“Diversidad cultural”: ¿Choque de culturas o negociación de mercados?

 

Por: Jorge Negretti Depablos

Negretti_76@hotmail.com

 

      

Las escenas, escenarios, entretelones y consecuencias directas del movimiento implosivo-explosivo[1] que implica la llamada globalización pasan en gran medida por instancias interestatales de poder transnacional. La paradoja de estas instancias es que son válidas y validadas por estados-naciones con el propósito, facultad y poder de hacer desaparecer a estos últimos en detrimento de acuerdos y leyes sin fronteras, al menos en apariencia.

 

En estos últimos meses, dos grandes episodios protagonizados por varias instancias de poder transnacional lucen a través del lente mediático (otro gran poder transnacional) como la lucha de dos fuerzas diametralmente opuestas, con intereses antagónicos y objetivos adversos. Hacemos referencia, por un lado, a la firma del “Convenio sobre la protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales”, en el seno de la trigésimo tercera conferencia de la UNESCO. Consecuencia directa de ello es la dotación de cuerpo jurídico y su respectiva introducción en el derecho positivo internacional de los propósitos esbozados en el previo “Convenio universal de l’UNESCO sobre la diversidad cultural”.

 

Del otro lado del ring imaginario, la Cumbre de países miembros de la OMC en Hong Kong, cita destinada a discutir, negociar y acordar los puntos dispuestos en la previa conferencia interministerial de Doha. Consecuencia directa de ello es el robustecimiento jurídico de la ya vasta organización así como la asimilación progresiva de los diferentes dominios del intercambio comercial internacional, o en resumidas cuentas, el tránsito que va del acuerdo multinacional como figura difusa a la ley y poder transnacional real y efectivo.

  

De los dominios tratados por la OMC, el de la economía de servicios, esencialmente inmaterial, se representa como una suerte de terreno baldío, un no man’s land, objeto, sin embargo, de la más grande polémica. El punto realmente álgido recae sobre los servicios de orden cultural y es sobre tal punto que mejor puede imaginarse una suerte de batalla entre las dos OMC: la Organización Mundial del Comercio versus esa única gran Organización Mundial de la Cultura que es la UNESCO.[2] El conflicto se “deja ver” como el encuentro de líneas de choque o, más aún, el esfuerzo por emancipar el valor simbólico contenido en la expresión cultural frente al imperativo de lucro comercial en la producción, regulación y circulación de los productos culturales. El argumento ha cobrado, a lo largo de años, conferencias, cumbres, negociaciones y acuerdos que escriben la globalización, un cariz romántico que no deja de seducir: La cultura no es una mercancía… como cualquier otra.

 

Ciertamente no lo es. Pero esto no excluye el hecho de que sean precisamente las industrias culturales el gran nudo gordiano de la emergente economía de servicios por lo que, entre líneas, el llamado a la diversidad de las expresiones culturales reviste un fondo estratégico y económico real, análogo al de las discusiones en las cuales el intercambio económico y la ecuación costo/beneficio se convierten en criterios privativos.

 

“Las industrias culturales añaden a sus obras del espíritu una plusvalía de carácter económico, lo que genera al mismo tiempo nuevos valores para los individuos y para la sociedad. La dualidad cultural y económica de estas industrias constituye su principal signo distintivo. Al mismo tiempo en que contribuyen a la preservación y promoción de la diversidad cultural, así como a la democratización y al acceso a la cultura, estas representan importantes yacimientos de empleo y creación de riqueza.”[3]

 

Esta consecuencia hace de las políticas culturales (sean estas nacionales y, en consecuencia, confrontadas en el paredón de fusilamiento de la OMC, o bien multinacionales y debidamente apadrinadas por la UNESCO) verdaderos caballos de batalla económica y de dominio de influencia entre distintos ejes de poder encontrados en el plano mundial, no sólo en su versión Norte (países ricos) versus Sur (países pobres), sino también a través de alianzas efímeras, acuerdos multilaterales y toda una plétora de instrumentos en los cuales Norte y Sur, Centro y periferia se confunden con la misma ambigüedad de los servicios de orden cultural.

 

Aún cuando la salvaguarda de todo patrimonio constituye el argumento central y la legitimación de tales instrumentos, la noción misma de ‘patrimonio’ incluye no sólo un aspecto social-identitario (aunque a veces escabroso a la hora de ‘defenderlo’ bajo  la premisa de ‘salvaguardarlo’), sino también una esencia mercantil, el derecho a un mercado y con él a un tercer aspecto: la producción (más no control) de mensajes y prácticas culturales que, en su devenir, generan un muy lucrativo caldo, a la vez de de cultivo y de consumo, de soportes materiales en los que se proyecta un modo de vida y se administra su dimensión ritual: cultura material (moda, tratamiento de la imagen corporal), alimentación (innovación culinaria, etnificación del consumo), universo audiovisual (música, cine, televisión, internet),etc.

 

Es en ese terreno complejo y polivalente en el que se juegan las partidas de protección a las industrias locales, frente a la concentración de grandes capitales. Al lado de la defensa de los contenidos culturales, justo al lado, se juegan otras apuestas que justifican la intervención y la disputa entre países del Norte por el market-share de la economía de servicios.

 

“[Se justifica]…la creación y el desarrollo de majors, de conglomerados de capital nacional, creadores de empleo y riqueza dentro de sectores de fuerte potencial de crecimiento…así, los conglomerados franceses garantizan en principio la existencia de una oferta cultural francesa, protegiéndola del control de parte de conglomerados extranjeros, aunque su lógica operativa incita a la estandardización de dicha oferta a fin de venderla en bloque a un mercado mundial, lo que representa su verdadero objetivo.”[4]        

 

En efecto, un ejemplo contundente lo constituye el predominio de la escuela francesa en buena parte del África Occidental, compuesta esencialmente por ex-colonias de habla francesa, en lo que al dominio cinematográfico y televisual se refiere. Herederos directos del cine de autor, con profesionales formados en su mayoría en París o Bruselas, países como Mali, Costa de Marfil y Burkina Faso se definen bajo un esquema de producción fundado en la idea de servicio público, apoyados bajo la piedra no sólo filosofal sino tangible del mecenazgo y de la subvención de instancias internacionales, francófonas en su mayoría.[5] La dura realidad social y económica de dichos países contrasta con su relativo desarrollo a nivel audiovisual: Burkina Faso y Mali, dos de los países más pobres del planeta, cuentan con una producción cinematográfica envidiable frente a muchos otros países en muchísimo mejores condiciones estructurales. Burkina se da el lujo de organizar, desde 1963, un festival bienal de cine panafricano, el FESPACO, reputado encuentro de profesionales del mundo del cine y la televisión de todo el continente.

 

Es de suponer la enorme presencia y asistencia de sponsors institucionales tales como TV5 (canal de capital interestatal, compuesto mayoritariamente por Francia, Québec y las comunidades francófonas de Suiza y Bélgica), RFI (Radio France Internationale), CFI (Canal France Internacional, instrumento de cooperación audiovisual norte-sur perteneciente al ministerio de relaciones extranjeras francés) y, por supuesto, el poderosísimo Grupo CANAL +, conglomerado transnacional de origen francés, asociado a prácticamente toda producción cinematográfica mayor en lengua francesa. El relativamente rápido y agresivo despliegue de África del Sur, país angloparlante llamado a convertirse en la primera potencia del continente, tira para su lado y agrega nuevos intereses con estrategias de entertainment y sponsors mucho más frontales: jóvenes afroamericanas desde Nueva York pidiendo al África entera consumir más Coca-Cola, nuevo sponsor oficial de la última edición del FESPACO (2005).

      

Ahora bien, dejando a un lado la muy válida crítica contra una cooperación cultural paternalista, neocolonial y sin miras ni voluntad política para establecer un justo intercambio norte-sur, el ejemplo es válido para dar cuenta del componente estratégico y económico ligado a la etiqueta de la diversidad cultural. Con Francia y la francofonía a la vanguardia, la comunidad de estados-nación que reivindica este derecho lo hace probablemente con el mismo espíritu de liberalización que recubre las rondas de negociaciones de la OMC, con la única diferencia de hacerlo a la inversa, desde intereses corporatistas puntuales que reclaman su pedazo de pie o de camembert, según sea el caso. La unión europea intenta llevar a cabo, no sin gran malestar, un proyecto de integración cultural y regional que reacciona contra el libre mercado trasatlántico, inspirada, no obstante, en el libre mercado al interior del perímetro europeo.

 

“…las leyes de protección y privilegios en materia cultural no se fundamentan únicamente sobre la figura de los creadores sino también en la difusión de las obras para el beneficio material de la sociedad entera…multiplicidad de asociaciones, organizaciones profesionales del dominio audiovisual y compañías.”[6]

 

Cuando hablamos de intereses corporatistas puntuales, no sólo es sólo la figura del joint venture francófona, encarnada por un CANAL +, lo que está en juego. Ni tampoco exclusivamente de grandes corporaciones. Es también, y sobre todo, la gran masa salarial sustentada en una concepción del dominio audiovisual en tanto que servicio público, lo que hace de los “profesionales del espectáculo” un sector activo particularmente susceptible de sufrir las consecuencias de una flexibilización extrema de la economía de servicios, así como toda proclama en defensa de la pluralidad de culturas. Y, después de todo, tal defensa se justifica plenamente sólo a cierta escala, pues si bien la escuela francesa se ve “amenazada” contra Hollywood o Bollywood[7], ella monopoliza buena parte del mercado europeo, particularmente en Europa del Este pero también en toda el África occidental que espera religiosamente cada dos años el FESPACO. Del mismo modo, poco importa si CANAL + se erige como holding mecena de una tradición cinematográfica que debe ser rescatada de la “homogeneización estética” ya que, al mismo tiempo, dicha entidad es carnada de operaciones financieras, como las que desde 2001 la hacen una partícula más del patrimonio de la major Vivendi-Universal. No en vano, el polémico ex presidente de dicho grupo, Jean-Marie Messier, proclamaba en 2001 la muerte de la excepción cultural francesa, en nombre de la diversidad cultural.

  

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En las líneas anteriores se ha querido dejar abierta una puerta a la interrogante sobre las diferentes y a veces polivalentes figuras retóricas en disputa que marcan las pautas de legitimación y acción para el control de los recursos materiales en el mercado mundial, específicamente el mercado de las industrias culturales, productoras del imaginario audiovisual contemporáneo. Nociones a simple vista anodinas o consensuales, como las de diversidad, democratización de valores, patrimonio cultural, servicios e inclusos obras, creadores y autores, llegan a ser puntas de lanza semántica para la disputa a baja intensidad que representa la globalización. En este sentido, OMC y UNESCO lucen como frentes a veces antagónicos pero pertenecientes a una trinchera común, aquella que deviene no un choque de civilizaciones y/o culturas, como lo expone Samuel Huntington[8], sino una verdadera negociación de espacios de supervivencia.

 


 

[1] En el artículo de la edición No.7 de LÉXICOS, titulado “Salsa: industria cultural de la globalización” se hace uso de esta suerte de díada ‘implosión-explosión’ como metáfora ilustrativa de los procesos de comunicación e información, así como los de intercambio y asimilación económicos a escala planetaria. 

[2] Jean-Pierre Warnier, (1999), La mondialisation de la culture, Paris, Editions de la Découverte. 

[3] United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization, (2003), Culture, Commerce et Mondialisation, www.unesco.org/culture/industries/trade/html_fr/question.shtml

[4] Marie De Saint Pulgent (1999), Le gouvernement de la culture, Paris, Ediciones Gallimard [traducción libre], el subrayado es nuestro.

[5] Jean-André Tusdesq (1999), Les médias en Afrique, París, Editorial Ellipse.

[6] Serge Regourd (2002), L’exception culturelle, París, Presses Universitaires de France [traducción libre].

[7]Bollywood” es el apelativo genérico del cine indio, nada desdeñable en términos comerciales a escala mundial.

[8] Samuel Huntington (1996), The clash of civilizations, New York, Simon & Schuster.