Susurros Femeninos:                                                                                                                    Apuntes sobre histeria y compromiso amoroso.

(Texto leído en las III Jornadas Ucevistas de Investigación de Género y en las II Jornadas Universitarias sobre Diversidad Sexual, Universidad Central de Venezuela, 2004)

 Por:

Gabriela Malaguera

A (con) Giovanna  y Gioconda,

 por el recorrido antes de esta llegada

 

I. Scheherezade.

 

Fue un acto de gran valentía que Scheherezade aceptara vivir aquello que vivió: hija del visir del sultán Schariar, pudo haber escogido huir de la venganza misógina de este último, quien no contento con haber degollado a su esposa luego de presenciar su infidelidad, decidió casarse cada noche con una mujer y asesinarla al día siguiente.

 

Scheherezade resolvió no hacer caso a su padre, quien le pedía no exponerse a aquel peligroso sultán poseído por semejante pasión mortífera. “Por Alá, padre, cásame con el rey, porque si no me mata seré la causa del rescate de las hijas de los musulmanes”[1], dijo Scheherezade al visir. Éste, con resignación, finalmente acepta y lleva a su hija ante el sultán. Scheherezade, mujer inteligente y elocuente, echa mano de una treta muy femenina: la de asegurar la complicidad de otra mujer para lograr sus objetivos.

 

Doniazade, su hermana menor, recibe de Scheherezade la instrucción de ir al palacio y pedirle a la recién casada contar alguna historia maravillosa delante del sultán Schariar. Y así ocurrió. La nueva reina comenzó aquella primera noche sus relatos y, cuando el amanecer hacía su entrada, Scheherezade callaba muy discretamente mientras su hermana le seguía el juego, preguntando sobre el por qué de su silencio y alabando sus narraciones. Scheherezade respondió usando más o menos las mismas palabras, desde ese momento y durante mil y un nuevo amaneceres más. Decía: “pues nada son comparadas con lo que os podría contar la noche próxima, si vivo todavía y el rey quiere conservarme”. Schariar, maravillado, le perdonó la vida noche tras noche para poder continuar disfrutando de cada historia. Finalmente decide terminar para siempre con la fatal sentencia a la que había condenado a todas las hijas de Alá, gracias a la habilidad de Scherezade para “hilar”[2] las palabras, pero también a su tino para saber callar en el momento preciso.

 

II. Dora.

 

Fue un acto de gran valentía que Dora se rebelara contra aquello que estaba viviendo: hija de una de las familias más acomodadas de la Viena de Freud, pudo haber aceptado sin chistar lo que la cultura, de su tiempo y del nuestro, le imponía como Ideal del Yo Mujer: concentrar, como decía Freud, “todos sus intereses en el gobierno del hogar, ofreciendo una imagen completa de aquello que podemos calificar de ‘psicosis del ama de casa’ [y pasar el día] velando por la limpieza de las habitaciones, los muebles y los utensilios con una exageración tal que [haría] casi imposible servirse de ellos”[3].

 

Dora opuso resistencia a la terapia, mas finalmente hizo caso a la preocupación de su familia y sobre todo de su padre, a quien ella quería profundamente, y decidió acudir a analizarse con Freud. La muchacha de dieciocho años había despertado la alarma entre los suyos al observársele deprimida y harta de la vida, sentimientos que plasmó en una carta que provocó la consternación del padre. Este episodio, y un posterior acceso de inconsciencia, marcaron su entrada al tratamiento.

 

Los encuentros clínicos entre Freud y Dora se prolongaron sólo durante tres meses. En este tiempo, Dora contó su historia: narró algunos acontecimientos de su vida que permitieron entender un poco las razones por las cuales tenía un cuerpo lleno de síntomas. Freud reseña que Dora presentaba “todas las características de una petite hystérie con los síntomas somáticos y psíquicos más vulgares: disnea, tos nerviosa, afonía, jaquecas, depresión de ánimo, excitabilidad histérica y un pretendido taedium vitae[4]. El cuerpo de Dora protestaba contra un destino femenino que se le imponía, un destino pesado y prácticamente inevitable.

 

Dora le contó a Freud acerca de la relación que mantenía su familia, en especial su padre, con la familia K. Habló acerca de la gran amistad que la unía a ella con la Sra. K., a quien profesaba una profunda admiración y cariño. Pero también dio cuenta de grandes quejas contra el Sr. K.: en algunas ocasiones, éste se había acercado a la muchacha de una forma que ella consideraba inapropiada. Una vez, cuando Dora tenía catorce años, el Sr. K. “la estrechó entre sus brazos y le dio un beso en la boca. Esta situación así era apropiada para provocar en una muchacha virgen [...] una clara sensación de excitación sexual. Pero Dora sintió en aquel momento una violenta repugnancia; se desprendió de los brazos de K. y salió corriendo a la calle [...]”[5].

 

Este relato de Dora lleva a Freud a no dudar ya más en diagnosticarla como histérica. Pero la definición freudiana sobre la histeria es una que, por implicación, concibe a las personas, hombres y mujeres, como seres que normalmente deben estar siempre a disposición del deseo del otro; de no ser así, están enfermos/as. Dice Freud: “ante toda persona que en una ocasión favorable a la excitación sexual desarrolla predominantemente o exclusivamente sensaciones de repugnancia, no vacilaré ni un momento en diagnosticar una histeria, existan o no síntomas somáticos”[6].

 

En el caso de Dora, una de las representaciones del deseo del otro es el deseo del Sr. K., un hombre casado y bastante mayor para ella, quien podía ser su hija y apenas estaba comenzando a entender lo que significaba ser una mujer. Existía una estrecha relación entre este deseo y el deseo del padre de Dora por la Sra. K.: a ambos se oponía la muchacha, siendo esta rebeldía revelada a Freud a medida que transcurría el análisis. Todo esto generaba en Dora un gran malestar, tanto que su amargura se acentuaba cuando pensaba en el hecho de que su padre la estaba entregando al Sr. K. para que éste callara frente a la infidelidad de su mujer. “En realidad, cada uno de aquellos hombres evitaba cuidadosamente deducir de la conducta del otro aquellas conclusiones que podían estorbar la satisfacción de sus propios deseos”[7], en una suerte de pacto masculino cuyo objetivo final era el intercambio de mujeres.

 

A medida que transcurre el caso, nos damos cuenta de que Dora estaba expresando su indignación frente a dos situaciones insostenibles para ella. En primer lugar, no podía comprender que el Sr. K. menospreciara a su mujer tal y como lo hacía. Para la muchacha, la Sra. K. constituía el Ideal del Yo Mujer que ella realmente estaba dispuesta a aceptar como modelo, tratando de apartar de sí el ideal tradicional, el ofrecido por su madre. “La Sra. K. personificaba otro ideal, deseada y apreciada por su padre, tolerada en su doble vida por su marido; madre y enfermera devota del hombre amado; poseedora de un ‘saber sexual’ que compartía con Dora, a quien hacía su confidente y amiga. En este acto la Sra. K. introducía a Dora en el mundo de los adultos, de la mujer en tanto tal. Si algo Dora deseaba era esta formación que no podía recibir de su madre. ¿Qué sienten las mujeres, qué viven las mujeres en relación a los hombres?”[8]

 

En segundo lugar había una gran herida narcisista en Dora, quien con respecto al Sr. K. y al resto de los hombres se iba quedando sin garantías de que en un futuro ella no sería considerada también como una nada[9]; Dora sentía cerca la posibilidad de que ella también fuera víctima del menosprecio masculino. Una suerte triste para cualquier mujer, para cualquier persona.

 

Este sentimiento de Dora que ahora exponemos es sólo una posibilidad que halla sólido fundamento en algunas valiosas teorías feministas de finales del siglo XX. Porque, tal y como indica Lacan, “de lo que ella es, Dora no puede decir nada. Dora no sabe dónde situarse, ni dónde está, ni para qué sirve el amor. Sabe tan sólo que el amor existe, y halla una historización del amor en la que encuentra su propio lugar bajo la forma de una pregunta [...]. Total, si Dora se expresa como lo hace, a través de sus síntomas, es porque se pregunta qué es ser mujer”[10].

 

Dora le habló a Freud, pero no lo dijo todo: en cierto momento calla y sale del consultorio para no regresar sino en un buen tiempo a visitarlo, aunque nunca más a analizarse con el médico vienés. Lo que ha venido después de ese 31 de diciembre de 1900, día en el cual terminan las sesiones clínicas entre Freud y Dora, son interpretaciones acerca de lo que ella realmente deseaba. Su historia, pero también su silencio, han despertado en muchos/as de nosotros/as una gran admiración y el deseo de saber sobre su deseo, el cual era convertirse en una mujer deseante, lejos de permanecer simplemente a merced del deseo de los otros.

 

III. La mujer deseante.

 

Es un gran acto de valentía que algunas mujeres de hoy reivindiquemos y apostemos por la forma histérica como un camino de protesta contra la cultura patriarcal. No porque necesariamente seamos histéricas en cuanto a estructura de personalidad, sino porque hemos aprendido, con Dora y sus síntomas como significantes del malestar femenino, que nuestra socialización como niñas, adolescentes y mujeres está plagada de mensajes que nos convierten en un género valorado de forma distinta a como se valora al género masculino. Con la histeria las mujeres nos reivindicamos como seres humanos, en contra de ser consideradas simplemente como seres que valemos por un cuerpo.

 

Como señala Emilce Dio Bleichmar, “la niña entra al Edipo devaluada en tanto género y paso a paso recibirá a través de los fantasmas materno y paterno los mandatos contradictorios sobre su sexualidad y los destinos posibles en tanto mujer. Debe formarse y proponerse como objeto de deseo y, para su logro, desarrollar con mayor o menor sofisticación las artes de la gracia y la seducción. El cuerpo, la belleza, la perfección de lo ofrecido a la mirada, no puede soslayarse para incorporarse así a las formas vigentes que despiertan la admiración y el deseo del hombre”[11].

 

Objeto del deseo del hombre. Tal es el destino que signa nuestras vidas desde antes de que podamos tener conciencia del mundo. Justamente contra este destino luchó Dora, siguiendo la interpretación feminista. Contra ser consideradas sólo como un cuerpo-para-tener-sexo también lucharon otras mujeres histéricas, y luchan todavía hoy. La lucha cobra mayor sentido porque existe una gran contradicción cultural. Somos incitadas a sentirnos realmente completas si logramos satisfacer el deseo masculino con el ejercicio de nuestra sexualidad, pero al mismo tiempo somos penalizadas por ello: la deshonra recae sobre la mujer que decide tener relaciones sexuales, aun cuando se sitúe en el lugar de objeto[12].

 

Las reivindicaciones feministas se nutren grandemente de este rasgo histérico, el de la protesta, la rebeldía frente a lo que se impone como único modo de ser para las mujeres: ocupar sólo el lugar de ser deseadas, pero nunca el lugar de ser deseantes. Ya dijimos que contra esto se quejaba Dora. Y las mujeres heterosexuales que también nos quejamos frente a este Ideal del Yo corremos el riesgo de la pérdida del objeto amoroso siempre que expresamos abiertamente nuestro desacuerdo con ciertos parámetros culturales.

 

Existe un punto de honor muy específico en todo esto; pareciera que, dependiendo de cómo las mujeres lidiemos con ese aspecto clave, nuestra soledad amorosa y cultural aumentará o disminuirá. Ese punto es, precisamente, la forma de protesta que se juega en el ser capaces de asumirnos “como [sujetos] de deseo y situar en [nuestro] fantasma al hombre como objeto causa del mismo”[13]. Más simplemente, se trata de la situación en la cual las mujeres vamos contra lo esperado y nos atrevemos a decirle a los hombres, antes de que ellos lo hagan primero: “yo te quiero a ti, te quiero ahora y para mí”.

 

Si hay algo que el feminismo ha tratado de reivindicar durante buena parte de su existencia es el hecho de que las mujeres podamos vivir nuestra sexualidad tomando la iniciativa sobre lo que deseamos. En este sentido, algunas mujeres sentimos que es absolutamente natural ir en pos de lo que nos piden las ganas, lo cual puede tratarse de cosas como el amor, el sexo, la compañía, en fin, todo aquello que en diferentes momentos de nuestra vida nos haga falta con relación a los hombres. Esta es una importante consecuencia del feminismo, una huella que a veces no percibimos en toda su dimensión, pero que está allí, en nuestras experiencias cotidianas, en nuestras relaciones amorosas, en lo más íntimo de nuestra sexualidad. Hoy algunas mujeres nos subjetivamos como capaces de ser deseantes, pero el miedo a la soledad nos juega una mala pasada en cuanto intentamos pensar: ¿cuántos hombres estarán realmente dispuestos a dejarse desear, a ser objeto del deseo femenino?

 

Esta huella da lugar a un aspecto problemático dentro de las relaciones afectivas, amorosas y/o sexuales entre los géneros: ¿cómo hacer para que estas mujeres deseantes de hoy podamos tender puentes amorosos hacia estos hombres que huyen de la idea de convertirse en objeto? ¿Cómo hacer posibles las relaciones amorosas entre mujeres probablemente diferentes y hombres que probablemente siguen siendo los mismos?

 

IV. El hombre apabullado.

 

Quiero cerrar este intento con un acto de valentía propio, porque hay que ser valiente para no sentir que estoy traicionando lo que soy con lo que voy a decir. Definitivamente, es muy difícil tener que poner a fuego lento aquello que ha sido orgullo de nosotras, las inconformes, sobre todo las de generaciones más nuevas. Eso que hay que entibiar en este momento es la espontánea y abierta expresión del deseo, la palabra deseante. Hay que velar la palabra deseante, no desaparecerla, no sepultarla, sólo quizá ponerla en susurros. Y, con esta palabra velada, invitar a nuestros hombres a que eleven su voz y a que digan qué piensan de nosotras ahora que somos diferentes, qué sienten con nosotras.

 

Estoy hablando en el plano subjetivo, en el plano íntimo de las relaciones. No se trata de descuidar ahora nuestras reivindicaciones políticas, no es eso lo que sugiero; más bien creo que la protesta en este sentido es necesaria hoy más que nunca. Sólo se trata de apostar, en el plano amoroso, por “pedir la voz al otro y escucharla con atención [para que así] el decir se [amplíe] para todos”[14].

 

En este sentido, es preciso comenzar a oír las voces masculinas que por allí están hablando, sobre todo hoy con los estudios emergentes sobre la construcción de la masculinidad.  Sabemos que el divorcio entre lo masculino y lo afectivo constituye una brecha difícilmente franqueable, tanto que los hombres suelen dejar que las mujeres elaboren las explicaciones que tengan lugar acerca de la vida emocional masculina en la cotidianidad. Y de lo cotidiano esto ha pasado a lo teórico: el feminismo se ha hecho cargo de explicar con distintas versiones el sentir de los hombres, y con ese “dar cuenta” de dichas experiencias masculinas ha convertido a los hombres en un verdadero enigma, tal y como lo era la mujer para Freud[15]. Dicho enigma se implanta más que nunca en este comienzo de siglo: pareciera que los hombres supieran menos que las mujeres acerca de sus propias experiencias[16]. Nosotras no sabemos exactamente qué es lo que sienten, pero hablamos y hablamos sobre ellos, y simplemente suponemos que les gusta escuchar que los deseamos, que les es fácil convertirse en nuestro objeto de deseo. Y parece que los hombres tienen miedo de esto.

 

Probablemente, y tal como apunta Víctor Seidler, “es el miedo a que la madre dominante esté a punto de abrumar al hijo, y le quite su potencia. Aunque esto no forma parte de la intención feminista, a menudo ha sido la consecuencia involuntaria de un cuestionamiento feminista que ha dejado a muchos hombres con la sensación de ‘no saber quiénes son’ o ‘sintiéndose ineptos con quienes son como hombres’ o sintiendo, en el contexto de sus relaciones, que sus parejas ‘saben más’. Esto tiende a hacer que los hombres se muestren a la defensiva, rígidos y tiesos en vez de proporcionarles un medio para algún tipo de cambio significativo. [...] Suelen sentirse amenazados, se retiran en un silencio huraño o actúan con violencia”[17]

 

Así como un día las mujeres nos hartamos de la subordinación y decidimos ser valientes, histerizarnos y protestar, así parece que los hombres de hoy se están hartando también. Dora protestó con síntomas; los hombres histéricos protestan, como plantea Dio Bleichmar[18], con el donjuanismo: “me opongo a ser de una sola mujer, no me comprometo con ninguna”, dicen, ante esa sensación de apabullamiento que también es una huella del feminismo, querámoslo o no, tal y como lo es la mujer deseante.

 

Por eso invito a bajar un poco la voz, sólo un poco, quizá sólo un rato. Y a escucharlos, aunque a ellos les cueste hablar de lo que sienten, aunque apenas estén hoy articulando un lenguaje emocional para hacerse responsables de sí mismos, de sus masculinidades. Tregua, porque sigo apostando por el compromiso amoroso, que va siendo cada vez más difícil aunque, sin duda alguna y como diría Rubén Darío, “la vida se soporta, tan doliente y tan corta, solamente por eso; roce, mordisco o beso en ese pan divino para el cual nuestra sangre es nuestro vino”[19].

 

Dora hizo síntoma, y con ello también hizo protesta; el síntoma es, como dice Lacan, un elemento significante, “porque por debajo corre un significado en perpetuo movimiento”[20]. De nuevo, ella no lo dijo todo, y al mismo tiempo dijo mucho. Dora deseó, incluso en el silencio deseó. Hagamos que nuestro susurro se convierta en eso que deja correr por debajo la apuesta por el encuentro amoroso entre hombres y mujeres. Juguemos con el ser sujetos y objetos del deseo al mismo tiempo. Hagamos mimesis, forma maravillosa de la histeria. Hagamos un poco de silencio y, también con Scheherezade, despertemos el deseo del sultán y rescatemos a nuestras inconformes hijas de Alá ya no de la muerte, pero sí de la soledad.

                   

 


 


[1] Todas las citas del cuento “Las mil y una noches” son tomadas de la siguiente dirección electónica: http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/LiteraturaAsiatica/lasmilyunanoches/comienzo.asp

[2] Aludo al epígrafe de Freud que Emilce Dio Bleichmar coloca al principio de su ensayo “Deshilando el enigma” [en Lamas, M. y Frida Saal. (1991). La bella (in)diferencia. México, Siglo XXI]: “Se cree que las mujeres no han contribuido sino muy poco a los descubrimientos e inventos de la historia de la civilización, pero quizá sí han descubierto, por lo menos, una técnica: la de tejer e hilar”.

[3] Freud, S. (1925). Análisis fragmentario de una histeria (Caso Dora). En Obras Completas, Tomo III (1900-1905). Biblioteca Nueva. P. 941.

[4] Idem, p. 944.

[5] Idem, p. 946.

[6] Idem, p 947.

[7] Idem, p. 950.

[8] Dio Bleichmar, E. (1985). El feminismo espontáneo de la histeria. Estudio de los trastornos narcisistas de la feminidad. México: Fontamara 79. P. 204.

[9] Dio Bleichmar, op. cit.

[10] Lacan, J. (1957). Seminario 4: La relación de objeto. Clase 8: Dora y la joven homosexual. CDROM.

[11] Dio Bleichmar, E. Deshilando el enigma. En Lamas, M. y Frida Saal. (1991). La bella (in)diferencia. México, Siglo XXI, p. 109.

[12] Dio Bleichmar, op. cit., p. 110.

[13] Dio Bleichmar, op. cit. P 110.

[14] Matamoro, Blas. En Lamas, M. y Frida Saal (1991). La bella (in)diferencia. México: Siglo XXI. P. 88.

[15] Burin, M. Construcción de la subjetividad masculina. En Burin, M. e Irene Meler (2000). Varones. Género y subjetividad masculina. Buenos Aires: Paidós.

[16] Seidler, V. (2000). La sinrazón masculina. Masculinidad y teoría social. México: Paidós.

[17] Seidler, V., op. cit., p. 174.

[18] Dio Bleichmar, E. (1985). El feminismo espontáneo de la histeria. Estudio de los trastornos narcisistas de la feminidad. México: Fontamara 79.

[19] Rubén Darío, en Hernández, M. (1997). Una mirada al amor desde la psicología social. Revista Avepso, XX, 2, p.p. 47-58.

[20] Lacan, J. (1957). Seminario 4: La relación de objeto. Clase 8: Dora y la joven homosexual. CDROM.