Diferencia, argumentación y alteridad radical.

 

Por:

Carlos Villarino

villarinoc2003@yahoo.com

 

 

I.

 

Cuenta Borges en El Jardín de los Senderos que se Bifurcan que Ts’ui Pên, gobernador de Yunnan, renunció al poder para dedicarse a la empresa de construir un laberinto en el que se perdieran todos los hombres, y a su vez, para escribir una novela que fuera más popular que el Hu Lu Meng. A la postre, cien años después, Stephen Albert descubrió que laberinto y novela eran uno solo, que el libro era un meandro de símbolos cuyos senderos se bifurcaban en diferentes y contradictorias direcciones. Este pasaje en la obra del gran escritor argentino sugiere una poderosa intuición, a saber, que el lenguaje es una maraña, un laberinto de trayectos, de encrucijadas, de opciones que fungen de umbrales para aventuras y desventuras diversas.

 

Una encrucijada es, a un mismo tiempo, tanto quiebre como confluencia, tanto encuentro como desencuentro, todo depende del sentido en que se transite a través del laberinto. Somos impelidos inexorablemente en nuestro discurrir por la lengua y el discurso a escoger con cada bifurcación, condicionando nuestra manera de entender el lenguaje, de aproximarnos a él y de intentar comprender —así sea parcialmente— su funcionamiento. Es en este sentido en que Christian Plantin exhorta a quienes desean incursionar en los terrenos del análisis de la argumentación a tomar en cuenta, y en consecuencia, a tomar partido por algunas cuestiones o encrucijadas fundamentales que descansan en la base de las distintas teorías de la argumentación. Cuestiones que él presenta en términos de oposiciones binarias, de pares opuestos, como si andando por un determinado sendero nos vemos obligados a seguir uno u otro camino, no ambos ni a un mismo tiempo.

 

Plantin plantea cinco cuestiones a las cuales debe dar respuesta, explícita o implícitamente, aquel que se interne en el campo de la argumentación: a) ¿Es La argumentación un fenómeno de la lengua o del pensamiento? b) ¿Es argumentativa la lengua —en el sentido saussuriano— o el discurso? Aquí, dice Plantin, si optamos por la vía discursiva, deberemos todavía indicar si todo discurso es argumentativo o sólo algunos discursos lo son; c) ¿El estudio de la argumentación deberá hacerse desde los discursos monológicos o por el contrario desde los dialógicos? d) ¿Debemos poder prescribir formas correctas e incorrectas de argumentación o debemos limitarnos a mostrar las diferentes formas? Y si optamos por la vía normativa, cuál habrá de ser la norma rectora: ¿la eficacia preformativa del argumento o la verdad del mismo? Y finalmente, e) ¿el objetivo de la actividad argumentativa es la construcción del consenso entre las partes involucradas o por el contrario la acentuación del disenso entre éstas?[1]

 

Estos temas se corresponden con dimensiones diferentes del fenómeno argumentativo y sus respuestas si bien están relacionadas, no necesariamente están encadenadas de tal forma que una determinada elección presuponga de antemano las demás. Consciente de la imposibilidad de hacer justicia por igual a cada cuestión, se anticipa que las mismas no siempre están desarrolladas o respondidas con el mismo interés en diferentes teorías y que tales cuestiones siempre quedan abiertas a ulteriores escrutinios.

 

II.

“Lo contrario se pone de acuerdo;

y de lo diverso la más hermosa armonía

pues todas las cosas se originan en la discordia”.

Heráclito[2]

 

Lo que sigue es un conjunto de reflexiones que procuran servir de respuesta provisional a la cuestión de cuál es el propósito de la argumentación, si acentuar el disenso de las partes o procurar un consenso y un entendimiento entre ellos. Para ello haremos uso de diferentes áreas del saber, partiendo del análisis del discurso, la sociolingüística, pasando por la pragmática y la filosofía. Esta deriva es el deambular reflexivo del pensamiento que intenta por intermedio del ensayo mirar el dilatado campo de la argumentación y replantearlo.

 

Comencemos por lo siguiente: no es posible imaginar un tipo de vida equivalente a la nuestra en ausencia de alguna forma de lenguaje. En destierro del discurso y la acción que le acompaña –según Arendt[3]— la vida humana perece, es decir que, si bien la existencia biológica se encuentra presente en cada individuo de la especie, sólo se puede hablar de vida humana cuando se ejerce el discurso, cuando éste se introduce en un con-texto de palabras y enunciados. Por medio del uso de palabras los seres humanos se insertan en un mundo que no es solamente físico. Este mundo se constituye cuando hay personas en mutua convivencia,  produciéndose un tramado de relaciones entre éstas. Como no puede haber acción —y por tanto discurso— en aislamiento, esto hace que el tramado de relaciones convierta a los actores no sólo en agentes de sus acciones, sino también en víctimas de éstas[4]. Sin discurso se anula toda posibilidad de pluralidad y por tanto de distinción, en ausencia de distinción los seres humanos son mera corporalidad biológica, son un superorganismo indiferenciado que impide que se produzca alguna consecuencia significativa sobre el mundo, que se configure una esfera estrictamente humana.

 

El acento deseamos colocarlo en lo referente a la trama de relaciones. Está negado es el aislamiento, cualquier agente (hombre o mujer, joven o viejo) está situado en algún punto del tramado social por el que pasan mensajes de diversa índole, está atrapado en una red de relaciones complejas y cambiantes que lo obligan a desplazarse constantemente o a ser desplazado por efecto de los cambios en la configuración de la trama. El vínculo mínimo necesario para hablar de relaciones sociales son los juegos de lenguaje, efectuados entre los agentes que las constituyen; si bien lo social no se agota en tales juegos de lenguaje, se encuentra ya presupuesto en ellos[5]. Una frase o más precisamente un enunciado[6], que es una jugada del lenguaje, es ya inmediatamente social en la medida en que en ésta está implicado un destinador, un destinatario y una relación entre ambos.

 

Si el lazo social es entonces una consecuencia del lenguaje, específicamente de los juegos que en él operan, un análisis de los mismos se hace imperativo. Básicamente un juego de lenguaje es todo el proceso de un particular uso de palabras, ese proceso responde a reglas que no tienen un papel definitivo en el juego no se puede hacer un inventario de reglas y operar conforme a éstas, simplemente se juega y se extraen las reglas de la práctica[7]. Estas reglas de los juegos del lenguaje se derivan de la pragmática lingüística de cada situación, por lo cual, a lo único que realmente tenemos acceso es una impresión global, a posteriori de estos juegos. Esta indeterminación parcial es lo que les confiere dinamismo a los juegos de lenguaje, si exigiésemos reglas precisas y claras para poder llamar a algo un juego de lenguaje, sencillamente nos alejaríamos de su comprensión. Una compleja red de parecidos, ya sean generales o específicos, es lo que caracteriza a los juegos de lenguaje, nada común o esencial puede ser usado como recurso definitorio. La aplicación de los juegos no está regulada por reglas rígidas, no podemos trazar los límites de un juego de lenguaje porque no existen tales límites, aún cuando para algunos objetivos específicos podamos fijarlos arbitrariamente[8]. Entre los juegos de lenguaje sólo hay afinidades, familiaridades, lazos como los que se encuentran en una familia o en el tramado social.

 

La complejidad creciente del tramado social puede ser entendida también, aunque no solamente, con los recursos de la pragmática lingüística, ya que la frase que implica un destinador y un destinatario dice algo de un referente, la relación sintáctico-semántica que se establece entre tales designadores rígidos y las diferentes instancias de los pronombres personales (yo, tú, él, nosotros, vosotros y ustedes) dentro de la enunciación, las implicaturas conversacionales, los estudios de la cortesía, la teoría de los actos de habla y las teorías de la enunciación, cierran el cuadro en que lo social puede ser comprendido con el auxilio del análisis del discurso[9]. Por su parte, la relación contractual entre los agentes que conforman los nudos del tramado social opera según algunas reglas, la legitimidad o no de ellas reside en un acuerdo explícito o implícito entre los jugadores, de tal forma que una jugada que esté fuera de las mismas no pertenece a ese juego de lenguaje, todo enunciado debe ser considerado una jugada[10], el objetivo de las jugadas es lo queda por determinar. Este es un punto álgido de discusión que abordaremos de inmediato.

 

Ya hemos dicho que el lazo social se conforma de “jugadas” en los diferentes juegos de lenguaje, sin embargo, decir esto arroja poca luz sobre la manera en que dichas jugadas se dan y los objetivos a los que responden. La cuestión central aquí es si los juegos de lenguaje se encuentran bajo “la égida del agon (la lucha) más que de la comunicación”[11], o si por el contrario se orientan hacia el “entendimiento, [y] conduce entre los participantes a un acuerdo”[12]. Nos referimos a dos lecturas diferentes sobre la función de los juegos de lenguaje: La primera, según la cual las jugadas se guían por una agonística general, donde hablar es sinónimo de combatir (en el sentido de un torneo). Mientras la segunda se refiere a una acción comunicativa que se maneja según la lógica del entendimiento, es decir, en la que los participantes se orientan a la obtención de un consenso basado en el acuerdo de las partes.

 

III

 

En la acción comunicativa los agentes del tramado social establecen relaciones con el fin de coordinar acciones en pro de un objetivo común. La coordinación de actividades pone en funcionamiento jugadas que apuestan a la comunicación, con miras a garantizar el éxito de las mismas por medio de la participación del mayor número de agentes. Esta participación se produce gracias a un acuerdo mutuamente aceptado por los jugadores, es decir, ninguno de los participantes puede forzar a otro a convenir algo sino que por el contrario debe ofertar los argumentos necesarios para que éste los adopte. Quienes integran el lazo social actúan comunicativamente, dándose a entender en algo, de tal forma que se transmita el sentido de una acción, es decir, actúan conforme a un entendimiento que parece ser parte inmanente del lenguaje.

 

Ahora bien, llevar esta conversación no es un proceso fácil, ya que, mientras más auténtica es la conversación, menos posibilidades tienen los agentes de orientarla en la dirección que deseaban originalmente. Una jugada conduce a una contrajugada del compañero, y ésta a su vez a otra jugada, de tal forma que la conversación oscila y se desplaza constantemente en alguna dirección pero sin que los dialogantes puedan encauzarla de una forma preestablecida. En este sentido los agentes del tramado social nunca “llevan” una conversación con miras al entendimiento, sino que por el contrario se encuentran “enredados” ya inmediatamente en ella. Este estar enredados en la conversación reclama a los participantes del tramado social atender honestamente a las opiniones de los otros, intentando entender sus argumentos conforme a los cuales se pueda llegar a un acuerdo sobre algo. En el atender recíprocamente los argumentos del otro cada jugador sopesa los contraargumentos sin dejar de mantener sus propias convicciones, eventualmente se producirá un desplazamiento mutuo hacia un terreno común, en el cual los agentes transfieren correspondientemente sus razones, sin género de violencia o arbitrariedad[13]

 

Las jugadas serían los elementos constitutivos de una conversación hermenéutica. Esta conversación se da cuando cada uno de los interlocutores fusiona su respectivo horizonte de sentido con el del otro. Las palabras que conforman los enunciados, es decir, las jugadas, están siempre condicionadas a la doble dimensión de ser la respuesta a una pregunta, el preguntar mismo es ya una respuesta a una interrogación previa. Según Gadamer, el acto de interrogar es anterior al acto de afirmar. También en este otro sentido el lenguaje es ya inmediatamente social, en la medida que exige una respuesta, que refiere al otro en el doble acto de la interrogación y cuestionamiento. En este sentido “...la crítica de Wittgenstein al lenguaje privado constata la primacía de la conversación”[14]

 

No todas las interacciones socio-discursivas se reducen a la conversación, sin embargo, son subsidiarias de una racionalidad comunicativa característica de la puesta en marcha de las jugadas en el tramado social. En el caso de las interacciones que se dan al interior de una empresa o de cualquier organización cerrada, las interacciones de los agentes se encuentran ya normadas y reguladas de antemano, sin embargo, el cumplimiento de tales normas por parte de los agentes es un caso de acción comunicativa basada en el entendimiento. Las actores deben estar dispuestos a coordinar sus acciones de tal forma que se obtengan los objetivos de la organización, es decir, las normas son necesarias mas no suficientes para alcanzar el éxito de la empresa. Incluso las acciones que un agente ejecuta de forma “egoísta”, con miras a alcanzar beneficios individuales deben verse como “jugadas estratégicas” orientadas a un consenso futuro[15].                    

 

Como la condición mínima para hablar de lazo social son los juegos de lenguaje, incluso aquellas jugadas que parecen no tener un papel determinante en la obtención del consenso y el entendimiento juegan un papel fundamental a la hora de asegurar la “convivencia” y no simplemente la “compañía”. El uso estereotipado de jugadas sirve como elemento economizador y catalizador de otras jugadas, este es el caso de enunciados como “buenos días”, “muchas gracias”, “perdone usted” o “por favor...”; todos estos enunciados y muchas otros, se añaden a la conversación de forma ritualista. Una de las instituciones que no sólo forma parte, sino que garantiza la existencia del lazo social en las sociedades contemporáneas, y cuya estructura protocolar es muy importante, es el Estado. El Estado “garantiza” el flujo y contraflujo de jugadas y replicaciones, exigiendo a los agentes un preconsenso actualmente no argumentativo, pero previamente argumentado por sus fundadores, de su autoridad como organismo garante del libre juego de la argumentación en otras esferas. Incluso su aceptación sin sometimiento se debe a la justificación normativa del Estado, fundamentada en una ética discursiva[16].                

 

Como señalábamos unas líneas atrás, las jugadas o enunciados que componen nuestro lenguaje son siempre la respuesta a una pregunta y una interrogación que exige una respuesta. Esta doble dimensión, aun en los casos de ritualización del lenguaje, es la condición fundante del discurso argumentativo y de la configuración de una ética de la comunicación, en la cual está antedicho el otro como legítimo otro en convivencia con el agente que argumenta y con el cual es posible consensuar soluciones. En este sentido, la ética comunicativa que se exige como posibilidad de fundamentación del tramado social no debe ser confundida con una simple negociación, o con un intercambio interesado y utilitarista de razones en función de intereses particulares. Si bien la negociación es preferible en la mayoría de los casos a la franca violencia, no es un procedimiento deseable, ya que no permite consensuar las soluciones con la participación de todos los afectados, ni la argumentación necesaria para llegar a tal consenso, sino que por el contrario se aprovecha de la amenaza, el prejuicio y la oferta chantajista para alcanzar determinados intereses egoístas. En este sentido, autores como Apel, Habermas y Gadamer se distancian de la Nueva Retórica de Perelman y Olbrechts-Tyteca, ya que para estos últimos, la amenaza, el prejuicio y el chantaje, pueden formar parte de estrategias argumentativas muy eficaces para alcanzar el asentimiento del otro, dependiendo del topos argumentativo en el que se esté[17].     

 

Cuando los agentes del tramado social se adentran en el género de discurso argumentativo y adelantan jugadas orientadas al entendimiento, reconocen —en primer lugar— la corresponsabilidad e igualdad de derechos en la comunicación al momento de intentar conseguir soluciones viables a sus problemas vinculantes, en el plexo de relaciones sociales.  En segundo lugar:

 

…están interesados a priori en alcanzar soluciones para los problemas que son susceptibles de consenso para todos los miembros de una comunidad ideal e ilimitada de argumentación (...) pues suponemos necesariamente, siempre como finalidad del discurso, la capacidad (universal) de consensuar todas las soluciones de los problemas[18].

 

Si bien los juegos de lenguaje de la comunidad real de comunicación están condicionados contingente e históricamente por la configuración del tramado social, los desplazamientos que sufren los agentes por las jugadas de otros, la intervención institucional y la ritualización de ciertas jugadas, la  fundamentación ética de la comunicación, es decir, de los juegos de lenguaje, reclama lo siguiente: Todos los elementos de la red de juegos de lenguaje deben conducir inevitablemente a la supresión de la diferencia entre la comunidad real y la comunidad ideal e ilimitada de la comunicación, que se deduce contrafácticamente de la primera. Esta supresión de la diferencia debe entenderse, en sentido estricto y riguroso, como la posibilidad real de alcanzar condiciones cosmopolitas de consenso, de acuerdo y entendimiento, es decir, de alcanzar un juego de lenguaje cosmopolita que dé cuenta del tramado social.

 

IV.

 

La cuestión es ¿cuál es el precio que ha de pagar el lenguaje para alcanzar las pretensiones de Apel, Habermas y Gadamer? En un decisivo ensayo de 1961 titulado: El abandono de la palabra, Steiner denuncia cómo los imperativos de la cultura y comunicación de masas han arrinconado al lenguaje a desempeñar cometidos cada vez más grotescos. Según él, la comunicación absoluta sólo es posible dentro de un lenguaje corrupto y escaso, del cual la publicidad se ha convertido en principal motor de degeneración. Sepulturera del lenguaje, prescribe que el aviso perfecto no debe tener oraciones subordinadas ni palabras que excedan las dos sílabas. Es posible que ya desde la década de los sesenta y hoy especialmente, se esté consumando la “comunidad ilimitada de la comunicación”, pero, se pregunta Steiner ¿qué más que ramplonas simplificaciones y “verdades triviales” se puede comunicar en esta comunidad de neoanalfabetos, en que la sociedad de masas ha convertido a las personas? Señala Steiner que pese a que seguramente hoy poseemos un mucho mayor número de palabras que a finales del siglo pasado, esto no pasa de ser un dato cuantitativo que en nada refleja la situación del lenguaje dedicado a la comunicación. Refiriéndose a un trabajo que data ya de 1923, según el cual el cincuenta por ciento del inglés conversacional de Estados Unidos no supera unas treinta cinco palabras básicas, necesarias para que los medios de “comunicación de masas” se difundan por todas partes, advierte sobre el peligroso estado al que puede llegar el lenguaje[19]. No hay razones para pensar que esto sea diferente en nuestras latitudes.                                         

 

Este parece ser el precio muy alto que ha de pagar el lenguaje en la comunidad “real” de la comunicación, en el plano de la pragmática del lenguaje. Pero no debemos engañarnos: en tales pretensiones se esconden dos dogmas del racionalismo moderno disfrazados de aproximación hermenéutica a los juegos del lenguaje. Fundamentalmente en la lectura que hace Habermas de los juegos de lenguaje, influida fuertemente —al punto de confundirse— por la interpretación que hace Otto Apel de Wittgenstein, se refleja claramente un substrato metafísico que fundamenta la noción de entendimiento. El primero de estos dogmas es el de continuidad permanente como estado originario de la organización social, es decir, aspirar a una comunicación ininterrumpida y pacífica, en una integración social no perturbada ni problemática cada vez mayor. Esta idea la hereda Habermas de Apel, y su “comunidad ilimitada de la comunicación”, en la cual existe un “juego de lenguaje trascendental”, un espacio en el cual los interlocutores son libres de comunicarse sin opacidad ni restricción histórica, social o psicológica. El a priori teorético y pragmático-normativo de la comunidad ilimitada de la comunicación se erige como el interlocutor ideal. Este interlocutor es a su vez juez y parte de un tribunal trascendental que legitima los casos concretos de juegos del lenguaje. El segundo dogma, especialmente característico de Habermas, es la idea de un sujeto autotrasparente capaz de dar cuenta tanto de los prejuicios históricamente heredados de la tradición, como de las condiciones sociales objetivas en la cual está inmerso. Este sujeto autotrasparente es una versión mejorada del sujeto científico ideal de la Ilustración[20].

 

Por otra parte, la ética del discurso que propone Apel como alternativa no agresiva a la resolución de los conflictos vinculantes pudiera no ser más que una impotente ética de la no-violencia que se enfrenta infructuosamente a la siguiente aporía: Ante un acto de violencia que se efectúa sobre alguien, una de dos: o combate la violencia y en ese mismo instante se niega a sí misma, o se convierte en espectador impotente y cómplice de la violencia que rechaza. La violencia declarada y la complicidad, que es también una forma de violencia, ambas son simétricamente negaciones de la ética que pretende oponérsele[21]. El problema de cómo conciliar la autoridad del Estado con los proyectos individuales no se resuelve apelando a una racionalidad comunicativa sin atender a las diferencias entre los agentes.            

 

El asunto con Gadamer es de otro tipo, éste no postula una fundamentación metafísica como la de Habermas, sin embargo, su análisis de la obra de Wittgenstein y su visión del problema de la autoridad es sumamente candoroso. Esto lo lleva a restarle importancia, o tratar sólo marginalmente la problemática del poder y la “incitación a los discursos”. Según Gadamer, “la verdadera autoridad no necesita mostrarse autoritaria”. Para él, la autoridad se adquiere por medio de la aceptación cognoscitiva por parte de los otros de sus propias limitaciones y el reconocimiento de que alguien posee las capacidades y la perspectiva correcta. Este acto de sumisión, basado en el conocimiento y no en la obediencia, se da en la conversación hermenéutica entablada por los dialogantes. Hay un problema importante en esta idea de conversación, que tiene que ver con colocar en pie de igualdad a los interlocutores.

 

Ciertamente, en el juego de interrogación y respuesta el lenguaje presupone un nosotros estructurado en el cual, los agentes (yo y ; nosotros y vosotros) se encuentran a priori en situación de interlocución. Esta situación supone un preconsenso del debate, es decir, está previamente aceptado que ambos se conducen en la conversación con miras a causar un efecto en el otro. Gadamer reduce este efecto a movilizar al dialogante a un terreno común en el cual se pueda hallar un consenso, y en el caso de la autoridad, a convencer al interlocutor de la legitimidad supremacía. Ahora bien, este es el caso de la conversación dialéctica o el debate epistémico, sin embargo, es profundamente ingenuo pensar que la pragmática lingüística se reduce a estos géneros de discurso.

 

En el curso de un debate en el que se pretende establecer el estatus de un referente, los agentes traducen sus opiniones a un lenguaje racional contra el cual poder determinar las fallas en los argumentos, disipando los errores y prejuicios a la luz de la razón. Ambos litigantes deben llegar a un consenso movilizados por la convicción. No obstante, si los litigantes no pueden hacer uso de ese lenguaje racional, entran en un diálogo dialéctico y retórico en el que se intenta persuadir al oponente de que el argumento defendido es el correcto o el más atractivo. Pero no existe ninguna razón a priori para pensar que los agentes del tramado social están situados siempre en un mismo género de discurso, como tampoco podemos saber a priori en cuál se encuentra cada uno. La convicción y la persuasión no son los únicos procedimientos por medio de los cuales es posible alcanzar el asentimiento del otro. Si dos personas están  discutiendo y uno opera conforme a un género de argumentación estético mientras el otro conforme a uno cognoscitivo, no es posible que en el curso de la conversación lleguen a una convicción compartida, ya que carecen de una regla de juicio común que permita eliminar las diferencias[22].

 

Hay sin embargo, una razón para sospechar que los jugadores no se encuentran en pie de igualdad. El tramado social es un espacio de dispersión de enunciados, de léxicos, de lenguajes, es decir, de jugadas y juegos del lenguaje. En las relaciones sociales siempre hay una porción del lenguaje que alguien no entiende al momento de enfrentarse a otro. Ejemplos claros encontramos en las divisiones lexicales producto de diferentes actividades laborales. La división del trabajo ejerce una violencia y una presión sobre las jugadas y las apuestas de los miembros de cada estrato. Pero existe una división más originaria incluso que la de las comunidades laborantes, ésta es la fractura entre el habla y la escucha, es decir, aun cuando un jugador ideal pudiese jugar siempre el mismo juego de lenguaje, se vería sometido a recibir una cantidad inmensa de otros juegos. En el plexo socio-cultural lo único que es común es la escucha, es decir, el consumo. Todos los miembros que comparten un idioma nacional están en posibilidad de entender lo que escuchan, pero no todos hablan de lo mismo que consumen[23] El inventario de jugadas posibles no existe.

 

Este conflicto, producto de la división del trabajo y por tanto de la división social, así como el conflicto entre el consumo y la producción de información (escucha versus habla), genera una tensión que Barthes distingue oponiendo (dos categorías de la sociolingüística) una dimensión ideolectal a otra sociolectal del lenguaje. Un sociolecto corresponde aproximadamente a lo que habla una clase social, aun cuando no se limita a éstas, debido a que las fronteras entre clases sociales son siempre difusas. En este sentido entre los diferentes sociolectos existen desplazamientos, mediaciones y cambios. El ideolecto, en cambio, se reduce al particularísimo modo de decir de un interlocutor, la tensión se da entre el agente y su sociolecto, pero la pericia o no de éste deja inalterado a los sociolectos fuertes. Es decir, no importando la mediocridad de los miembros de ciertos sistemas discursivos como las ideologías políticas, los sistemas teóricos o los aparatos religiosos, éstos se mantienen pese a la incompetencia de sus integrantes[24]

 

Los sociolectos encráticos (de dentro del poder) no se ponen en marcha a través de discursos concentrados en un sector del tramado social, sino que por el contrario son discursos ampliamente difundidos que impregnan todas las esferas culturales. Se apoyan en una exacerbación de la doxa, del sentido común, de la claridad de la comunicación en la lengua nacional sobre la que opera, es decir, se alimentan de la estandarización y la ritualística del lenguaje de la que habla Gadamer, así como del empobrecimiento del lenguaje como señala Steiner. Es una forma de control no coercitiva fundada en el consumo, en la escucha. A estos sociolectos se les enfrentan los acráticos, que no son discursos en contra del poder sino al margen del poder. Tampoco es una oposición a la doxa por vía de la episteme, sino que es más bien una oposición paradoxal, o sea, que no se alimenta de lo comúnmente compartido sino que produce sus propios códigos. Recordemos que para Arendt la ausencia de discurso anula toda posibilidad de pluralidad y por tanto de distinción. Los sociolectos presentan una ventaja en la estructuración de las jugadas de los agentes en la medida en que representan un cierre de éstas, un punto referencial en torno al cual pueden agruparse a los interlocutores y distinguirse de los de otros grupos. Cada sociolecto procura acallar a los otros, el encrático a los acráticos y estos entre sí, el primero por represión, los segundos por terrorismo. La guerra de los lenguajes, la guerra de los juegos de lenguaje, es una guerra de sociolectos en la que los ideolectos son sólo agentes y víctimas del conflicto.

 

Todo enunciado, debe ser considerado una jugada, pero en la guerra de los lenguajes incluso la frase es ya un arma, se encuentra bajo la égida del agon, de la lucha:

 

toda frase acabada, por su estructura asertiva, tiene algo de imperativo, conminatorio. (...) De hecho, en la vida corriente, en la vida aparentemente libre, no hablamos con frases. Y, en sentido contrario, hay un dominio de la frase que es muy próximo al poder: ser fuerte es, en primer lugar, acabar las frases.[25]

 

La imposibilidad de que un enunciado llegue a término o que éste pueda ser eslabonado con otros enunciados, o simplemente que un determinado enunciado acontezca, es la génesis de la guerra de los lenguajes, de la guerra de los géneros de discurso. No podemos dudar de que hay enunciados... Si siempre hay enunciados, ¿no están ya acabados? No, el que siempre haya enunciados y el que no se puedan llevar a término son dos problemas diferentes, ciertamente no son excluyentes, pero no son dependientes entre sí.

 

No es que la realidad del enunciado sea incuestionable, que ciertamente lo es, sino que hay una necesidad de que haya enunciados. Tampoco es que sea un deber, no prescribe, sino que en el mismo sentido que todo enunciado es la respuesta a una pregunta, todo enunciado es eslabón de otro, cada uno lleva al otro. En la frase se presenta un universo, hay algo significado, alguien que significa, una forma de significar y un alguien para el que se está significando; todas esas instancias pueden ser equívocas pero el enunciado se encuentra[26].

 

Volvamos a nuestro problema: un enunciado acabado que se pone en juego en el tramado social genera conflicto. En primer lugar entre géneros de discurso heterogéneos, dado que el mismo enunciado puede ser eslabonado de maneras muy diferentes en cada género de discurso, determinando así sus diversos modos de éxito. En segundo lugar, un enunciado acabado genera un conflicto porque imprime una violencia sobre el interlocutor que se ve forzado a responderlo, ya que desde el punto de vista de las presuposiciones y sobreentendidos que el locutor imprime a sus enunciados, el interlocutor no puede más que aceptarlos íntegramente, rechazarlos en bloque o reformularlos[27]. En este sentido, la guerra de los lenguajes es la amenaza de la diferencia y la diferencia es el estado de la política. Una diferencia es un momento en el lenguaje, en el cual algo no puede ser expresado en proposiciones aún cuando es necesario que así sea. Es decir, cuando un agente de la trama se convierte en una víctima, dado que se le priva de los medios para argumentar un daño. Una parte se ve sometida a una arbitrariedad por parte de la otra, ya que las reglas para dirimir el conflicto se encuentran en el sociolecto de una de las partes, esto la hace juez y copartícipe a la vez, mientras que la sinrazón del denunciante afectado no puede ser expresada en ese sociolecto.

 

Se amenaza la posibilidad de hablar, de completar los enunciados, pero también la posibilidad de callar, de administrarlos. En el primer caso se reprime y en el segundo se hace terrorismo. En ambos casos, el sujeto carece de los recursos para denunciar el daño, ya que el “tribunal” no comparte el sociolecto, el idioma, el juego de lenguaje de la parte afectada. Si el agente insiste en presentar el daño con proposiciones y enunciados no acabados, se enfrenta ante la siguiente argumentación, que acentúa la diferencia: O bien el daño no tuvo lugar y miente, o bien tuvo lugar, puesto que puede testimoniarlo y la sinrazón nunca ocurrió, por lo que también miente. La diferencia no disminuye, se acentúa en la medida en que una de las partes está privada de los recursos para señalar tanto el daño como la privación que sufre[28]. El problema es que no se pueden evitar los conflictos entre los diferentes integrantes del tramado social, mucho menos los conflictos entre los diferentes “lenguajes”, pero el metaproblema es que carecemos de una regla de juicio universal para solucionarlos, para convertir las diferencias en litigios.                            

                    

Hacer justicia a la diferencia significa instituir nuevos destinatarios, nuevos destinadores, nuevas significaciones, nuevos referentes para que la sinrazón pueda expresarse y para que el querellante deje de ser una víctima. Esto exige nuevas reglas de formación de las proposiciones y de eslabonamiento entre ellas. Nadie duda de que el lenguaje sea capaz [29]

 

¿Demuestra el análisis anterior que los juegos de lenguaje tienen como fin el conflicto más que la comunicación, la división más que la convivencia? Los interlocutores no se encuentran en pie de igualdad, ya que existe una tensión natural entre los diferentes juegos de lenguaje, cada uno debe enfrentarse a la escisión radical entre el consumo y la producción, entre el habla y la escucha, cada uno es doblemente víctima, tanto de su sociolecto como el de los otros en los cuales no puede expresar ni el daño ni la sinrazón de no poder enunciarlo. La lucha constante, la guerra de los lenguajes, el ejercicio de la diferencia. Todo ello, sin embargo, para alcanzar los mismos objetivos que la comunidad ilimitada de la comunicación, sin sus pretensiones racionalistas claro, mucho menos su fundamentación metafísica, pero con el mismo objetivo: el interés de expandir lo más posible la primera persona del plural, es decir: “nosotros los humanos”.

 

V.

 

La alteridad no es la diferencia, no se reduce a ella, de hecho el otro se vuelve diferente sólo cuando se convierte en peligrosamente próximo, cuando se hace necesario mantenerlo a distancia. Es la lógica del racismo y de la xenofobia, el extranjero no es diferente sino lo Otro cuando aún no es inmigrante, inmediatamente que el extranjero y su juego de lenguaje, es decir, su forma de vida, entra en contacto con “nosotros” es cuando se hace diferente.     No es cierto que la diferencia sea evidente para todo agente, ya sabemos que los interlocutores no se encuentran en situación de igualdad, no hay razones para pensar que en el reconocimiento de la diferencia la relación sí sea simétrica. De hecho un agente puede ser diferente para otro sin que este último lo considere diferente a él. El asunto es que la lógica de la diferencia es una lógica cultural, nuestra lógica cultural[30].

 

El Otro no piensa la diferencia, tiene su forma de vida, su juego de lenguaje, no necesita conciliar nada. La manera más fácil de no encontrar a alguien es seguirlo, debemos cuidarnos por igual de la ilusión de la comunicación cosmopolita y del melodrama de la diferencia:               

 

Cuando se ventila el lenguaje en un juego de diferencias, cuando se reduce el sentido a ser únicamente un efecto diferencial, se mata la alteridad radical del lenguaje (...) A ello [la alteridad radical] se debe que pueda existir un juego de lenguaje, una seducción de su materialidad, de sus accidentes, una baza simbólica de vida o muerte, y no únicamente un pequeño juego de diferencias, (...) Ahí está el destino de la alteridad radical, que no se resolverá en una homilía de la reconciliación ni en una apología de la diferencia[31].            

                                                                   

¿Qué nos queda entonces? ¿Cuál es el objetivo de los juegos del lenguaje? Es un error pensar que los juegos de lenguaje y las jugadas responden a una lógica de medios/fines, Wittgenstein no lo formuló así, y es una tergiversación de su obra plantearlo de esa manera. Tanto la pacífica sociedad habermasiana como la belicista barthesiana, son momentos posibles, complementarios —y la más de las veces simultáneos—  de la configuración del tramado social, sin embargo, en ningún caso pueden ser vistos como el telos de la pragmática del lenguaje.

 

Pese a que Rorty esté más del lado de Habermas que del de Lyotard, tiene razón en que no necesitamos una metanarrativa de emancipación como la que nos ofrece la “comunidad ilimitada de la comunicación” de Apel y Habermas para mantener un sentido de identificación con nuestras comunidades, sin que ello nos lleve tampoco a una exacerbación de las diferencias por las diferencias mismas. Es decir, no necesitamos atribuirle ningún significado trascendente (ni comunicativo, ni bélico) a la idea de juego de lenguaje para que siga siendo una noción útil en la comprensión del tramado social y de las diferentes formas de vida que en él cohabitan[32].


Bibligrafía

Apel, K. O. (1993). Teoría de la verdad y ética del discurso. Barcelona: Paidós.

Arendt, H. (1993). La condición humana. Barcelona: Paidós.

Barthes, R. (1968). El susurro del lenguaje. Buenos Aires: Paidós. 

Baudrillard, J. (1997). La transparencia del mal. Barcelona: Anagrama.

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[1]  Plantin, C. (2001) La argumentación. Barcelona. Ariel. 

[2] Referido por Aristóteles en Ética a Nicomaco, VIII, 1.155 b 4. En Pärménides/Heráclito (1983). Fragmentos. Barcelona. Orbis. P. 198.    

[3] Arendt, H. (1993). La condición humana. Barcelona: Paidós

[4] Arendt, H. 1993. Op cit.

[5] Lyotard, J. (1989). La condición postmoderna. Madrid: Cátedra.

[6] En adelante nos acogeremos a la distinción hecha por Ducrot entre frase y enunciado, según la cual la frase es un objeto teórico de la gramática en cuanto ciencia, mientras que el enunciado es el componente observable, el resultado concreto de un acto de enunciación en un contexto determinado. Ducrot, O (1986). El decir y lo dicho. Polifonía de la enunciación. Barcelona, Paidós.   

[7] Wittgenstein, L. (1988). Investigaciones Filosóficas. Méxicos D. F.: Crítica. Ver parágrafos 7 y 55.

[8] Wittgenstein, L. (1988). Op cit. Ver parágrafos 67, 68, 69 y 100.

[9] Levinson, S. (1989) Pragmática. Barcelona. Teide.

[10] Lyotard, J. (1989) Op cit.

[11] Lyotard, J. (1989) Op cit  Ver nota al pie nº34 del libro de Lyotard.

[12] Habermas, J. (1995). La lógica de las ciencias sociales. Madrid: Tecnos. Pág. 453.

[13] Gadamer, H. (1991). Verdad y método. Salamanca: Sígueme.

[14] Gadamer, H. (1991). Pág. 120.

[15] Habermas, J. (1995).

[16] Apel, K. O. (1993). Teoría de la verdad y ética del discurso. Barcelona: Paidós.

[17]  Perelman, C. (1997). El imperio retórico. Retórica y argumentación. Santa Fe de Bogotá. Norma.

[18] Apel, K. O. (1993). p. 155 y 158.

[19] Steiner, J. (1990). Lenguaje y Silencio. México: Gedisa.

[20] Vattimo, G. (1992). Más allá del sujeto. Nietzsche, Heidegger y la hermenéutica. Barcelona: Paidós.

[21] Renéville, R. J. (1977). La significación del hombre. Buenos Aires: El Ateneo.

[22] Lyotard, J. (1991). La diferencia. Barcelona: Gedisa.

[23] Barthes, R. (1968). El susurro del lenguaje. Buenos Aires: Paidós.

[24] Barthes, R. (1968). Op.cit.

[25] Barthes, R. (1968). Op.cit. p. 138

[26] Lyotard, J. (1991) Op cit.

[27] Ducrot, O (1986). Op cit. Ver especialmente los capítulos 1 y 2.

[28] Lyotard, J. (1991) Op cit.

[29] Lyotard, J. (1991), Op cit. p. 25

[30] Baudrillard, J. (1997). La transparencia del mal. Barcelona: Anagrama. 

[31] Baudrillard, J. (1997). Op cit. Pág. 137.

[32] Rorty, R. (1996). Objetividad, relativismo y verdad. Barcelona: Paidós.