Acerca del estilo Rousseau (Parte II)

 

Por:

Carlos Ortiz

Profesor Invitado de la Escuela de Letras

de la Universidad Central de Venezuela.

 

 

Cuatro

 

La lectura de las Confesiones corrobora el tono dramático de los comentarios de Starobinski. El propio Rousseau hace referencia a “la Reforma” a lo largo del texto con la misma solemnidad con la que en optaros contextos cita a los clásicos que tanto admira. Expresiones como “para entonces ya había ocurrido la Reforma” o “mucho antes de la Reforma” –empleadas para ubicar en el tiempo ciertos eventos–  revelan hasta qué punto ésta era un hecho de la vida, un acontecimiento que involucraba a todos los que estuviesen involucrados con él y que tenía un efecto en el estado de las cosas.

 

Rousseau necesitaba, sí, esa coherencia que no hallaba en ninguna parte. Pero al buscarla en el nebuloso ámbito de su intimidad, no está renunciando a la exigencia de que el espacio exterior en que esa intimidad se realiza como realidad exterior. La reforma es, entonces, un replanteamiento del mundo, cónsono con la idea de que éste debería expresar una condición del ser moral.

 

Cinco

 

En un  pasaje de la Profesión de del Vicario saboyano,  Rousseau nos dice que el movimiento espontáneo de los cuerpos indica la presencia de una voluntad en el cosmos, y agrega que si ese movimiento se da en virtud de un fin, entonces estamos en presencia de una voluntad inteligente. Esto nos permite afirmar una relación de continuidad entre el universo y el yo que se expresa en un movimiento consciente y auto consciente: puesto que estamos en el cosmos y en él nos movemos, en nosotros se manifiesta una voluntad, de modo que estamos, por así decirlo, conectados, ligados a la misma dinámica de la naturaleza.

 

Esta ligazón con la naturaleza explica que también en nosotros se dé un movimiento espontáneo que –como lo  muestra el Discurso de la desigualdad  y en el Discurso sobre el origen de las lenguas– compromete nuestras funciones orgánicas y le da sustento a la configuración antropológica  que permite nuestro desarrollo cognitivo. Al asociar a este tipo de  relación el origen de nuestro entendimiento, Rousseau intenta dar argumentos a favor de un curiosa visión inmanentista que conjuga –no sin dificultades– postulados metafísicos y empiristas. Y en esto opera la presión de la búsqueda de coherencia que se ha planteado, pues semejante coherencia significa para él una transparencia que resultaría de la plena coincidencia entre los fines del yo y la finalidad del mundo. 

 

Empeñado en la afirmación de la libertad personal como fundamento de toda propuesta ética, Rousseau advierte que esa coincidencia de opuestos no puede labrase a la manera de la dinámica spinozista de la expresión. Él piensa en la unidad de la sustancia de otra manera, pero en mi opinión no termina de aprehender cuál es la dimensión de las implicaciones que tienen sus ideas acerca de la voluntad, la inteligencia y la libertad en el problema de la sustancia. Rousseau está ante el umbral que llevará a la  filosofía más allá de la sustancia y el esencialismo, pero trabajará con tesón en desentrañar los misterios de una esencia: la naturaleza humana.

 

Seis

 

Agobiado y desequilibrado, apremiado por la empresa de reconstruir el relato de su biografía Rousseau proyectará todas esas inquietudes  filosóficas en un escenario formidable, el de la vida. No el de su vida, sino el de la vida como tal. Es entonces cuando la solución se le presenta bajo la forma de proyecto literario.  ¿Qué era lo que él  condenaba a sus coetáneos? La mentira que eran sus discursos filosóficos:

 

Me limitaré a preguntar: ¿qué es la filosofía? ¿Qué contienen los escritos de los filósofos más conocidos? ¿cuáles son las lecciones de esos amigos de la sabiduría? Al oírles, ¿no se les tomaría por una pandilla de charlatanes gritando, cada cual por su lado en una plaza pública: Venid a mí, que yo soy el único que no engaña? El uno pretende que no hay cuerpo y que todo es como representación. El otro que no hay más que substancia que la materia ni más dios que el mundo(*). Este expone que no hay ni virtudes ni vicios, y que el mal y el bien son quimeras. Aquél que los hombres son lobos y pueden devorarse con la conciencia tranquila. (1980: 172)

 

La filosofía debía reformarse a sí misma y para ello debía dirigir su atención a otra parte, liberarse de lo que no era más que un fantasma que, nacido de sus errores era reificado por sus teorías. Pero hay un punto en que esto no le basta a Rousseau y decide vivir de una manera que acerque su existencia a la visión que se ha formado de la filosofía. Y mi parecer es que esto lo hace en la imaginación más que en los hechos. O tal vez deba decir que lo hace en los hechos a través de la imaginación.

 

La escritura de las Confesiones es en este sentido la vuelta a una vida que se sabe perdida no sólo porque no puede repetirse, sino porque fue vivida de la manera en que el ser podría haberse realizado a plenitud. La salida de Rousseau es la de entregarse a otra forma de existencia: la existencia literaria. De este modo inicia un proceso de sustituciones de sí mismo que no son mascaradas orientadas a engañar a sus testigos; se trata en realidad de simulaciones orientadas a reinventar su ser. Para ello explorará con una acuciosidad morbosa  sus afectos, mostrándolos como si con sus propias manos elevara vísceras calientes por encima de las cabezas de una multitud de curiosos. 

 

Siete

 

Me resulta difícil dilucidar si con esto está agrediendo a esos curiosos o si lo que quiere es ser palpado tal cual es.  Derrida tiene el tino de recordarnos que la existencia literaria[1] significa dejar atrás la mediatez, que, como se sabe, “es el nombre de todo lo que Rousseau ha querido borrar testarudamente” (Derrida, 1971: 201).  Me pregunto si al borrar la mediatez no estamos agrediendo al otro, si fuera así, el gesto de Rousseau estaría cargado de una tensión que probablemente haya hecho de la inmediatez una barrera, similar a la que nos separa de la visión directa del Sol y de la muerte.  Qué significa esto en el panorama de la comprensión de Rousseau, es lo que en una próxima entrega me propongo indagar.

 

Bibliografía


Derrida.Jacques (1971) De la Gramatología, Buenos Aires: Siglo XXI.

 

Rousseau, Jean-Jacques (1980) Del contrato social, Discurso sobre las ciencias y las artes, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Madrid: Alianza Editorial.

 


(*)Mauro Armiño, traductor de la obra citada, opina que éste “puede ser Holbach o La Mettrie”. Podría ser Spinoza, que no sólo es anterior a ambos, sino que luego es nombrado de modo expreso, cuando Rousseau afirma: “las peligrosas elucubraciones de los Hobbes y los Spinozas permanecerán para siempre”.

[1] O como dice Derrida: “a elegir existir por la escritura literaria”, Pág. 204.