros casos lo que interesa es que la ciencia produce nuevas formas de usar un objeto del mundo, modificando los protocolos para hacer que tal cosa se presente y lo que ha de considerarse verdadero de la misma. Este problema, si bien no es ajeno a la doctrina de la Ilustración, está más allá del conflicto de las facultades, al ser un asunto de los objetos particulares de las disciplinas.

 

Un poco más allá se encuentran las casas editoriales, quienes venden el saber y crean en muchos casos lo que una generación considerará un sistema teórico importante o un grupo de ideas que deben ser proscritas. En este caso el descubrimiento del libro como “mercancía” tiene la particularidad de eliminar la apuesta de Kant por una independencia del saber de las autoridades empíricas. El dilema es más importante porque las editoriales tampoco se muestran a sí mismas como autoridades (jurídicas, de estado o de gobierno) aunque se valgan de ellas.

 

Entre los intereses que también condicionan el saber nos encontramos con algo que parece lejano y es la promoción de investigaciones con fines prácticos. Tal control presupuestario afecta a todas las facultades contemporáneas incluso aquellas llamadas “humanistas”, algunas de las cuales son sólo centros de distracción de libres pesadores (Derrida, 1997). 

 

Esta tabla de diagnóstico muestra una diversidad que debía ser reducida por medio del concepto de represión, de una forma muy similar a como antes se argumentaba que todas estas manifestaciones eran asuntos de clase y que podían ser reducidas al concepto de ideología. Ciencia e ideología serían conceptos solidarios y compartirían el mismo destino que toda una generación quería para la sociedad: transformar intereses de clase y diluir las ideologías que las acompañan.

 

No es que tal hipótesis haya sido abandonada totalmente, pero lo que se descubre partiendo de un concepto más cercano a la Psicología como o es el de represión se muestra muy diferente. Ante todo, tanto en la sociedad como en el individuo los sistemas se muestran plurales en cuanto al interés o finalidad, mientras que las estructuras que pueden reprimir también se hacen múltiples. Las cuatro fuentes de represión son sólo ejemplos de lo que se intenta llamar pluralidad de los fines y esta afirmación no quiere dejar ver que la estructura que hacen posible tiene Razón de ser, en el sentido de gozar de una justificación o validez que nos tranquilice contra la crítica a la ideología que se nombró superficialmente.

 

Desde otro punto de vista, la opinión de Derrida sobre El Conflicto de las Facultades es de suma importancia porque nos recuerda que Kant soluciona el conflicto reconociendo la legitimidad de la autoridad y así dota a la estructura de una razón de ser más importante que todo el sistema. (Derrida, 1995)

 

Lo hemos visto: Kant legitima la censura. Racionaliza su necesidad. Construye, como lo hace en otra parte, un esquema de racionalidad pura a priori para justificar un estado de hecho, en realidad, el hecho del Estado. Habría realizado este mismo gesto para justificar la división de la universidad en “clases” superiores e inferiores. Kant justifica, pues con la razón, la censura, la crítica armada en alguna medida, la crítica apoyada en una policía. (Derrida, 1995, p. 96)

 

Kant cree que el bien supremo debe venir de un Dios superior, y que dicho bien a sido entregado por revelación a los padres de la iglesia, pero que estos hombres y los que están por debajo de ellos siguen siendo hombres finitos y por lo tanto falibles. Y es por ésta característica que los hombres desviarán sus propias opiniones en algunos casos del bien supremo y querrán actuar por su cuenta. La posibilidad de la maldad humana hace necesario que exista un grupo de hombres dispuesto a mantener el orden y de esta manera se concluye que la censura es necesaria.

 

Pero el término que se presenta en el ensayo de Derrida Cátedra Vacante para describir lo que le ocurre al saber por la acción de alguna autoridad no es represión como se viene manejando hasta este momento: la imposibilidad de hacer válida una opinión u acción, bien sea de forma escrita o ante la presencia de otros actores de la sociedad. Lo que dice Derrida es que Kant legitima la censura.  (Derrida, 1995)

 

Afortunadamente, tanto Kant como otros autores se han dedicado a diferenciar represión de la censura de manera que no nos quede duda de que se habla de conceptos distintos, aunque emparentados. Para Kant había que relacionar la censura con una crítica que está acompañada de la fuerza (Derrida, 1995). Una crítica viene a limitar el discurso de otro, pero si lo hiciese si estar acompañada de la amenaza de la fuerza, no lograse su cometido. En caso contrario el argumento entre las partes dependería de la posibilidad de que lleguen a acuerdo. En el caso de la censura tal opción de acuerdo no es necesaria, porque la crítica, actuando con la certeza de que su intervención es buena, impone su argumento.

 

Vemos que no es el caso en el que un individuo expresa su opinión bajo un disfraz que no perturbe el buen sentido o la figura del soberano. En este caso la censura es algo que depende de la autoridad con posibilidad de asegurarle a los individuos consecuencias materiales junto con su opinión o recomendación.

 

Ahora bien, la censura que se describe acá se encuentra con una objeción al sistema que la contiene. Al parecer, el autor del Conflicto de las Facultades deseaba que las facultades inferiores, que ya sabemos era la filosofía, también censurasen al poder político en lo referente a como las ciencias han de desarrollarse dentro de las Universidades. Es sumamente interesante esto último porque implica que las facultades inferiores deberían tener un elemento de fuerza a su disposición, pero no es así.

 

La fuerza de la filosofía censurante no existe, pero buena sería la pregunta al respecto si debiese existir. Derrida no nos lo dice, pero deja intuir donde se encuentra el avance que logra El Conflicto de las Facultades. Si decimos que existe un sistema de censura, es posible pensar que dentro de los límites del sistema no se preguntará por qué una regla determinada tiene que ser como es, ya que siempre habrá la posibilidad de que algo no esté bien justificado, que sea un asunto que depende más de la fuerza que de la crítica (Derrida, 1995) Ese asunto no justificado podría ser demostrado por las Facultades inferiores, aunque no tenga posibilidad de hacer valer su opinión con la espada o la tortura.

 

Estas opiniones de Kant pertenecen a lo que podemos llamar no sin razón: arquitectónica, si se piensa que son nociones que facilitan el funcionamiento de las ciencias una vez que estas han estado presentes dentro de la Universidad. Se debe recordar que la arquitectónica es originalmente el arte de los sistemas (Derrida, 1995) y convertir en sistema lo que originalmente funcionaba desordenadamente es lo que le otorga a un grupo de disciplinas el carácter de ciencia. Si el proyecto de Kant sugiere esta nueva manera de facilitar las relaciones entre el poder y la Universidad, es un poco difícil comprender como Derrida quiere hacer ver que sólo consistió en “levantar acta” de un problema de hecho en la administración de la Universidad.

 

¿Este aporte de Kant pertenece a la función cognoscitiva de la ciencia más que a la definición del deber ser? Es posible que sí, y que Kant se preguntase qué es la Universidad. De ser así, su aporte debió modificar los protocolos para hacer que la Universidad se presente (a sí misma) y lo que ha de considerarse verdadero de ella.

 

Después de todo esto, queda un evento señalado tantas veces en el ámbito de la Escuela de Psicología: La necesidad de ajustar la formación de los psicólogos a un mercado. Cabe preguntar si este problema de ventas de la Psicología debe ser enfocado desde la posibilidad de un nuevo conflicto de las facultades. Lo que le da aceptación al argumento es que la pregunta proviene de aquellos que hacen vida universitaria.

 

Vemos que el concepto de represión, y el de censura, que aún no decimos si son equivalentes, sufren un acercamiento a los avatares económicos que impiden que un texto tenga difusión masiva. La lectura de una tesis de grado, por ejemplo, es proporcional a la capacidad de impresión de la universidad donde es presentada. La hipótesis que toma fuerza así, identifica a la represión con una inercia agregada a los materiales intelectuales por los criterios internos a las universidades que consideran “publicable” un trabajo específico (Derrida, 1995).

 

El discurso de La Universidad, como se ha expuesto desde los problemas propios de El Conflicto de Las Facultades, nunca estuvo dirigido por una esperanza de discusión ilimitada, y menos pública. Derrida sabe eso, y sugiere que Kant defiende explícitamente el poder censurante del Estado. El deseo de un espacio ilimitado de discusión llegará después, como un principio contradictorio y productivo de los países democráticos.

 

Esta aspiración de libertad para los discursos, que supone que no existan “límites para los destinatarios y del intercambio en general” (Derrida, 1995, p. 89), le preocupa la “publicidad” de lo escrito, el hecho de que existan lectores o testigos cada vez más numerosos.

 

Un criterio de publicidad que Derrida propone para separar lo que debe ser entendido como represión política y lo que ocurre en el interior de un individuo, es decir, lo que este autor cree que es la censura desde el punto de vista del psicoanálisis:

 

En el sentido estricto que Kant quiere delimitar, la censura usa, ciertamente, la fuerza, y contra un discurso, pero siempre en nombre de otro discurso, según procedimientos legales que suponen un derecho y unas instituciones, unos expertos, unas competencias, unos actos públicos, un gobierno y una razón de Estado. No hay censura privada, aunque la censura reduzca la palabra a su condición ‘privada’. No hablaremos de censura al referirnos a unas operaciones represivas o a una inhibición del discurso privado (menos aún de pensamientos sin discurso) que obligan a maniobras de contrabando, de traducción, de sustitución o de disimulo. No hay censura si no hay dominio público, centralización de tipo estatal (Derrida, 1995, p. 94).

 

Si la censura se ha de ajustar a la existencia de un dominio público, tal vez El Conflicto de las Facultades sea el peor texto para demostrarlo, o aún para decir que Kant comparte dicho criterio. En realidad, como se ha mencionado antes, la defensa que Kant elabora para justificar la publicación de su libro La Religión en los Límites de la Razón se centra en que las personas del pueblo, poco acostumbradas a los discursos técnicos de las academias, no pueden comprender y por ello tampoco tener por verdaderas, las ideas que se produzcan en las universidades.  

 

Decir que Kant daba más importancia a las estrategias de ocultación del discurso y no a la legitimidad de la acción de una autoridad que censura, sería ir contra el problema mismo que éste autor intentaba inaugurar. Pero aún no se ha pensado si el “carácter público de la represión” es el rasgo que más la define y si ésta transparencia nos permite diferenciar lo que hace una autoridad cuando censura a un individuo y lo que sostiene la estructura de la represión desde el punto de vista individual:

 

Cuando Freud recurre a lo que llamaríamos, un poco precipitadamente, la ‘metáfora’ de la censura para describir la operación de la inhibición, esta figura no es más que una figura en la medida en que la ‘censura’ psíquica no pasa, como la censura en un sentido estricto y literal, por la vía pública de las instituciones y del Estado, aunque éste pueda representar un papel fantasmático en la escena. Pero, por otra parte, esta figura es una buena figura en la medida en que apela a un principio de orden, a la razón de una organización central, con sus discursos, sus expertos- guardianes y, sobre todo, sus representantes (Derrida, 1995, p. 94)

 

Cuando se intenta buscar algún elemento que nos permita afirmar que en el texto Freudiano lo que define a la censura en la vida individual es su oposición o contraste con las instituciones, la respuesta no puede ser más que sorpresiva. En este caso se está considerando referencia obligada al texto de Freud en el tema de la represión, aunque comentaristas reconocidos también pueden confirmar este tema (Le Guen, 1992).

 

Para Freud de 1913 a 1917 la “represión” tiene un rasgo “exclusivo” que la define, y este rasgo coincide con la idea de que los materiales inconscientes son sustraídos a la actividad de la conciencia, permitiéndosele que exista en otro sistema, como cuando queda restringido el brazo de un río y se produce un nuevo afluente. En términos de Freud, las representaciones inconscientes crean nuevas relaciones con ideas que antes no estaban presentes en la vida anímica del individuo.

 

Bajo influencia del estudio de las psiconeurosis, que nos descubre los efectos más importantes de la represión, nos inclinaríamos a exagerar su contenido psicológico y a olvidar que no impide que a la representación del instinto perdurar en lo inconsciente, continuar organizándose, crear ramificaciones y establecer relaciones (Freud, 1913, p. 1046).

 

Se nos dice, que la autoridad puede jugar un papel fantasmático en el texto analítico (Derrida, 1995). Se dice sin la precaución de diferenciar si la forma imaginaria es la única existencia que puede tener la autoridad.

 

Lo característico de la autoridad es que prohibe el deseo. Su estructura es la del principio de realidad, cuando pensamos que para Freud la realidad es todo aquello que le dice no al sujeto. Una persona puede invocar al destino cuando no puede obtener un trabajo y tal sentimiento de desamparo ante los avatares del mundo no responden a la figura de un padre, como el delirio del paranoico masculino, en el que el sujeto desconfía de la buena voluntad de todos los hombres. Lo que el sujeto aprende de la cultura es la posibilidad de que el deseo no se lleve a cabo, lo que es mejor entenderlo como una función y no una idea. 

 

La presencia del Estado podría explicarse a partir de las funciones del principio de realidad que limita la vida de los individuos. El respeto al Estado se encuentra a veces tan poco justificado como la invocación a la entidad del destino. Ambos casos, sin embargo, pueden responder a esa asimilación de la negación que los individuos aprenden de las restricciones infantiles.

 

Desde esta interpretación del texto analítico, el valor fantasmático o respeto a la imagen de un padre o a los símbolos de un Estado sólo es un componente de la función de la autoridad, mientras que el valor de la negación sería otro, cuya operación consiste en evitar una acción, aunque la misma no tenga características que la hagan mala en sí. “...no importa mucho si realmente hemos hecho mal o si sólo nos proponemos hacerlo; en ambos casos sólo aparecerá el peligro cuando la autoridad lo haya descubierto, y ésta adoptaría análoga actitud en cualquiera de ambos casos” (Freud, 1930, p. 48). Si la prohibición no proviniese de una realidad exterior, pública, en un sentido más amplio al que Derrida alude,  la prohibición de un acto no podría existir.

 

La represión que le ocurre a los textos, como instituciones sometidas a la influencia pública tendrán la posibilidad de ser sancionados por un Estado y también la posibilidad de estar determinados por una dinámica más amplia. Es imposible afirmar, retomando un ejemplo anterior, que es el Estado el responsable directo de que las tesis de grado de la Universidad Central de Venezuela sean publicadas algún día en un tiraje masivo. El Estado podría participar de este confinamiento en las bibliotecas, sobre todo asignando un bajo presupuesto a la Universidad, pero podrían existir otros factores: El fin de una publicación universitaria no es en primer lugar, alcanzar un lugar donde sea discutida por el más amplio público, y los sistemas de represión que sustentan su circulación dependen de factores pragmáticos al interior de las disciplinas.

 

Cabe preguntar qué tipo de sistema puede privilegiar la discusión pública de un material como principio para los escritos que se producen en el seno de la universidad. Este movimiento no puede ser pasado por alto como si se tratase de una consecuencia lógica de la alta evolución de la imprenta, de los recursos mediáticos como la Internet, o del posicionamiento de los textos como productos a ser vendidos, no depende exclusivamente de ellos. Lo que se pide para los textos es una mayor inclusión en los espacios donde pueden ser discutidos:

 

A través de una red muy diferenciada, incluso contradictoria, la censura que pesa sobre la universidad o que procede de ella (pues la universidad es siempre censurada o censurante), este poder interdictor, se encuentra asociada a otras instancias: otras instituciones de investigación y enseñanza, nacionales o internacionales, el poder editorial, los media, etc. Desde el momento en que un discurso aunque no esté prohibido, no puede encontrar las condiciones para una exposición o una discusión pública ilimitada, se puede hablar por excesivo que esto pueda parecer, de un efecto de censura. (Derrida, 1995, p. 89).

 

Si tal discurso sobre la censura puede parecer excesivo es porque pide que un nuevo concepto sobre la censura sea inaugurado. El hecho de que los discursos no estén prohibidos, que se pida una atención pública que no está sustentada por la tradición de los lenguajes técnicos, hace que se piense que Derrida habla del problema de la censura para discutir algo más amplio: el lugar de donde ha de provenir la legitimidad del saber (pero no lo llama saber sino “discurso”) en las sociedades contemporáneas.

 

Cuando se piensa en una instancia de legitimación es común pensar en los componentes de una república o de alguna forma alternativa de gobierno. Se piensa en el poder legislativo que inviste al presidente de su poder luego de elecciones directas o indirectas. Es muy difícil pensar que los elementos antes mencionados: “instituciones de investigación y enseñanza, nacionales o internacionales, el poder editorial, los media” (Derrida, 1995, p. 89) constituyen verdaderas fuentes de legitimidad.

 

Bajo la tesis de Jean François Lyotard en La Posmodernidad: Explicada a los Niños se entiende que una instancia de legitimación es “el sujeto de una frase normativa” (Lyotard, 1996). Nos enteramos de esa manera que la legitimidad es otorgada a partir de frases. Una frase, por su parte, reúne a un sujeto que la enuncia, un referente o tema del cual trata, y un destinatario, y todos se ven implicados por la frase según los fines para los que ésta sea construida.

La frase: La universidad ha estado cerrada, es descriptiva, porque indica que un sujeto x desea informarle a un sujeto y que por la existencia de algún factor que no se encuentra enunciado en la frase, la Universidad, que es el referente, participó en el pasado de la propiedad de estar cerrada.

 

Las frases que organizan la legitimidad no se organizan de la forma anterior. Tienen la estructura de lo que conocemos como frases prescriptivas: Un sujeto x obliga o autoriza a un sujeto y para que realice una acción. La frase: se ordena a la fuerza policial entrar a la universidad tiene dicha forma.

 

En el ejemplo anterior el sujeto que es el destinatario de la frase puede ser el poder ejecutivo o presidencia de un país, mientras que los destinatarios es claramente la fuerza policial. El referente que enuncia la frase es una acción que debe hacer la policía, y esta es entrar a la universidad.

 

Se puede imaginar una situación donde alguno de los sujetos mencionados anteriormente: por ejemplo una institución de enseñanza extranjera llama a un profesor de nuestra universidad para que dicte alguna clase en el tiempo futuro: “La Universidad de Columbia invita al Doctor X para que asista en calidad de orador a nuestra cátedra sobre enfermedades tropicales”.

 

Esta frase no es del tipo prescriptiva, sino suplicativa. Quien la emite, sin embargo, autoriza al Doctor X para que sea orador. En este caso se le indica al investigador el tema de lo que puede hablar, pero no se le dice cómo exponerlo, acto que queda determinado por sus propias competencias y ciertos esquemas de protocolo. La Universidad corre un riesgo de ésta manera, porque el profesor invitado podría, si detenta autoridad suficiente, modificar las formas tradicionales de exponer el tema o puede cambiar de tema en el momento mismo de su exposición. Se justificará, sin duda, perderá algo de público, o todo el público; pero su exposición tendrá ella misma un carácter independiente, no signado por la autoridad que le permite actuar.

 

Es en este sentido que puede decirse que la Universidad sea censurante o censurada. Si los que son llamados a exponer o discutir tienen ellos mismos posibilidad de fijar el tema, o de enunciarlo de otra manera, dar otra descripción de algún referente.

 

Existe un punto que ha sido dejado de lado en esta revisión del concepto de represión. Pues cabe preguntar, más allá de la diferencia entre represión privada y represión pública, más allá de un concepto fantasmático de la autoridad o de una noción de autoridad entendida como sistema de legitimación, que permite la realización de una acción o la impide, es importante saber si estas nociones de represión no son sino analogías conceptuales.

 

Entre el la organización de la vida anímica en la obra de Freud y la jerga jurídico- política habría una primera analogía, mientras que entre las instancias de legitimación y  la estructura de la frase, en la propuesta de Lyotard  encontraríamos la segunda  analogía. Pero asegurar que estos desplazamientos constituyen el uso de dos analogías diferentes implica que se tienen diferenciados perfectamente lo que es la represión, lo que es la autoridad, lo que pertenece al individuo cuando es víctima de una represión psicológica o lo que es propio del espacio público. La anterior revisión de estos conceptos sólo se limitó a constatar la complejidad del tema.

 

Por otra parte, si estos conceptos de autoridad y represión ocuparan lugares definitivos, todavía restaría saber lo que es una analogía para poder afirmar si comparen todos un esquema analógico. Se puede tomar prestada la discusión sobre representación y analogía de Schiller en sus Cartas sobre la Educación Estética del Hombre. En la carta del 8 de febrero de 1793, Schiller intenta decir que la representación de los objetos del mundo es un acto por el que se le otorga coherencia a una diversidad de características (Schiller, 1793).

 

Esta asignación de coherencia las características diversas de las cosas es una facultad de la razón. En la razón existen las formas propias que deben asignarse a la diversidad para que tengan sentido. La razón, por otro lado, se ocupa de asuntos éticos cuando dice lo que el hombre debe tener como la mejor acción (razón práctica) y también se ocupa de asuntos conceptuales cuando debe decidir el estatus de un nuevo fenómeno a partir de conceptos preestablecidos (razón teórica).

 

Es relevante para esta exposición la llamada razón teórica, porque los objetos que se enumeraron anteriormente no son otra cosa sino conceptos, preestablecidos por una tradición de las ciencias sociales. Es con respecto a esta razón que se cita la noción de analogía: “Nos expresamos entonces con mayor exactitud, si denominamos a aquellas representaciones que no se dan por medio de la razón teórica, y que, sin embargo, concuerdan con su forma, analogías de conceptos...” (Schiller, 1793, p.11).

 

De esta manera, para que un concepto sea considerado analógico, debe existir un banco natural de conceptos con el cual compararlo, y dicho grupo de conceptos que han sido seleccionados como medida deben tener la propiedad de ser verdaderos. Cuando un nuevo objeto o concepto se hace verdadero por un parecido con la manera como operan los conceptos verdaderos que descansan en la razón teórica, entonces podemos hablar de analogía. Tal parecido, sin embargo, no le otorga al nuevo concepto toda la presunción de verdad que comparten los conceptos de la razón teórica, sino que permanecen como conceptos de segunda mano.

 

En una cita a Kant, desde el mismo texto de Schiller, se nos dice que las Analoga tienen un carácter regulador y no constitutivo de los conceptos o acciones. La analogía, entonces permite tener una comprensión regulada de un concepto x por la manera en la que se comporta un concepto y, pero manteniendo muy claro que x no comparte todas las propiedades de y. Un ejemplo de analogía es la explicación del cerebro humano por medio de términos computacionales, siempre  cuando el investigador plantee un estatus diferente para el cerebro y crea que la coincidencia entre ambos objetos no es de equivalencia.