Vicente Ulive-Schnell

vulive@softhome.net1

 

“Los que no hacen más que responder preguntas o cliquear en iconos están perdidos”.

Umberto Eco

I

A veces veo al hombre “moderno” y me pregunto si verdaderamente la ‘evolución’, el ‘progreso’, o alguno de los demás términos que se nos atribuyen han pasado por nuestra gloriosa especie. “Gloriosa”: porque eso sí somos, logramos poner a un hombre en la luna, logramos controlar las impertinencias de la naturaleza (bueno, al menos en algunos casos), hallamos la cura a diversas enfermedades, ¿no son éstos síntomas de nuestro increíble progreso?

 

Sin embargo, cuando veo los beneficios del cibermundo que se nos vuelca encima con estrepitosa velocidad y sin posiblidad de cuestionamiento, la imagen de los embelesados cibernautas que se regodean en los ‘avances’ del ciberespacio se me asemeja más a la de los seguidores de Forrest Gump en la película de igual nombre, que a la de los izquierdosos subvertidores del sistema de ‘The Matrix’. Hay una escena en ‘Forrest Gump’ en la cual el personaje principal comienza a correr sin dirección, rumbo o motivo explícito, y al cabo de poco tiempo aparecen una gran cantidad de seguidores que corren tras de él. Así me represento la relación entre el hombre y el ciberespacio: tenemos que correr, no importa que no entiendas el porqué ni hacia dónde, lo importante es que corras.

 

De todos modos, la reflexión no cuenta, el cibermundo ha llegado para quedarse y la pregunta radica en si te embarcas o no en el peñero. Quiero diferir esta pregunta para lograr asomar algunos de los puntos que creo necesario tener en cuenta para el desarrollo de una psicología del cibermundo (o de los cibernautas).

 

Indudablemente, las relaciones humanas están cambiando a velocidades vertiginosas. En el año 1998, la facturación total de transacciones económicas en la red reportó la increíble cifra de mil millones de dólares. En 1999, esa cifra había ascendido a la bicoca de 1.600 millones2. Desde el punto de vista gerencial, este ascenso significa un gran júbilo para los administradores y comerciantes, pues no sólo representa un aumento en el ingreso de las cadenas comerciales sino una mayor democratización de la internet, que ahora amplía su radio de acción y satisface mercados más lejanos. Una lectura ingenua puede llevarnos a esa conclusión, pero la realidad es otra. De cada dólar invertido en internet, 80 centavos son destinados a cibersexo y pornografía. Vale decir que la imagen del consumidor que navega en busca de artículos necesarios y útiles y agradece la democratización de la internet se ve desplazada por la del onanista nocturno que se adhiere a la pantalla y babea el teclado en busca de fotos de su modelo preferida. Esta conclusión no es nada radical, se sostiene sobre la misma premisa que en los años cincuenta abrazó la aparición de la televisión como la ‘democratización’ del buen cine, suponiendo que ahora todos los televidentes disfrutarían de clásicos como El ciudadano Kane o El acorazado Potemkin, sin saber que pocos años después el telespectador quedaría reducido a las torturas de mal gusto de programas como Sábado Gigante o Televisión real.

 

Sin embargo, la ilusión democrática de la Internet presenta como pilar fundamental la premisa de la proliferación de posibilidades. Se supone que el consumidor ‘elige’ las páginas a las cuales accede; que éstas sean la última foto de Salma Hayek en la playa o el museo Picasso en París corre por cuenta del usuario. Se supone que la red no regula. Simplemente ofrece. Esta ilusión óptica es la que pretendo atacar.

                                                   

II

El sistema regulatorio que alimenta la neo-sociedad virtual es el principio físico más básico: el control del tiempo y del espacio. Con la reducción de las distancias y la casi inexistencia del tiempo entre la oferta y la demanda, el sujeto virtual se encuentra sobresaturado de información, la cual más que ofrecérsele al internauta lo conmina a que elija un radio de acción y no otro3. Es la penetración del espacio privado por los tentáculos de la publicidad, que ahora llegan al sujeto hasta en los sitios más recónditos. Pero la aceleración de las velocidades no se da exclusivamente en la relación internauta-horas de ocio en internet. La economía mundial se ve afectada e impulsada a una dinámica increíble, pues cada vez más la economía empresarial se ve ligada a la economía global.

 

“El estrés de los trabajadores bajo prácticas japonesas de producción racionalizada [estimada sobre el nivel más óptimo] ha alcanzado casi niveles de epidemia en el propio Japón. El problema se ha hecho tan grave que el gobierno japonés ha acuñado un término, Karoshi, para explicar las patologías de la nueva enfermedad relacionada con la cadena de producción. (...) El Karoshi se define como una situación en la que las prácticas laborales psicológicamente nocivas son permitidas hasta llegar a extremos que trastornan el ritmo normal de vida y trabajo del obrero (...)”4.

 

El tiempo es más que dinero, es plusvalía. Al igual que los indios mineros de Bolivia, los trabajadores modernos deben exponerse al Karoshi (gran logro del progreso humano) para ser insertados en las empresas, aunque ello signifique un detrimento en su forma de vida5. Incluso en una empresa norteamericana, el estrés generado por la falta de contacto con los compañeros de trabajo (ya que todos laboraban en casa) causaba estragos en los ejecutivos de la compañía, pero felizmente se superó tal problema insertando una hora semanal de Chat Room en la cual todos los empleados se conseguían en un cuarto virtual para charlar y ‘socializar’6.

 

El mundo moderno, el cibermundo, es un espacio donde el Tiempo juega un papel rector fundamental. Uno de los restaurantes más famosos del Japón triunfa ya que no cobra por cantidad ni calidad de la comida servida, sino por el tiempo que el sujeto haya pasado en el local. El éxito del sitio es tal que las personas hacen largas colas para entrar y comer lo más rápido que puedan7.

 

III

¿Cómo puede fungir el tiempo como ente rector? ¿Cómo puede amenazar la reducción de espacio y tiempo a la democracia y a la elección? Aparte de la histórica imbricación existente entre estos factores y el poder (control de territorios, mensajes, omnipresencia), hay una estrecha relación entre el progreso de la velocidad y la capacidad de control a través de la omnividencia.

“La tiranía del tiempo no está muy alejada de la tiranía clásica, porque tiende a liquidar la reflexión en beneficio de una actividad refleja. La democracia es solidaria, no solitaria, y el hombre precisa reflexionar antes de actuar. El tiempo y el presente mundial y total exigen del telespectador un reflejo que implica claramente manipulación. La democracia está amenazada en su temporalidad puesto que la espera de un juicio tiende a suprimirse. (...) La democracia live vacía esta decisión en beneficio de un reflejo. Es el rating que reemplaza la elección. El sondeo es la elección del futuro, es la democracia virtual para una sociedad virtual”8.

 

El cibernauta no elige. Surfea la ola de la estadística para arribar al malecón del site más cool. Debemos asumir que la biblioteca de Babel que nos vendieron como premisa de la red virtual era una farsa que ha quedado desplazada por acciones concretas irreflexivas como la compra de 500 mil ejemplares de la última novela de Stephen King en las primeras dos horas que apareció en la red9. La lógica del pensamiento sin ataduras es sustituida por el clickeo obsesivo del dedo índice. Lo que hace una década o dos parecía la más descabellada fantasía orwelliana se torna tan real que hasta nos asusta. La nueva historia de la humanidad virtual incluso cuenta con un embarazo ciberespacial, eso sí, de hacerse tediosos los nueve meses de espera siempre éramos ‘libres’ de clickear para arribar a cualquier página siguiente.

 

IV

No quiero afirmar que la internet deba ser exterminada. Al igual que Virilio o Rifkin, creo que debemos estar al tanto de que la ilusión de ‘democracia’ o ‘elección’ que ofrece la internet no es tal, y que siempre debe haber espacio para la reflexión y el pensamiento. Creo que ‘hay que inventar una divergencia’10 para distanciarnos del avasallamiento temporal. Como psicólogos, pero sobre todo como seres humanos, debemos estar conscientes de los problemas que se nos avecinan a través de la ciber-diversificación de todo. Tanto en el consultorio, ante el síndrome de Karoshi, como en nuestro hogares navegando en la red, el filo reflexivo no puede perderse ante esta virtualización11. La constante divergencia del ‘progreso’ humano y la evaluación de las consecuencias inesperadas de nuestro decurso histórico son probablemente las herramientas más confiables con las que cuenta el psicólogo. Por supuesto, no es tarea fácil e implica la pérdida de tiempo en el sentido virtual. La otra opción es lanzarnos a la carnicería psicológica, y fundar el primer consultorio virtual o manipular estos problemas para vender soluciones más rápidas a nuestros coetáneos de la especie. Eso está muy bien siempre que queramos ser el próximo Ricky Martin de la Psicología. Sin embargo, ese trabajo está más que ocupado por nuestros éticos ‘colegas’ que infestan los medios de comunicación con columnas de consejoterapia y pastichos consultivos en la televisión que se basan en los ratings del último grito de la moda new age. Pero claro, hay de todo en esta internet de Dios.

Vicente Ulive-Schnell

vulive@softhome.net1

Referencias y comentarios

1 Paradójicamente, para seguir reflexionando en la red.

2 Fuente: Periódico Brecha, 14 de Enero del 2000, p. 12.

3 Fuente: Periódico Brecha, 28 de Enero del 2000, p. 22.

4 Dicho control temporal se ha extrapolado a la pérdida de culturas individuales. Se afirma un tanto radicalmente en un periódico local: “la condición postmoderna en música está mostrando en cambio su verdadero interés de controlar y filtrar (a distancia) los bienes culturales de los países no desarrollados, para descontextualizar a través del techno y del pop digital los lenguajes musicales dependientes de sus contextos”. (Coifman, D. "Música y Postmodernidad". En: El Nacional, 20 de Mayo del 2000, cuerpo C-8). Repito, es un tanto osado y manopeludesco atribuir tales magnitudes de control a la internet. Limitémonos a explorar sus consecuencias y no a señalar culpables.

5 Rifkin, J. (1996). El Fin del Trabajo. Barcelona: Paidós, p. 224.

6 El síndrome de Karoshi no debe ser visto como una aberración o error evolutivo de nuestra genial raza. Como bien señala Luis Britto García: “En una economía industrial racionalmente planeada, en la que se produjera para satisfacer las necesidades reales de la sociedad, se podrían aminorar estos requerimientos de la disciplina; reducir los períodos de trabajo o ajustar el mismo a condiciones más humanas. Pero en la economía cuyo objeto es la ganancia, el imperativo de la disciplina industrial sobre el trabajador y el administrador deben seguir ad infinitum”. Y ya hemos dicho cual es el final de ese ad infinitum. Ahora resulta que las naciones más desarrolladas son las que irrespetan más salvajemente a sus propios trabajadores. Puede ser que finalmente seamos todos iguales, o sea, igual de explotados, igual de karoshizados en cualquier lugar del planeta para que la especie pueda seguir avanzando y produciendo porquerías inservibles como el abdomenizer o la almohada anatómica. Para la cita, ver: Britto García, L. (1991). El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad. Caracas: Nueva Sociedad, p. 81.

6 Otro tanto apunta Galeano: “en Japón el karoshi, el exceso de trabajo, está matando diez mil personas por año”. Galeano, E. (1998). Patas arriba: la escuela del mundo al revés. México: Siglo XXI, p. 175. La referencia al Chat Room proviene de Rifkin, antes citado.

7 Gleick, J. (1999). Faster. New York: Pantheon Books.

8 Virilio, P. (1997). Cibermundo, ¿una política suicida? España: Dolmen, p. 110.

9 Revista Time, encartada en El Nacional, Viernes 24 de Marzo del 2000.

10 Virilio, P. Op. cit.

11 Probablemente me equivoque. Probablemente los venezolanos no estamos destinados a pensar, sino a repetir y tecnologizar. Bien afirmaba Garmendia hace décadas: “En las ciudades venezolanas prospera una atolondrada clase media con altos sueldos, que se atiborra de objetos inservibles, vive aturdida por la publicidad y profesa la imbecilidad y el mal gusto en forma estridente”. Que poco han cambiado las cosas en más de treinta años. Ver: Garmendia, S. (1971). citado por: Galeano, E. Las venas abiertas de América Latina. Buenos Aires: Siglo XXI.