Fixus.

 

Por:

Charlene Cabral

 

Quince minutos y la mujer fumó cuatro cigarros ahogados en el café.

Dos horas dormidas y el anciano no consiguió soñar.

Cuarenta y dos segundos y el atropellado perdió la mitad de su sangre.

Un año de exilio narrado en tres minutos por el poeta.

 

Tiempo que anda. Tiempo que está parado. Tiempo que se constituye como dimensión. Tiempo que es invento incompleto y no puede ser la medida de todas las cosas. Tiempo que nos confunde, que nos aburre o agobia, tiempo que pasa.

 

Paso que es solamente mío o solamente tuyo, que la naturaleza conoce muy bien sin necesitar de relojes. Tiempo que no sabe de si, pero que es absoluto.

 

Tiempo en milésimas, segundos, minutos, horas, días, meses, años, siglos, milenios, eras. Tiempo que no cabe en períodos.

 

Tiempo que sufre y es sufrido. Que afecta todo y es afectado. Tiempo que hace nacer y morir. Tiempo irreversible. Tiempo que condiciona la cuarta dimensión – de la omnipresencia del tiempo.

 

Tiempo que se intercala al espacio y es contado por lo que se mueve. Tiempo de planetas que giran, tiempo de soles que iluminan, tiempo de órbitas y fases de lunas.

 

Tiempo que se mueve y no siempre lo vemos. Tiempo que tarda para moverse y que lo juzgamos como parado. Movimiento del estático. Ausencia de inmovilidad.

 

Esas imágenes son retratos de ese tiempo. Tiempo de una cámara que dispara en fracciones de segundos. Tiempo de una luz que ha sido fijada para otro tiempo. Tiempo eterno forjado, de un objeto aparentemente inmóvil en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera. Tiempo de algo que ha podido parecer que sería fijo para siempre, pero que no fue, no es.

 

Tiempo paradójico.

 

Fotografías de un tiempo cualquiera que es, como todos, un tiempo precioso y (in) finito.

 

Imágenes paradas de objetos que ahora ya no son los mismos que fueron hace un minuto, aunque no imaginemos la medida de esa transformación.

 

El tiempo y su gran misterio – o apenas ilusiones de una fotógrafa en tránsito.